La presidenta (E) Delcy Rodríguez subió al estrado de la 81.ª Asamblea General de las Naciones Unidas, representando el retorno formal de la jefatura de Estado venezolana a esta tribuna tras casi una década de ausencia institucional para los máximos representantes
El evento sirvió para proyectar una nueva fase de cohesión interna y fue altavoz para normalizar la re-inserción de Venezuela en el concierto internacional.
El discurso, en su mayor parte, estuvo dirigido a venezolanos, aunque fue pronunciado ante el mundo entero en claves internacionales. Al dirigir las palabras de manera simultánea a los ciudadanos dentro de Venezuela y a los gobiernos del mundo, el discurso operó como la presentación formal de un nuevo pacto de gobernabilidad doméstica apalancado en el reconocimiento exterior.
RECONFIGURACIÓN INTERNA DE VENEZUELA
El elemento transversal de la intervención fue el viraje narrativo hacia la estabilidad democrática y la reconciliación social. Si bien, el gobierno venezolano ha defendido públicamente sus instituciones y el “Estado social de Derecho y de Justicia” que guía, desde la Constitución, la vida política del país, el discurso de la mandataria toma distancia de la beligerancia dogmática de épocas anteriores.
“Vengo a asumir hacia adelante una responsabilidad histórica, la de conducir a Venezuela desde una etapa de incertidumbre y conflicto hacia una etapa de democracia plena reconocida por su propio pueblo y por el mundo”, indicó la presidenta.
En la ONU, Rodríguez estableció el compromiso explícito de que “en Venezuela habrá elecciones”. Tal invocación a una “transformación democrática” persiguen dos objetivos entrelazados.
El primero de ellos, es institucionalizar lo que denominó un proceso de transición. Al anunciar reformas judiciales impostergables y prometer garantías de competencia electoral equitativa para todas las fuerzas políticas ante el foro multilateral, la jefatura de Estado no solo busca aplacar las presiones internas, sino elevar el costo político de cualquier descarrilamiento que empuje al país a la confrontación.
El planteamiento de transicionar desde un país “del que muchos quisieron huir” hacia uno “al que muchos quieran regresar” aborda de forma directa la herida abierta del tejido social venezolano. Es un reconocimiento explícito del agotamiento ciudadano por el contexto económico, por las divisiones políticas y por la diatriba intensa, pero también por el fenómeno migratorio, que es un componente clave de la vida social que crea nuevas barreras que deben ser superadas.
También mencionó dos hitos; los ataques militares del 3 de enero y los terremotos de junio, como expresiones de dolor físico contra el país y su población.
Rodríguez hiló sus palabras desde la resiliencia, pero también desde la determinación nacional de emplear las circunstancias para un cambio de situación. A su juicio, el país demanda una restauración “moral y espiritual”, que va mucho más allá de las dimensiones físicas y materiales que deben ser asumidas en una “Venezuela que renace”. Unir al país y restaurar “juntos” las fibras tangibles y morales que dan cohesión a la nación.
Un eje transversal del discurso es su carácter de despolarización. Dejar atrás la diatriba desgastante, que ha sumido al país en una senda auto-destructiva.
Para ello, es necesario que las instituciones transicionen sobre sí mismas reafirmando una nueva doctrina de Estado que profundice las garantías democráticas, que contribuya a superar las inercias negativas que “atropellan” a los ciudadanos.
El marco político que rige el nuevo momento nacional, está en el encuentro nacional, aislar los radicalismos y en normalizar la convivencia.
La referencia apunta a la renovación del Tribunal Supremo de Justicia, del Consejo Nacional Electoral y a impulsar el Programa de Convivencia Democrática. Estos mecanismos funcionan en simultáneo a los diálogos que están en marcha con exdiputados de la Asamblea Nacional electa en 2015, lo cual fue mencionado en el discurso.
Rodríguez mencionó que el país, en su momento, tendrá un proceso electoral. El pueblo, “en su sabiduría ancestral” determinará el momento, dijo sin establecer plazos y una hoja de ruta clara. Esto es relevante porque, primeramente, se desmarca de la presión de grupos opositores que empujan por una aceleración de un cambio de gobierno justo ahora, considerando que tienen el timming político favorable para hacerlo.
Pero esto también es una admisión tácita a una realidad concreta. El presidente Nicolás Maduro, reelecto en 2024, no está ejerciendo sus funciones luego de su secuestro. Estas razones atípicas y no contempladas en la Constitución Nacional fueron interpretadas por la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia, dando margen a la gobernanza a cargo de la presidenta. Pero la mención de Rodríguez de ir a elecciones, -sin mencionar de qué tipo o qué cargos- deja entrever que la necesidad de elegir a un nuevo Jefe de Estado es objetiva y se efectuará en un determinado momento.
EL ÁMBITO INTERNACIONAL
A pesar del notable ablandamiento de las formas, la Pta. (E) Rodríguez mantuvo intactos los vectores históricos de la política exterior venezolana.
Hico mención a la controversia territorial sobre el Esequibo. La reafirmación del Acuerdo de Ginebra de 1966 como la única vía bilateral válida frente a las pretensiones de Guyana envía un mensaje inequívoco. Venezuela permanece bajo el paraguas de 1966 aclarando que los acuerdos bilaterales serán más beneficiosos para las naciones, que los arbitrajes e intervenciones institucionales externas. La referencia apunta a la Corte Internacional de Justicia, donde se debate sobre el Esequibo a pedido de Guyana. Venezuela ha dicho no reconocer ningún dictamen emanado desde esa instancia. El reclamo territorial permanece como una política de Estado que trasciende coyunturas o liderazgos.
Sobre la gobernanza global, la presidenta mencionó la demanda por un orden internacional más equilibrado y la reforma de las instituciones multilaterales como premisas que mantienen a Venezuela alineada con las causas estructurales del Sur Global.
Venezuela fijó posición en el debate sobre la Inteligencia Artificial advirtiendo sobre los riesgos de profundizar la brecha digital internacional y abogando por la innovación para el desarrollo social.
La contextualización del discurso es inseparable de los hitos diplomáticos recientes, de forma muy destacada, la reunión bilateral previa con Donald Trump y la estructuración de acuerdos en materia de hidrocarburos.
La narrativa en el discurso de Nueva York oficializó el fin del aislamiento impuesto para dar paso a un pragmatismo geoestratégico de mutua conveniencia en la relación con Estados Unidos.
Rodríguez defendió el reframe de la relación bilateral con Estados Unidos. Agradeció al gobierno de Washington, así como a las demás naciones del mundo, por el apoyo brindado a Venezuela durante los terremotos de junio.
Sin desmantelar el histórico rechazo a las sanciones económicas y la crítica a las medidas coercitivas, se desligó del enfrentamiento desde los micrófonos. En su lugar, se articuló bajo la premisa del “derecho al desarrollo” y la necesidad de integrar a Venezuela en la escena internacional mediante una relación bilateral regida por los principios de la diplomacia.
“Hoy trabajamos seriamente para dirimir a través del diálogo las diferencias existentes y abonar los caminos para el relacionamiento energético, la promoción de seguridad, la lucha contra el crimen transnacional y la cooperación económica”, dijo en referencia a la relación con Estados Unidos.
“Quiero agradecer al presidente Donald Trump por su disposición a tomar el camino de las relaciones diplomáticas y la cooperación”, remarcó.
También destacó el rol de Venezuela como un actor estabilizador en el mapa de seguridad energética del hemisferio, abogando también por una transición energética que incluya todas las fuentes de energía. Asumir el trilema energético; seguridad, asequibilidad y sostenibilidad, será posible mediante una matriz energética mundial diversificada que se oponga a la descarbonización “forzada”.
Este ítem es relevante, dado que, desde el enfoque del gobierno venezolano, las sanciones ilegales han alejado a Venezuela de su rol natural, de ser un componente del sistema energético internacional, que transita hoy por una difícil crisis. Para el gobierno venezolano el desmantelamiento de las sanciones es un objetivo geopolítico de valor estratégico.
PROYECCIÓN INTERNACIONAL DE LA VISIÓN DE ESTADO
La participación de la mandataria en la máxima cita de naciones, fue de estilo claramente estadista, pues trasciende la retórica de la coyuntura para enfocarse en el bienestar de largo plazo de la nación, la estabilidad institucional, la madurez diplomática y la responsabilidad histórica.
Hay una clara prevalencia de los intereses de Estado sobre las frases candentes. Un sello distintivo del liderazgo de Estado es la capacidad de priorizar el interés nacional por encima de las pugnas doctrinarias o las consignas partidistas.
Propone el pragmatismo económico e integración. Al pasar de un lenguaje de confrontación a uno de entendimiento estratégico con Estados Unidos y el entorno global —enfatizando acuerdos energéticos y atracción de inversiones—, la alocución posicionó el desarrollo y la estabilidad del país como el objetivo supremo, por encima de las disputas ideológicas y geopolíticas del pasado reciente.
Esta parte del discurso propone un delicado equilibrio entre la firmeza defensiva, la apertura diplomática y la adaptación a la asimetría adversa frente a Estados Unidos.
“Venezuela quiere respirar libre, ejercer sus derechos como Nación soberana, sin ningún tipo de intromisión”, enfatizó la mandataria.
La dimensión más venezolana en este enfoque de Estado, fue hacer reconocerse al país entero en lo dicho. Es el reconocimiento de la realidad, pero con oferta de nuevas certezas, si la nación se une para conseguirlas.
El estadista no evade los problemas de fondo de su sociedad; los nombra, asume responsabilidades y propone rutas viables de solución.
Al afirmar en el foro más importante del mundo que “en Venezuela habrá elecciones” y que estas deben ser “una solución y no un generador de conflictos”, envió una señal de certeza jurídica tanto a las oposiciones internas como a la comunidad internacional, buscando institucionalizar la transición en lugar de postergarla. Pero esto no deja de congraciarse con los objetivos esenciales del chavismo, en prevalecer y hacer perdurar las instituciones re-fundadas en su ciclo político.
El proceso "ordenado" y "verificable", busca garantías para el conjunto de la vida nacional, pero especialmente para la encarnación del propio Estado-nación, un componente de la resiliencia institucional y operativa del chavismo gobernante en el contexto dificil de este año.
En conjunto, el discurso se enmarca en la figura de la razón de Estado; la comprensión de que la supervivencia, la paz interna y el bienestar económico del país, exigen sustituir la trinchera por la negociación, la certidumbre jurídica y el pragmatismo estratégico.