Mar. 19 Mayo 2026 Actualizado ayer a las 12:59 pm

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La hegemonía financiera del dólar enfrenta tensiones cada vez más visibles sobre la economía productiva estadounidense (Foto: Archivo)

La maldición financiera del imperio del dólar

Un artículo publicado por Le Grand Continent aborda una de las tensiones más profundas de la economía estadounidense contemporánea: la distancia creciente entre el poder financiero que sostiene la hegemonía del dólar y el deterioro de parte de la base productiva de Estados Unidos. Firmado por los economistas Gianluca Begnino, Luca Fornaro y Martin Wolf, el texto examina las contradicciones que atraviesan la estrategia económica impulsada por Donald Trump en medio de la guerra comercial y los intentos de reindustrialización.

La premisa que desarrollan los autores resulta llamativa porque emerge desde un entorno intelectual occidental y no desde espacios críticos externos al orden financiero dominado por Estados Unidos. Según su planteamiento, la posición privilegiada del dólar dentro de la economía mundial podría estar actuando contra la propia estructura productiva estadounidense. Lo que durante décadas fue presentado como una ventaja estratégica comienza a mostrar efectos adversos sobre la economía real del país norteamericano.

El dólar como núcleo de una economía desequilibrada

El punto central de la contradicción estaría en la propia arquitectura financiera que convirtió al dólar en el principal activo de resguardo global. A medida que gobiernos, bancos e inversionistas extranjeros continúan demandando deuda y activos denominados en dólares, enormes flujos de capital se desplazan hacia Estados Unidos, reforzando una dinámica económica cada vez más dependiente de la esfera financiera.

Los autores explican que ese fenómeno termina alterando la estructura productiva del país. En lugar de dirigirse hacia sectores vinculados a la innovación industrial o al fortalecimiento exportador, parte importante de esos capitales alimenta actividades de baja productividad asociadas al crédito, el consumo y la especulación inmobiliaria. El resultado es una economía donde las finanzas adquieren un peso desproporcionado mientras sectores estratégicos pierden espacio dentro de la actividad económica estadounidense.

"Las entradas de capital financian un mayor consumo estadounidense y provocan una apreciación del dólar", señalan. Esa apreciación del dólar es un factor que abarata las importaciones y reduce la competitividad industrial de Estados Unidos frente a economías exportadoras.

El texto compara este proceso con el llamado "mal holandés", concepto utilizado históricamente para describir cómo ciertas economías afectadas por grandes ingresos externos terminaban debilitando sus propios sectores productivos. La diferencia es que, en este caso, la fuente de distorsión no proviene de materias primas sino de la centralidad financiera del dólar dentro del sistema mundial.

La consecuencia de ese proceso se extiende a la contracción de sectores manufactureros y exportadores que impacta regiones enteras que dependían históricamente de la actividad industrial. El deterioro productivo se transforma así en un fenómeno económico, social y político que atraviesa buena parte de la crisis interna estadounidense. La desindustrialización deja de ser un efecto secundario de la globalización para aparecer como una consecuencia vinculada al propio funcionamiento del esquema financiero que sostuvo la hegemonía norteamericana durante décadas.

"Visto desde esta perspectiva, el ‘privilegio desmesurado’ de Estados Unidos bien podría ocultar una ‘carga desmesurada’".

Trump, China y los límites de la reindustrialización estadounidense

La Casa Blanca ha defendido los aranceles argumentando que son un instrumento capaz de recuperar empleos industriales y reducir la dependencia externa de la economía estadounidense. Sin embargo, Begnino, Fornaro y Wolf sostienen que esas medidas chocan con una realidad más profunda: el papel central del dólar dentro del sistema financiero internacional sigue atrayendo enormes flujos de capital hacia Estados Unidos, reforzando las mismas dinámicas que contribuyeron a la desindustrialización.

El texto señala que los déficits comerciales no pueden entenderse únicamente desde el intercambio de mercancías. Detrás de ellos opera una estructura financiera global donde Estados Unidos continúa funcionando como destino privilegiado del ahorro mundial. Mientras persista esa demanda de activos denominados en dólares, las entradas de capital mantendrán presión sobre el tipo de cambio y favorecerán actividades desligadas de la producción exportadora. Los aranceles actúan sobre los síntomas sin alterar el mecanismo que sostiene el desequilibrio.

A partir de ese diagnóstico, el artículo plantea que parte del programa trumpista terminará produciendo efectos inversos a los anunciados públicamente. Los aranceles encarecen importaciones necesarias para industrias tecnológicas estadounidenses y, al mismo tiempo, la incertidumbre global derivada de la confrontación geoeconómica puede reforzar la demanda internacional de activos refugio en dólares. En vez de debilitar la centralidad financiera estadounidense, estas medidas la consolidan aún más.

El contraste con China ocupa un lugar importante dentro del análisis. Los autores describen al modelo chino como un caso opuesto al estadounidense. Mientras Washington profundizó durante décadas la financiarización de su economía, Pekín impulsó políticas orientadas al fortalecimiento manufacturero y al desarrollo tecnológico vinculado a las exportaciones. "China es quizá el mejor ejemplo de ello", dice el texto, mencionando que el país asiático combinó políticas industriales con medidas destinadas a contener el consumo interno y sostener competitividad externa, consolidando capacidades productivas en sectores estratégicos.

Esa diferencia adquiere relevancia en el actual escenario de disputa económica global. Estados Unidos intenta reconstruir capacidades industriales después de décadas en las que el capital financiero desplazó progresivamente parte de la economía productiva. La paradoja consiste en que Washington busca revertir ese deterioro sin renunciar al esquema monetario y financiero que contribuyó a producirlo.

La hegemonía frente a sus propios límites

El predominio global del dólar continúa otorgando ventajas difíciles de igualar dentro del sistema financiero internacional. Pero es justamente ese mismo mecanismo que está erosionando sectores considerados fundamentales para la capacidad productiva y tecnológica del país norteamericano.

Aunque los autores formulan propuestas orientadas a corregir esos desequilibrios, el diagnóstico contenido en el texto resulta revelador por sí mismo. Desde un espacio intelectual europeo vinculado al debate económico occidental, el artículo reconoce que la hegemonía financiera estadounidense ya no aparece únicamente como una fuente de fortaleza. También comienza a mostrar síntomas de desgaste sobre la propia economía que sostiene el poder global de Washington.

Estados Unidos parece querer recuperar capacidades industriales tras décadas de predominio financiero sobre la economía real. Aun así, las políticas impulsadas desde Washington continúan sosteniendo la lógica financiera que debilitó parte de su aparato productivo, una inconsistencia que pone en cuestión el alcance real de su supuesto proyecto de reindustrialización.

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