Sáb. 27 Febrero 2021 Actualizado 5:45 pm

Sin la democracia en los Estados Unidos puede el simulacro de la democracia sobrevivir en otro lugar.jpeg

El Capitolio y sus alrededores fueron militarizados para la toma de posesión de Biden, luego de que manifestantes pro-Trump lo tomaran por asalto el 06 de enero. (Foto: REUTERS/Joshua Roberts)

Sin democracia en Estados Unidos, ¿puede el simulacro de la democracia sobrevivir en otro lugar?

Los "Idus de Marzo", llegaron a principios de este año, el 6 de Enero, al menos para el actual "César" de los Estados Unidos. Lo que pasó, cómo pasó, quién fraguó los eventos del Capitolio, será largamente debatido. Sin embargo, las dagas habían sido afiladas para César, mucho antes de la invasión del Capitolio. En cierto sentido, el escenario ya estaba preparado: Trump entró en el "Foro" de Washington DC, y terminó "apuñalado hasta la muerte", como le sucedió a Julio. Ha sido verdaderamente shakespeariano.

Era bien sabido que Trump podría rechazar los resultados de la elección, debido al fraude potencial de la votación por correo (ya que los votos por correo asumieron su desproporcionado predominio electoral en 2020). El Proyecto de Integridad de la Transición (TIP) precisamente (¿a propósito?) se había burlado de Trump el pasado mes de junio con su pronóstico de una elección disputada en la que Trump perdería, después de que "todas las papeletas del voto por correo se hubieran contado". El Proyecto TIP había recurrido entonces a las tácticas y tareas prospectivas para expulsar por la fuerza a un presidente en funciones de la Casa Blanca (los medios de comunicación y las "plataformas" habían participado en este juego de guerra inicial sobre cómo tratar a un Trump, que impugnó el resultado de las elecciones y cuestionó la legalidad y la autenticidad de los votos por correo).

No tenía por qué ser así, pero no hubo ningún intento de alcanzar un acuerdo sobre las reglas de votación por correo (más bien, todo lo contrario). En cualquier caso, la invasión del Capitolio se ha convertido en un gran acontecimiento psíquico (la "Insurrección") que ha abrasado la conciencia estadounidense. Aparte de desconcertar a los legisladores, poco acostumbrados a experimentar una repentina pérdida de seguridad, la invasión se ha convertido en el sacrilegio de un "espacio sagrado" (con todas las connotaciones adicionales de la excepcional y divina misión de Estados Unidos). Las dagas se clavaron alegremente, a Trump de nuevo se le aplica un juicio político; será juzgado en el Senado después de la toma de posesión de Biden; y él y su familia, pueden esperar el desmembramiento legal que seguirá.

El "Estado Azul", desde la primera elección de Trump, ha decidido aplastarlo. Eso está en marcha. Y de alguna manera sincronizada, ahora tenemos la eliminación digital del “Estados Unidos Rojo” de las plataformas sociales, con el discurso de una "purga" y "reeducación" cultural para sus partidarios (y sus hijos), también. Biden ya está hablando como un Presidente en Guerra (y el Capitolio ahora ha tomado el aire de un teatro de guerra, con tropas y armas esparcidas por sus pasillos): "Trump", dijo Biden, "ha desatado un asalto total a nuestras instituciones democráticas, desde el principio, y ayer no fue más que la culminación de ese ataque implacable".

Aquí está la primera implicación clave de ese "evento psíquico", no sólo para los estadounidenses, sino para el mundo que está viendo el desarrollo de los acontecimientos: Biden ha pedido medidas contra el "terrorismo doméstico", y ha utilizado un lenguaje que normalmente se reserva para el combate con un Estado enemigo externo, lenguaje como el que acompaña a las grandes guerras. Este es material del "ciclo de la venganza". En el caso de dos naciones, literalmente en guerra, lo hacen. Esto es parte de ello. Esperan resolver su conflicto a través de la humillación, la represión y la sumisión forzada del otro (es decir, Japón después de la Segunda Guerra Mundial). Pero Estados Unidos es, al menos nominalmente, una nación. ¿Qué sucede cuando una sola nación se divide, convirtiendo los elementos "sediciosos" en un "otro ajeno"?

No lo sabemos. Pero el odio es intenso, tanto hacia Trump como hacia los "deplorables". Y ahora, estos sentimientos son correspondidos tras la humillación del Presidente, en un juicio político sin contenido, alcanzado en pocas horas. Lo que parece seguro es que el curso de los acontecimientos probablemente llevará a un ciclo de polarización cada vez mayor.

El auge del trumpismo ha creado un nuevo maniqueísmo radical entre la élite liberal. La tecnología, con su algoritmo que alimenta a los que piensan igual, tiene mucho que ver con esta división digital e ideológica. Pero en resumidas cuentas, es que esta división es (falsamente) proyectada como una lucha a muerte entre un liberalismo monolítico y un iliberalismo monolítico.

Esto conlleva un enorme mensaje para Rusia, Irán y China (y otros): los Estados Unidos están profundamente divididos, pero su "nueva misión" será una guerra "moral de alto nivel" contra el iliberalismo, en casa, primero, y luego en el extranjero.

Sin embargo, lo más importante, y de mayor alcance, es que se ha eliminado la "mentira blanca", la máscara que ocultaba el cínico acuerdo de la "democracia" estadounidense. La importancia crucial fue subrayada por el ministro de relaciones exteriores de Alemania, Heiko Maas, cuando dijo: "Sin democracia en los Estados Unidos, no hay democracia en Europa".

¿Qué podría haber querido decir Maas? Posiblemente, se refería a los 75 millones de estadounidenses de la Norteamérica Roja que han comprendido la magnitud del fraude que se les ha hecho. Por fraude no se refiere a las demandas particulares sobre el 3 de noviembre, sino al fraude mucho más grande de un sistema manipulado en favor de los intereses de la élite política. Este ha sido uno de los pilares básicos del consentimiento artificial en el que se han basado durante décadas el orden público y la estabilidad social en Estados Unidos y Europa: la ingenua creencia en la esencia democrática del sistema.

Este pilar está siendo anulado por el "Estado Azul" precisamente para saborear una dulce venganza contra Trump por haberle quitado la máscara a la casta política norteamericana. Trump puso al descubierto lo corrupto que se había vuelto el "pantano" y expresó las más profundas preocupaciones y frustraciones de la Norteamérica Roja acerca de los empleos en el extranjero, la precariedad económica y las "guerras eternas". Ellos, a su vez, habían proyectado su exasperación, amargura e ilusiones de vuelta a él, convirtiéndolo, por defecto, en su abanderado.

Sin embargo, sorprendentemente, este derribo del pilar de la "mentira blanca" diseñada, lo están haciendo precisamente aquellos (el Establishment) que uno podría haber pensado que tenían más interés en mantenerlo intacto. Pero no pueden resistirlo. No pueden perdonar la intrusión del "forastero" Trump en sus ilusiones cuidadosamente construidas: destrozando su elaborada "construcción" de la realidad, simplemente haciendo magia con nuevos "hechos" para impugnar su "ciencia".

¿No es esto lo que es tan aterrador para Merkel y Maas? La UE tiene su propia, y más frágil, "mentira blanca". Es ésta: los Estados, al renunciar a una parte de su soberanía, podrían esperar participar en una "mayor soberanía" (es decir, el Proyecto Europeo), y seguir creyendo que es "democrático".

Este cínico acuerdo europeo solo se mantiene si Merkel y Macron pueden sostener que la "democracia" estadounidense es el principio rector del Proyecto Europeo (por muy engañoso que sea). Pero ahora, con las "luces apagadas" en la "Ciudad en la Colina", y con solo un ideal de democracia quebrantado bajo el cual se pueden refugiar los líderes de la UE, ¿cómo sobrevivirá la lúgubre fórmula de una soberanía diluida, sin democracia real; sin raíces bajo el suelo; con la UE moviéndose hacia una oligarquía cada vez más cercana, y dirigida por un "politburó" irresponsable y secreto?

El punto es que la "democracia" europea también está amañada hacia Alemania y las élites. Y los europeos de a pie lo han notado (especialmente cuando solo una parte de la comunidad soporta una carga desproporcionada del dolor económico del Covid). Las élites temen a Trump: puede dejarlo todo al descubierto, para que todos lo vean.

Algunos dirigentes de la Unión Europea pueden esperar que el trumpismo quede tan completamente aplastado, y su voz silenciada, que se pueda contener la fractura del consentimiento público de la propia Europa. Sin embargo, deben saber, en sus corazones, que el recurso a la identidad y a la ideología de género (como pretexto para un mayor estatismo), solo servirá para blindar las burbujas y las divisiones porque impide que la gente se escuche. Es la política de polarización posterior a la persuasión y a los argumentos.

Sin duda, el resto del mundo está tomando nota. No aceptarán lecciones morales de Europa en el futuro (aunque, sin duda, las seguirán recibiendo), y los Estados tratarán de construir el "consentimiento público" en torno a "polos" muy diferentes: acuerdos poco definidos entre los Estados, la cultura tradicional y las narraciones históricas de sus comunidades.


Alastair Crooke es un ex diplomático británico y escritor y analista de renombre y trayectoria en el Sudoeste Asiático. Fundador y director de Conflicts Forum (con sede en Beirut, Líbano), organización que aboga por el entendimiento entre el Islam político y Occidente. Es autor de Resistencia: la esencia de la Revolución Islámica.

Este artículo se publicó originalmente en inglés en Strategic Culture Foundation el 17 de enero de 2021, la traducción para Misión Verdad fue realizada por José Aponte.

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