Dom. 01 Agosto 2021 Actualizado ayer a las 11:35 am

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Hugo Chávez junto a Nicolás Maduro y Diosdado Cabello aquel 8 de diciembre de 2012 (Foto: Archivo)

Ocho años que parecen cien

Hace ocho años casi no tuvimos tiempo de llorar la tristeza más grande de todas. Nos tocó tragarnos las lágrimas y salir en campaña presidencial, apenas unos meses después de la Campaña Perfecta. Salimos con los sentimientos en carne viva, rumbo una empinada montaña que de no escalarla se convertiría en un abismo. Salimos en campaña con Nicolás.

Somos alegría. Eso somos, eso hemos sido, pero entonces era difícil encontrar la sonrisa sin que se te atravesara una lágrima. No sabíamos hacer una campaña aguantando el puchero, atragantados con un nudo en la garganta, aún así la hicimos. Chávez la hubiera hecho… Chávez la había hecho…

“Nuestro Comandante, nuca moriraá, este sentimiento, siempre viviraá” –sonaba Omar Acedo en una cornetas que pusimos en El Crucero Guacuco. Allí nos encontramos los compañeros con nuestras banderas, con nuestra tronera en el corazón, con nuestra determinación plena, como la luna llena. En esa esquina nos abrazamos, forzamos una sonrisa y sin darnos mucha cuenta, al cabo de un rato, nos vimos cantando y saltando al son de “Chávez corazón del pueblo”, la canción de campaña que se convirtió en el himno del chavismo.

Es que Chávez nos dijo que “el compañero Nicolás Maduro, un hombre revolucionario a carta cabal, un hombre de una gran experiencia, a pesar de su juventud; de una gran dedicación al trabajo, una gran capacidad para el trabajo, para la conducción de grupos, para manejar las situaciones más difíciles. Lo  he visto, lo hemos visto –dijo Chávez que jamás nos mintió– (…) mi opinión firme, plena como la luna llena, irrevocable, absoluta, total, es que —en ese escenario que obligaría a convocar como manda la Constitución de nuevo a elecciones presidenciales— ustedes elijan a Nicolás Maduro como presidente de la República Bolivariana de Venezuela. Yo se los pido desde mi corazón”. 

Así, con el corazón en la mano, hicimos la campaña más dolorosa de todas. Nos vimos a los ojos los compañeros y en ellos reconocíamos nuestro propio dolor. Siempre dolor, nunca miedo. Y vencimos, vencimos incluso a la tristeza paralizante y elegimos a Nicolás Maduro que derrotó al triple perdedor que nos había dicho, con una sonrisa sádica, que a Chávez nadie nos lo iba a devolver. Derrotado por el chavismo oootra vez. Y ahí estaba Chávez. ¡Jijiji, compadre!

“No faltarán quienes quieran aprovechar la coyuntura para dividirnos”. La campaña del antichavismo desde el primer minuto tuvo su lema: “Maduro no es Chávez” y de ahí, como una gota sobre una piedra empezar a erosionar. No había sido electo Nicolás y ya los ataques eran brutales y desde entonces no han cesado. Cada ataque contra él era un tiro de carambola contra el pueblo chavista, contra el pueblo todo. Ni un segundo de respiro nos han dado. Y la gotica divisionista cayendo “Maduro no es Chávez”, “Si Chávez estuviera vivo no habría hecho esto así, sino asá” y un lamento acuoso que regó las semillas de descontentismo. Entonces Chávez no era Chávez, sino un lastimero ”Chavito” que qué falta que les hace. Entonces no era él, sino un hombre sin defectos un Chávez a la medida del ojo de quien quiera culpar a Maduro, de lo que sea.

Todo esto mientras el enemigo descargaba la arrechera, bailaba salsa, La Salida, Lorenzo en guerra, los bachacos con Lorenzo, las corporaciones mediáticas mundiales envenenando todo lo que a chavismo oliera, y nada les olía más a chavismo que el presidente Nicolás Maduro, el primer presidente chavista.

Y dale y dale, y las guarimbas fueron tan violentas que nos llevaron al borde de una guerra civil, que no cuajó porque supimos resistir y porque Nicolás supo como frenarla. ¡Oh, eh, oh, eh oh, La constituyente va! Y fue: votamos el domingo y el lunes tuvimos un lindo amanecer, como decía Diosdado…

Diosdado, el soldado leal, el blanco de otra campaña que era la misma, porque Maduro no era Chávez, pero tampoco era Diosdado, porque si hubiera sido Diosdado habría hecho un montón de cosas que el mismísimo Diosdado jamás habría hecho. Insisto: “No faltarán quienes quieran aprovechar la coyuntura para dividirnos” y Diosdado se convirtió en la barajita favorita del divisionismo y no faltó quien cayera en esa trampa creyendo que le hacía un favor al chavismo, o un favor a Diosdado, que no se los agradece porque él traidor no es y jamás faltaría a la palabra de Chávez y la palabra de Chávez es “Unidad, unidad, unidad”.

Y cómo veían que resistía, fueron a buscar otro elefante: la asfixia de las sanciones. Y buscamos formas de respirar y respiramos con los CLAP, y con el Carnet de la Patria, esquinazos magistrales de Nicolas frente a la guerra. Ya lo había dicho Chávez, Nicolas es un hombre de “una gran capacidad para el trabajo, para la conducción de grupos, para manejar las situaciones más difíciles. Lo  he visto, lo hemos visto”… Lo hemos visto en todos estos ocho años tan complejos que parecen cien.

Enfrentando al imperio más sanguinario de la historia, el más poderoso, en su etapa más peligrosa, en su momento de mayor decadencia; con un precio sobre su cabeza, un millón de aventuras mercenarias con su nombre como objetivo. Nicolás y su equipo, nuestro equipo chavista, sigue en pie cumpliendo con el mandato de Chávez, sin titubeos, como lo haría Chávez, ese que sacó un crucifijo, ese que nunca buscó venganza, sino paz y entendimiento, ese que nos enseñó a dejar al enemigo cocinarse en su salsa, ese que nunca abandonó al pueblo, ese que también iba en una camioneta rodeado de escoltas porque también tenía una sentencia de muerte que finalmente se ejecutó.

Han sido los ochos años más difíciles del mundo. Difíciles y dolorosos, pero han sido ocho años de convicción, dignidad y lealtad. Ocho años de tantas cosas, tantas batallas, tantas luchas, tantas angustias, tanto aguante, tantas victorias, pequeñas victorias cotidianas que suman a la gran victoria de seguir viviendo en paz. Ochos años de agudeza política, de conciencia del momento histórico, de valentía con nervios de acero, de responsabilidad, de paciencia estratégica, de estrategias brillantes, de gloriosos esquinazos, que confirman que Chávez, pleno como la luna llena, esa vez tampoco se equivocó.

¡Nosotros venceremos!

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