Tras el estancamiento militar en el frente iraní y el fracaso operativo de la campaña de bombardeos a embarcaciones en el Caribe y el Pacífico, la Casa Blanca ha reorientado su narrativa hacia un dispositivo clásico de la Guerra Fría: el combate al comunismo.
Este giro discursivo responde a la necesidad de construir un enemigo externo que enmascare la profunda crisis política, económica y existencial que atraviesa el modelo estadounidense, lo que ha delineado las condiciones de vida de la población.
Crisis del modelo político estadounidense: Lo que dicen las encuestas y analistas
El tejido social y político de Estados Unidos muestra fracturas estructurales que las recientes encuestas documentan con claridad. Recientemente una consulta de CBS News y YouGov reveló que el 58% de los simpatizantes demócratas mantiene una visión más favorable del socialismo que del capitalismo, frente a un 32% que prefiere el sistema de libre mercado. El rechazo al capitalismo alcanza el 50% entre los votantes demócratas, mientras que el socialismo solo genera una percepción negativa en el 18% de ese electorado.
El fenómeno va más allá de la afiliación partidista tradicional, así lo muestran datos del Pew Research Center en los que la tipología política estadounidense aparece fragmentada en nueve grupos ideológicos distintos. Esto evidencia la crisis del bipartidismo clásico.
El Instituto Cato registra que el 38% de los menores de 30 años tiene una opinión favorable del comunismo, cifra que se eleva al 53% cuando se consulta sobre el socialismo entre la Generación Z (nacidos entre 1997 y 2012). Una encuesta de Fox News, de marzo pasado, mostró que el 38% de la población considera positivo que el país se aleje del capitalismo, un récord histórico.
Un análisis de Carlos Puelma, publicado en enero pasado en Tribuna de México, identifica la raíz de este desplazamiento ideológico. Se refiere a una "furia económica" alimentada por la mayor desigualdad en un siglo, rentas incontrolables, endeudamiento estudiantil crónico y una economía que la mayoría percibe como injusta. Esto, junto al agotamiento de la "narrativa woke", habría creado un caldo de cultivo para que el discurso anticomunista sea una válvula de escape para las tensiones internas.
Por otra parte, la aprobación de Trump se mantiene en niveles críticos: apenas el 37% de los adultos respalda su gestión según una encuesta de Ipsos/Reuters. Ya en julio pasado se reseñaba una "guerra civil interna" que consume tanto al Partido Demócrata como al Republicano. El ascenso de figuras como Zohran Mamdani en Nueva York y candidatos socialistas demócratas en primarias de diversos estados refleja un rechazo al establishment que trasciende las categorías ideológicas convencionales.
Frente a este escenario, analistas como David Brooks advierten que las ideologías sucesoras del neoliberalismo se encuentran "en proceso de desintegración". Otros análisis destacan que la estrategia de Washington consiste en utilizar las tensiones globales como mecanismo de distracción sistémica frente a una crisis interna existencial.
¿Esquivando el fracaso de "Lanza del Sur"?
En septiembre de 2025, la administración Trump lanzó la operación "Lanza del Sur", una campaña militar que autorizó el uso de fuerza letal contra embarcaciones sospechosas de transportar drogas en el Caribe y el Pacífico oriental. Hasta julio pasado, según registros de la Oficina en Washington para Asuntos Latinoamericanos (WOLA), se han ejecutado 67 ataques contra embarcaciones, causando la muerte de 221 personas en 63 eventos distintos.
El presidente Trump ha proclamado repetidamente que estos bombardeos han "prácticamente acabado" con el narcotráfico marítimo hacia territorio estadounidense. Sin embargo, una evaluación no publicada de la Administración para el Control de Drogas (DEA), citada por The Washington Post, concluye que los ataques no han afectado el suministro ni el precio de la cocaína, y los grupos criminales han desarrollado nuevas estrategias operativas.
Los narcotraficantes han abandonado el uso de lanchas rápidas en aguas internacionales, optando por embarcaciones de mayor calado en rutas costeras y, significativamente, por el transporte aéreo desde pistas clandestinas en la frontera colombo-venezolana hacia Guyana y Surinam, eludiendo así el radio de acción militar estadounidense. Los datos son elocuentes:
- Las embarcaciones interceptadas o destruidas mediante bombardeos representaban menos del 5% del total de narcóticos movilizados hacia el mercado estadounidense.
- Según el New York Times, los datos de mercado confirman la ineficacia de la operación dado que los precios de la cocaína en las calles estadounidenses se mantienen estables entre 60 y 100 dólares por gramo, sin variaciones atribuibles a los bombardeos.
- Las incautaciones reportadas por Aduanas y Protección Fronteriza (CBP) incluso aumentaron un 2%, pasando de 25,69 toneladas en los diez meses previos a los ataques, a 26,17 entre septiembre de 2025 y junio de 2026.
En marzo pasado, el jefe del Comando Sur, Francis Donovan había reconocido ante el Comité de Servicios Armados del Senado que "los bombardeos no son la respuesta" y que constituyen apenas una herramienta dentro de un enfoque de campaña más amplio.
El simple hecho de que se hayan bombardeado embarcaciones no ha reducido ni la pureza ni la disponibilidad de la cocaína y el fentanilo, lo que dejaría al descubierto que el verdadero propósito de estas acciones no era la lucha antidrogas, sino un despliegue de fuerza con fines políticos; tanto Venezuela como otros países de la región han sido víctimas de esta estrategia. Ante la ausencia de resultados tangibles, la administración Trump ha optado por cambiar el tablero de juego, ya no se trata de un "combate" antidrogas, sino ideológico.
Reciclando el fantasma del comunismo
Durante las conmemoraciones del 250 aniversario de la independencia estadounidense en julio pasado, Trump pronunció las palabras "comunismo" o "comunistas" 14 veces en un discurso de treinta minutos en el Monte Rushmore, calificándolas como "la peor amenaza para nuestro país desde la Primera Guerra Mundial, la Segunda Guerra Mundial, Pearl Harbor o el 11 de septiembre".
Posteriormente, el 16 de julio, el secretario de Estado Marco Rubio convocó en Washington una "Reunión Ministerial sobre el Resurgimiento del Terrorismo Político" con delegados de 66 países. En su discurso, Rubio equiparó al comunismo con "un resentimiento ponzoñoso disfrazado con el lenguaje de la igualdad", anunciando restricciones de visas contra personas vinculadas a organizaciones de "extrema izquierda" y prometiendo coordinación transfronteriza de inteligencia policial.
Cuatro días después, el Departamento de Estado publicó un informe de cien páginas titulado Cuba: la capital del comunismo del siglo XXI, donde se invierten los roles históricos al acusar a la isla bloqueada durante 67 años de librar "una guerra integral contra Estados Unidos". La respuesta del Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba calificó dicho informe como un "mediocre panfleto de propaganda", señalando la hipocresía de acusar a La Habana de subversión cuando Washington destina anualmente decenas de millones de dólares a programas de cambio de régimen.
El analista Derek Landeros identifica esta transición narrativa como el "retorno del miedo rojo", una estrategia electoral dirigida a la base MAGA y al electorado cubano-estadounidense en estados clave como Florida y Texas. Otro analista, Austin Sarat, profesor de jurisprudencia en Amherst College, explicó a CNN que Trump utiliza el término como sinónimo de "anti-estadounidense", sin importar las ideologías específicas de sus oponentes.
El analista cubano José Ernesto Nováez describe este giro como una "cortina de humo" destinada a desviar la atención del extremismo violento doméstico de derecha de diversas facciones del Ku Klux Klan, el Patriot Front, The Base y milicias antigobierno como los Oath Keepers y los Three Percenters, que según el CSIS perpetró el 66% de los ataques terroristas en 2020, frente al 23% de la extrema izquierda.
La paradoja es que, mientras el discurso de Trump oscila entre el narcoterrorismo y el comunismo, su administración indultó en diciembre de 2025 al expresidente hondureño Juan Orlando Hernández, condenado por narcotráfico en tribunales estadounidenses, y mantiene relaciones pragmáticas con gobiernos latinoamericanos de diverso signo ideológico según convenga a sus intereses inmediatos.
América Latina entre riesgos y contradicciones
La nueva doctrina anticomunista de Washington presenta riesgos significativos para América Latina. La designación de 20 organizaciones criminales como Organizaciones Terroristas Extranjeras (FTO) —elevando el total regional de 4 a 24— borra deliberadamente la distinción legal establecida por la Convención de las Naciones Unidas contra la Delincuencia Organizada Transnacional, que define al crimen organizado por su móvil de lucro, mientras que el terrorismo requiere un propósito político.
Según analiza Diana Valido Cernuda, el esquema propuesto por Rubio operaría en tres frentes:
- Asfixia financiera mediante la fiscalización de fondos de ONG y movimientos sociales.
- Restricción migratoria como mecanismo de castigo ideológico.
- Subordinación de las agencias de seguridad nacionales a las Fuerzas de Tarea Conjunta contra el Terrorismo (JTTF) del FBI.
Esta última medida institucionalizaría la injerencia en la política doméstica de los países participantes y condicionaría la cooperación bilateral al intercambio de datos biométricos y listas de vigilancia. Todo ello hace rememorar al Plan Cóndor instrumentado entre los años 70 y 80 del siglo pasado.
La selectividad en la aplicación de esta doctrina evidencia su naturaleza instrumental porque, mientras se presiona a gobiernos no alineados, se mantienen relaciones pragmáticas con aliados estratégicos y se indulta a figuras condenadas por narcotráfico cuando resulta conveniente. Esta inconsistencia confirma que el objetivo no es combatir el crimen transnacional, sino disciplinar a la región bajo un marco ideológico que permita criminalizar movimientos sociales, protestas legítimas y gobiernos que mantengan políticas soberanas.
América Latina encuentra en la inversión de infraestructuras de potencias emergentes (como China o Rusia) un salvavidas económico, por lo que forzar a los gobiernos de la región a tomar partido bajo una lógica maniquea (capitalismo vs. comunismo) fragmenta las economías de la región e invalida sus políticas de desarrollo soberano.
El riesgo más inmediato es la escalada militar bajo pretexto antiterrorista. Al expandir la definición de "terrorismo" para incluir movimientos políticos y sociales, Washington construye un expediente de "amenaza inminente" que podría justificar futuras intervenciones o cambios de régimen.
La región enfrenta así una encrucijada en la que la mayoría de sus gobiernos mantienen alianzas con Washington, pero la nueva arquitectura narrativa estadounidense amenaza con subordinar la cooperación hemisférica a una lógica de Nueva Guerra Fría que criminaliza la disidencia política y vulnera los principios de no intervención y autodeterminación.
El fantasma del comunismo, reciclado como dispositivo de control, sirve simultáneamente para evadir la crisis interna estadounidense y para imponer una hegemonía declinante sobre América Latina, considerada desde Washington como su patio trasero.