Jue. 29 Octubre 2020 Actualizado 11:10 am

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La agroindustria produce alimentos como mercancía y hambrientos por millones (Foto: Shutterstock)

Botar y desperdiciar alimentos (y un poco de especulación) (I)

El 16 de octubre se celebró el Día Mundial de la Alimentación. La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, para no enredarnos) bombardeó las redes con una buena cantidad de recordatorios, informes, análisis, felicitaciones y regaños. Dos ideas centrales pueblan ese océano de lemas e información, sintetizado, o casi, en la página de Naciones Unidas.

Una: la FAO felicita expresamente "a los héroes que llevan la comida de la granja a la mesa".

Dos: la FAO cita a su Director del Programa Mundial de Alimentos, un David Beasley, que ha dicho: "La casa está ardiendo cuando ves que el número de personas que marcha hacia la hambruna ha crecido de 135 millones a 270 millones. Eso es inadmisible y una deshonra para la humanidad. Además de eso 690 millones de personas se van a la cama con hambre cada noche. En un mundo en el que hay 360 billones de riqueza esto es inexcusable".

En algunos materiales, flyers que vuelan en las redes y consignas que van tan rápido que poca gente se detiene a analizarlas, dice cosas como: "Para que la comida llegue a tu mesa alguien debió antes sembrarla o criarla, cultivarla, transportarla y VENDERLA". En otros: "La humanidad produce comida suficiente para alimentar a toda la población del planeta". Y después suelta esa conclusión del informe de Beasley.

Usted, habitual o retirado espectador de series de investigadores y detectives: ¿detecta usted algo que no le cuadra en esas declaraciones? ¿Algo que esté resaltado en mayúsculas, por ejemplo?

Bueno, sarcasmos aparte, por la forma en que la FAO sigue produciendo materiales y materiales y materiales al respecto (revisen este de 2014) pareciera que allá dentro no lo han detectado. O lo detectaron, pero hay algo que impulsa a esa entidad a no expresarlo ni denunciarlo, mucho menos a atacar el foco real de infección: la especie humana sí produce todos los alimentos que necesita e incluso más, pero la lógica capitalista, que considera mercancía (y no derecho humano) a los alimentos, pervierte de tal forma el acceso de todo el mundo a esa comida que al final termina perdiéndose en el camino, o pudriéndose en los estantes, adonde no todo el mundo puede llegar porque no le alcanza el dinero.

La FAO tiene a la mano ese dato, pero insiste en producir y difundir cifras como estas, actualizadas:

Rubros desperdiciados anualmente:

  • 45% de todas las frutas y verduras
  • 45% de todas las raíces y tubérculos
  • 35% de la comida de mar
  • 30% de todos los cereales
  • 20% de la carne
  • 20% de los lácteos

***

Desde ese molestoso territorio llamado deperdicio y pérdida de alimentos hay otras verdades y datos "dignos" de mención.

Por ejemplo, que en el planeta se desperdician anualmente (datos de 2019) 1 mil 300 millones de toneladas de comida, "por negligencia, errores o capricho". Es decir, la humanidad desperdicia cerca de un tercio de toda la comida que produce.

Los vegetales, por ejemplo, se empiezan a "perder" desde el momento de la cosecha: la agroindustria recolecta o pone a sus esclavos a recolectar los rubros según su tamaño y aspecto, y así, es más o menos normal que las papas, zanahorias, remolachas, cebollas, tomates y etcétera que no vengan con buena pinta, quedan fuera del "mercado". La agroindustria desecha toneladas de productos solo porque se ven feos. Y eso que al final van a ser empacados o envasados.

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El capitalismo verde se ha adueñado de la producción alimentaria en el mundo (Foto: Archivo)

En el supermercado la gente acude a comprar los vegetales más bellos y rozagantes. Es decir, aquellos cuya incorruptibilidad es señal de que viene lleno de agrotóxicos (los insectos y hongos no los atacarían nunca), pero esa es una discusión aparte.

Luego, muchos vegetales se maltratan en el proceso de transporte y manipulación, otros en el almacenamiento, otros en los estantes de los expendios. La propaganda del comerciante y el industrial, a quienes les encanta compartir las responsabilidades (pero nunca las ganancias) echándoselas a otros, han creado la culpa colectiva, trasladándole al pueblo una cuota del desperdicio: en la mesa del consumidor, el muchacho malcriado no se comió la remolacha, y el padre o madre, más malcriados todavía, agarraron la remolacha medio mordida y la echaron a la basura.

Hay iniciativas destinadas a reducir toda esa grosería, cómo no (menos mal), qué buena noticia.

En Buenos Aires, en junio de este año, el Ministerio de Ambiente y el Mercado Central de Buenos Aires firmaban un convenio para crear una gigantesca planta de compostaje en ese mercado, que supongo mucho mayor en proporciones al más grande mercado de Caracas (el de Mayoristas de Coche). Dieciocho mil toneladas de material orgánico "produce" o echa a la basura anualmente ese mercado, a razón de 50 toneladas de frutas y verduras por día; las autoridades han dado el paso fundamentalísimo de pensar (al menos de pensarlo, no sé cómo va en la vida real) una megaestructura que convertirá todos esos desperdicios en abono orgánico.

Pero el problema sigue siendo, junto con la pérdida de alimentos, la costumbre, cultura o paradigma instalado que considera a esos alimentos una cosa más que se compra y se vende.

¿Y Venezuela?

Hablar de problemas alimentarios y no mencionar a Venezuela es hacerse olímpicamente el pendejo, por decir lo menos. Así que procedamos a desmenuzar nuestro propio "caso".

Quiero comenzar comentando la manera un poco estúpida en que muchos habitantes de Twitterlandia comentaban boquiabiertos e incrédulos, el día jueves 16 de octubre, imágenes y noticias desde Turén, estado Portuguesa: la gigantesca cosecha de maíz y la preparación para el ciclo norte-verano, es decir, los preparativos para la temporada de siembras que está por comenzar.

Atónitos, unos tuiteros decían, embobados ante la majestuosidad de los sembradíos: "No es Wisconsin: es Turén".

A quienes andamos promoviendo el concepto conuco como modelo de producción no sujeto a las veleidades del mercado internacional de semillas, agroquímicos y otros insumos, estas imágenes no nos llenan precisamente de orgullo; esto se analizará en un trabajo aparte.

Va ahora un contexto relacionado con la noticia de más arriba: los desperdicios y el mercado más grande de Caracas. Supe de la existencia de "los pichacheros" y del universo paralelo al que pertenecían, en el año 1999, a raíz de una noticia monstruosa.

Una niña de cinco años había sido violada y estrangulada cerca del mercado de Coche; fue hallada en la autopista. La captura del criminal se produjo en pocas horas: un pichachero (persona que se dedica a recoger el "pichache", los restos de frutas y vegetales muy golpeados o magullados, todavía comestibles o no) había entrado en conflicto con una familia que se dedicaba a lo mismo que él. Asunto de territorialidad: un grupo de pichacheros había cometido la infracción de recoger restos en una zona que "le correspondía" a otros pichacheros, y eso significa la guerra. El sujeto se vengó o tomó represalias contra la familia de la manera más inmunda: secuestrándole a la niña.

Supe entonces que había allí toda una organización social con su escala: en la parte más baja los pichacheros, más arribita los aseadores y personas que botaban o agrupaban los desechos; luego los comerciantes y transportistas, más arriba los pranes, los dueños de todo. En algún lugar de la maraña estaba el director del Mercado y encima de este el alcalde, pero esas autoridades formales no contaban para casi nada. Dejemos aparte a los pichacheros y a ese drama, y ocupémonos de otro.

Antes de llegar a ese lugar llamado Mercado de Mayoristas, los alimentos que surten a 60% de los caraqueños siguen una ruta que a veces es absurda, increíble, insólita, fuera de lugar y fuera de toda lógica. Hemos mencionado antes el caso de la papa: más de la mitad de la papa que se consume en Caracas proviene del estado Mérida, específicamente de los alrededores de Timotes y Mucuchíes: sembradíos ubicados a más de 800 kilómetros de la capital. Ocurre con muchos otros rubros, pero centrémonos en la papa, por tratarse de un rubro vital, muy apreciado por los venezolanos y por ciudadanos de todo el mundo.

Ya ese simple enunciado anuncia problemas y percances, como el inconcebible despilfarro de energía: para que usted coma papa en Caracas deben quemarse centenares de litros de gasolina, cosa que hace cinco años no sonaba grave para nada, pero que ahora se revela de espanto.

También está el desgaste energético de los señores que vienen a traer el producto; algunos son señores productores, y otros intermediarios o transportistas. Llega esa gente destruida por la carretera al mercado a ofrecer su mercancía; lo recibe un pran o emisario del míster (llamémoslo así para no ofender), que le pone el precio al producto.

Digamos que para producir cada kilo de papas el productor invierte 70 mil bolívares (montos y precios ilustrativos, no actuales), y viaja a Caracas con la esperanza de vender una tonelada del rubro, a razón de 140 mil bolívares por kilo. El míster le informa al productor o transportista: "El precio hoy es de 80 mil". El productor replica: "Pero no puedo bajar tanto el precio, por la carretera he tenido que pagar unos peajes (llamémosle peaje para no ofender), comida, se me reventó un caucho, etc.". El míster le dice, amablemente: "Entonces lárgate de aquí con tu camión, necesito ese puesto que estás ocupando".

El productor, para salvar algo y no regresar con las manos vacías, le dice que está bien, que acepta el precio, dame 80 por kilo. Pero el míster le tiene nuevas noticias: "El precio acaba de bajar, ahora te pago el kilo en 65 mil".

Pase lo que pase con el camionero o campesino, la papa le será vendida al público en 250 mil bolívares.

El caso de la papa no es tan dramático porque ese tubérculo no se descompone tan fácilmente; sólo hay que ubicarse en el mismo juego pero con cebollas, tomates, lechosas y cambures madurados con carburo.

Es absurdo transportar papas y muchos otros rubros desde tan lejos. Pero por aquí hay gente que no está preparada para esa discusión.

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"Cosecha de papas", óleo sobre tela, del año 1897 (Foto: Pedro Jofré)

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Por cierto, el Ministerio de Ciencia y Tecnología acaba de difundir una buena noticia: en Guanta, Anzoátegui (a nivel del mar) se ha obtenido una soberbia cosecha de papas, en un programa de Núcleos de la Alianza Científico-Campesina.

¿Dijo alguien que en Caracas "no se puede" cultivar papas?

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Pese a lo que sabemos del bloqueo y lo que dice la propaganda peor intencionada, Venezuela es autosuficiente en la producción de varios rubros alimenticios: yuca, papa, ñame, ocumo y la mayoría de las raíces y tubérculos; casi todas las hortalizas, frutales, musáceas (plátano, cambur y topocho), maíz, azúcar; pescados, carne de bovino y otras especies. Importamos muchos alimentos procesados, sí, pero es mentira que la producción en el campo sea igual a cero.

Regresemos a una clave anterior: como la agroindustria y la distribución siguen operando desde una lógica comercial capitalista, y mediante una cadena de transporte y engorde de precios que parece indestructible, seguiremos padeciendo un drama que es preciso romper, con mucho de ingenio y algo (un poco nada más) de fuerza bruta.


(Continúa en una próxima entrega.)

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