Tres verdades que trae el mundo en 2017

Los últimos eventos globales dan signos claros de un rumbo que este año atisban a profundizarse.

La globalización estadounidense ha muerto

Esta tesis sostenida durante quince años por El Cayapo finalmente se instaló en el imaginario del análisis general. 2016 justamente fue el año en que una importante masa de votantes fue directamente contra el sistema en los países y regiones donde se suponía que eran más fuertes sus consensos: Estados Unidos y Europa. La elección de Trump y la negativa de los británicos a permanecer en la Unión Europea son sólo dos de los síntomas de una situación estructural que comienza a verse en toda su dimensión.

Hoy podemos decir que vivimos en un sistema cuya única base de sustento es el 1% que controla la mayoría de los resortes del poder mundial, y una nada despreciable cantidad de empleados y subempleados de estos mismos representados en la clase media. El resto de los mortales, los informalizados, los que han perdido sus trabajos industriales, los que viven del día a día, de la economía en negro, poco a poco comienzan a mostrar el descontento contra lo que antes seguían ciegamente.

Una inmensa mayoría desechada por el sistema por fines netamente económicos, que no tienen ni siquiera acceso a la utopía del carro, la casa, la familia ni grandes artefactos tecnológicos por la vía del trabajo formal. La única vía que les queda, paradójicamente, es la misma que los grandes bancos utilizan en la bolsa apostando con el trabajo de otros: el robo y la estafa en todas sus formas.

Quebrando así las bases morales y éticas, además, que antes sostenían como creíble y beneficioso para "todos" a la globalización y sus diversas formas de gobierno global de las corporaciones. Lo que queda es sin duda el ejercicio de poder duro y blando, las guerras, los golpes suaves, las manipulaciones informativas, para mantener y darle oxígeno a este esquema de control que comienza a hacer agua por todos lados.

Los ricos pelean por su porción y los países se cierran en sí mismos

Sin duda uno de los resultados más visibles de esta dinámica es la emergencia de proyectos políticos dirigidos por figuras que al menos retóricamente van contra el sistema. De Trump a Marine Le Pen (Francia), los que capitalizan el descontento contra lo establecido lo hacen bajo propuestas nacionalistas.

Estas propuestas basan gran parte de su idea en asegurar que la huida de trabajos industriales hacia Asia y el ingreso de inmigrantes a la fuerza laboral de sus países, son parte del problema. Desde ahí enhebran su discurso para plantear los principales lemas de sus campañas: "Primero América" en el caso de Trump y "Primero Francia" en el caso de Le Pen.

Habría que aprovechar las oportunidades que abre este 2017

Sin embargo, gran parte de la fuente de poder de estos proyectos proviene de los ricos dañados por la globalización. Los que tienden a desaparecer con las áreas de libre comercio, sean estadounidenses, franceses o chinos. Y aprovechan con los Trump y Le Pen a posicionar su descontento con el orden actual.

Prácticamente los mismos que no están contentos con la dirección de sus países. Y apuestan como vía cerrarse en el mercado de sus países para cuidar la porción de renta global que supuestamente les corresponde. Una situación que no es lineal y revela uno de los tantos conflictos que existen dentro de los propios ricos globales sobre las decisiones a tomar para mantener su poder. Que bien viene a resaltar la debilidad para actuar eficientemente y bajo una misma estrategia contra las amenazas que se le presentan a su hegemonía. Desde su otrora colonia en Asia llamada Filipinas hasta su agitado fantasma ruso.

El progresismo latinoamericano lucha por reinventarse

Sin duda esta brecha abierta a nivel mundial por la que se cuela Trump es la misma que ha permitido la existencia de gobiernos progresistas en la región. Una situación revolucionaria que en América Latina explica tanto su avance antes de que la crisis se expandiera hacia el centro del mundo, como la posterior restauración conservadora a la que asiste gran parte del continente a modo de reacción de los sectores dominantes.

Ambos proyectos contrapuestos que no terminan de representar un rumbo claro que termine de mover el continente entero hacia algún lado. Uno, el progresismo, por el desgaste natural de quince años de gobierno y la falta de actualización de sus ideas. Y otro, el de la derecha, por estar en profunda crisis su sistema de ideas y relaciones con epicentro en Estados Unidos.

Así ni Mauricio Macri ni Michel Temer tienen una legitimidad sostenible en el tiempo sin destruir buena parte de su base de sustento: la clase media creada, paradójicamente, en los años de bonanza de Néstor Kirchner y Lula Da Silva. Ni los progresismos han salido de su traumático proceso de reinvención de ideas y esquemas de poder para volver al gobierno, tal como desde Misión Verdad se dijo después del golpe en Brasil. Por más que Lula y Cristina Kirchner tengan serias chances de capitalizar el descontento con Macri y Temer en sucesivas elecciones.

Justamente esta especie de empate catastrófico continental depende en gran medida de reinventar un futuro y un para qué colectivo cuando existe una oportunidad global para hacerlo. Eso que El Cayapo describe como un plan propio fuera del destino unidireccional que el continente ha tenido como una mina, en la que se extraen recursos naturales y venden espejos de colores. Que movilice y destrabe el no-lugar político en el que estamos como continente.

Una oportunidad que, paradójicamente, se da cuando la China comunista intenta sustituir a Estados Unidos como motor de una "globalización con inclusión", según su propaganda lo dicta. Y nos debe hacer reflexionar, más que de costumbre, en los posibles políticos para no solamente adaptarnos a lo existente, sino para fundarnos en nuestro propio destino común cuando hay posibilidades para hacerlo.

El mundo, por cierto, este 2017 también está lleno de oportunidades.

No estaría mal que las aprovecháramos desde acá.

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