Jue. 29 Octubre 2020 Actualizado 11:10 am

Coronavirus: tesis sobre el presente

“Es cierto, por primera vez en la historia de todos los pueblos de la tierra existe un presente común: ningún evento de importancia en la historia de un país puede permanecer como un accidente marginal en la historia de cualquier otro. Cada país se ha convertido en el vecino casi inmediato de cualquier otro, y cada hombre siente el estremecimiento de los eventos que tienen lugar en el otro extremo del globo”.

Puede que Hannah Arendt, pensando en la visión de mundo del denso y abrumador Karl Jaspers, haya escrito esto en los años 60 del siglo pasado sobre la proximidad entre naciones, gentes y sobre la posible realidad ominosa que pudiera significar un mundo unificado principalmente por la vía tecnológica, donde toda ciudadanía se borra por el peso de la unidad, pero aquí, desde este momento del torrente histórico, lo que escribió pareciera revestirse de un cariz aún más vigente.

Sesenta años después, el mundo Covid-19 nos ha arrimado a estar más juntos como especie, a pesar de nosotros y también a pesar del comercio y los márgenes del agolpante neoliberalismo tardío.

El mundo contraído de hoy nos acerca más en este extraño proceso de igualación de vulnerabilidades, sus pliegues contracturados nos hace padecer lo mismo de forma más explícita y en esa aproximación, en esta nueva (por inédita) afirmación de comunidad en peligro, el “estremecimiento de los eventos” también nos ha forzado a la evidencia de un crítico mar de fondo moral que se expresa en la inoperancia, parálisis, rapiña, brutalidad o grandes virtudes con las que los estados, ese otro mecanismo de unificación, responden cuando se sienten amenazados.

Lo que trae una nueva pregunta: ¿amenazado por quién? ¿Y qué es lo que hace que las circunstancias sean amenazas para estados, gobiernos y sociedades, más allá del peligro común de la muerte monocorde de una enfermedad a la que no somos inmunes y cuya protección sigue siendo una interrogante? ¿Dónde podemos vislumbrar los estados de amenazas en un momento en el que el movimiento de las cosas nivelan en el mismo punto a la geopolítica y a no tocarse la cara en un solo golpe?

El virus en los huesos: habitar la incertidumbre y ver a los lados

Pareciera que la superstición artificiosa de mundo avanzado y ultramoderno ha nublado y llamado a capítulo a que por más hipertecnificada que se encuentre una parte del planeta (a costa de la otra), la humanidad, desde que hay registro, siempre será sometida a ciclos seculares de peste y enfermedad generalizada. Se ha vuelto ineficaz la distancia que existe entre la realidad por la que millones de personas mueren por enfermedades tratables. No hay refugio, nos recuerda ahora el corona, más allá de nuestro encierro y las pautas disciplinarias con la que cada país y cada sociedad asume la cuarentena.

Al-Mutanabbi, en el siglo X, trató a la fiebre como una amante que lo visitaba donde dormía bajo la cobertura de la noche, y que, dice, es el único momento en el que aparecía en su morada. Al hacerlo, el poeta le ofrece sus sábanas y su almohada, “pero ella las rechaza -nos cuenta-, y pasa la noche entre mis huesos”.

Contraigamos ambas nociones: nunca, en generaciones, hemos estado tan explícitamente vinculados en todo el planeta como ahora, y nunca, por lo mismo, ha sido más difícil de esquivar la idea de proximidad y experiencia: este nuevo algo que habita entre nuestros huesos.

La vida en Planet Lockdown (Pepe Escobar dixit), donde el encierro reduce las distancias e inhibe las diferencias habituales y esenciales de cada sociedad, trae más de lo que todavía tengamos medida. Esta nueva definición de lo “glocal” (lo global y lo local unificados) ha pasado a ser el lado oscuro de aquella aspiración a “ciudadanía global” que tanto ha motorizado las ansias de una suerte de superación que trasciende fronteras. La nueva frontera en nosotros mismos nos trajo al aislamiento, y a la reafirmación de aquel predilecto objetivo del turbocapitalismo en sus variaciones liberaloides o neocon: lo que ilusoriamente nos hace más cercanos levanta las murallas territoriales profundizando divisiones.

“Conviene valorar un sistema por sus frutos y no por sus promesas. El globalismo ofrecía ‘libre circulación’ de personas, pero ha provocado la mayor cuarentena humana de la Historia”, afirman.

Sobre esa medida, los brotes de Ébola en África occidental y la República Democrática del Congo (donde hace nada, salió del hospital de alta la última paciente), o el de cólera en Haití, nunca estuvieron tan lejos, solo quisimos que así fueran. El derrumbe de esa abstracción señala otra línea limítrofe en las capacidades del sistema, y en el alma de mucha gente.

También nos recuerda que el temor a lo distópico de las mal llamadas “sociedades avanzadas” es más un mecanismo de defensa que se rinde ante las evidencias, y no un momento amenazante que se hace necesario prevenir. Porque la distopía, en realidad, siempre estuvo aquí.

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Expansiones fronterizas inviables

La parálisis global no ha impedido que los Estados Unidos encuentren una instancia de reafirmación, no importa que acelere aún más esa muerte que lleva por dentro y que se expande sin interrupción. La demostración de sadismo con Irán, la exhibición de musculatura descompensada con Venezuela o la conducta disfuncionalmente adolescente con China y la Organización Mundial de la Salud (OMS) también dibuja el contorno de los límites que pueden alcanzar las naciones en lo moral y lo sistémico.

Los círculos intelectuales, los think tanks, que le dan sustrato filosófico a las guerras mediante terrorismo económico centran la discusión sobre la eficacia que tendrá el violento brote de Covid-19 en alcanzar, ahora sí, los ansiados objetivos de cambio de régimen en la República Islámica, en la batalla más cuesta arriba de su historia reciente producto de las medidas coercitivas unilaterales.

Pasa a mute la cobertura humanitaria de la población que solía ser el centro narrativo por el cual era de urgencia categórica forzar a Irán hacia la “democracia”. Mientras más muertos, mejor, es la premisa con la que subfiguras como Mark Dubowitz de la Fundación por la Defensa de las Democracias (Foundations for the Defense of Democracies, FDD), o esa repugnante circunferencia semi-humana llamada Mike Pompeo, encuentran inconfesado placer y la consagración de su visión de mundo.

La coartada delictiva que esgrimen sobre la cual Irán y Venezuela todavía pueden, a pesar de las sanciones, adquirir medicamentos, aparatos sanitarios o alimentos, pero que no lo hacen “porque no quieren”, inaugura una nueva ratio en el proceso de infantilización de la política estadounidense.

Naturalmente, no contribuye mucho al autoconsuelo público de Pompeo o Carlos Vecchio sobre el delito que uno comete y el otro promueve, el papel suplementario de los grupos de presión que hacen inviables que tales “cláusulas humanitarias” sean incluso menos que acolchamiento narrativo: ahí donde el andamiaje legal no puede operar, sí lo hacen, por ejemplo, Unidos Contra una Irán Nuclear (UANI, por sus siglas en inglés) operando sobre una base de datos donde acopian cada una de las empresas que realizan acciones comerciales justamente donde deberían actuar las supuestas “exenciones humanitarias” nombrando y humillando a dichas empresas, atacándolas mediante acciones de lobby dentro del Departamento del Tesoro y criminalizando su posible o probada actuación dentro de las esferas del mundo corporativo y del sector privado, inhibiendo a estas compañías a arriesgarse a negociar con Irán, incluso bajo el propio amparo legal de quienes emiten las sanciones.

Así, corporaciones de la enfermedad como Bayer, Merck, Genzyme, AirSep, Medrad, Becton, Dickinson & Company, Ely Lilly y Abott Laboratories por la presión de UANI (a todas estas, frente de un círculo de poder financiero e ideológico perfectamente rastreable) cesaron sus negocios con Irán.

Mientras se corrobora de todos modos la ineficacia de los supuestos canales legales que permiten la adquisición de “recursos humanitarios”, el resto del andamiaje de jurisdicción extraterritorial se encarga de que de todos modos no existan vías para que Caracas o Teherán puedan valerse de sus fondos para adquirir de lo que dramáticamente carece, que no es la capacidad de enfrentar.

John Wayne, aquel símbolo supermacho de la edad de oro de los westerns gringos dicen que tras la hora de su muerte tenía más de 20 kilos de materia fecal en su organismo. Y también dicen que el último movimiento de Estados Unidos anunciando una tuneada “operación anti-narcóticos” en el Caribe donde han sido enfáticos que tiene como principal objetivo el “cortarle los canales de financiación” al gobierno de Nicolás Maduro, se asemeja a la conducta de un cowboy en el viejo oeste.

Conviene detenerse en la metáfora del western, la “última frontera”. La expansión perpetua es un símbolo central del mito nacional estadounidense. Dirían algunos que el imperio gringo se origina y vuelve también a ese alambre divisor y apropiante. Dicen que para entender la pulsión bárbara que los hace actuar en Faluya con la misma intensidad con la que se normaliza el enjaulamiento de niños migrantes, se justifica como un procedimiento legítimo que guarda relación directa y pasa a ser la metafísica de sus fronteras hacia adentro.

Y que una vez que la masa continental que fue conquistada haciéndola el territorio de los Estados Unidos de hoy en día es el principio regidor por el que asume que el correr la línea fronteriza en tiempos de neoliberalismo tardío. La misma pulsión que hace que esa frontera se ubique donde sea, donde quieran, trátese de la cuenca sur del Caribe o el Estrecho de Ormuz, y, por lo tanto, ahí actúe “soberanamente” sobre lo que concibe como amenazas.

Todo vuelve al principio. Y así como la resonancia de Panamá 1989 sobre Venezuela remite al clímax de la última aventura imperial que comenzó en los 80 del siglo pasado con la contrarrevolución conservadora, acusando recibo de la franca incapacidad de reinvención de la que ya ha hecho gala, su símbolo expedicionario por excelencia, el portaaviones, encuentra en el USS Theodore Roosevelt una síntesis monstruosa de todo lo que lo sostiene: un nosocomio flotante, caldo de cultivo de Covid-19, con un capitán relevado de su mando por sacar del silencio la penuria por la que pasaba la tripulación, en una suerte de deriva por el Pacífico. Un John Wayne flotante y abombado.

La contención del virus del SARS que proliferó en varios países asiáticos diez años atrás, dicen, se debió a que el mundo realizó un esfuerzo unificado por evitar que la epidemia alcanzara el estatus de pandemia global.

Para nadie es secreto que no puede decirse lo mismo ahora, mientras que a diario siguen ocurriendo manifestaciones que certifican la muerte de un consenso sobre el orden de las cosas, ya que del encumbramiento de ese modo de representarse como las cristalizaciones de los mayores logros humanos, todos esos faros de civilización, dejaron el simulacro y pasaron directamente al bachaqueo de estado y la piratería franca, sin taparse la cara. En esto, Europa también queda bien retratada.

Que detrás de la salida adolescencial y extorsiva de la administración Trump de culpar a China y a la OMS para disminuir el ruido de su apoplégica reacción a la propagación del virus, sumado al estertor testosterónico contra Venezuela y a la sado-urticaria que motoriza rondas de sanciones y sofocamiento de la economía iraní mientras sigue siendo golpeada por los efectos del bloqueo y el corona, es también el sonido de cuando la noción de imperio choca con sus límites.

Ya lo dijo el secretario de defensa, Mark Esper:

“Mientras las naciones alrededor del mundo viran su foco de atención hacia dentro para lidiar con la pandemia del coronavirus, muchas organizaciones criminales están intentando capitalizar con la crisis”.

Su palabra vaya por delante.

Derivas excepcionales

La convención dice que la normalidad saltó por los aires. Lo ordinario, rutinario, cotidiano quedó en suspenso y se asume que el mundo, en su momento más demoledor de presente común del que pudiera tenerse registro, ha ingresado en el ámbito de lo excepcional. Con o sin el nombre, se asume que casi la totalidad del planeta ha entrado en un estado de excepción. Uno global.

No hay dudas sobre eso. La vida rutinaria de los países que convencionalmente viven, o simulan, un estado de normalidad, de cotidianidad poco alterada, bajo la ilusión de lo predecible y poco sorpresivo, han sido los primeros en vivir la conmoción (sin estar mínimamente preparados para eso, como antes sí lo estuvieron). Italia, Reino Unido, Estados Unidos, pilares de “occidente”, atestiguan junto al resto del mundo la interrupción prácticamente total de sus costumbres diarias.

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La excepción se opone a lo ordinario, a lo “normal”, se puede decir de perogrullo. Y la figura de estado de excepción, en tanto categoría del derecho constitucional, es algo que variará dentro de ese marco de acuerdo a su definición en las distintas cartas magnas aludiendo a la suspensión de esa normalidad producto de un acontecimiento de fuerza mayor o una emergencia, en el cual el estado se confiere poderes extraordinarios para afrontar la eventualidad que altera el curso regular de una sociedad equis, en donde permanecen apenas los derechos esenciales, mientras el resto queda en pausa, hasta que pase la contingencia.

¿Pero cuál es el contenido de ese suspenso? O, incluso, ¿tal suspensión de la vida obligatoriamente pasa por decretar dicho estado de excepción?

— Somos un grupo de investigadores independientes dedicados a analizar el proceso de guerra contra Venezuela y sus implicaciones globales. Desde el principio nuestro contenido ha sido de libre uso. Dependemos de donaciones y colaboraciones para sostener este proyecto, si deseas contribuir con Misión Verdad puedes hacerlo aquí<