Sí somos una amenaza

En la misma circunstancia otro gobierno ya hubiera caído. Macri, Santos, Peña Nieto, Rajoy, incluso Dilma, no hubieran podido con dos rounds de los que aquí explotan semana a semana. Dijeron que somos un pueblo estúpido, que sufríamos de una tara autoritarista en nuestro ADN histórico, todavía escriben que somos colonia de una pequeña isla del Caribe que hace lo que puede para sobrevivir. Hicieron imposible que el proyecto bolivariano creciera en paz: golpes suaves, guarimbas, sabotaje petrolero, infiltraron muchos de nuestros cuadros, inventaron en el país la guerra de quinta generación, por último tumbaron los precios del petróleo, acabaron con la moneda, y desaparecieron los alimentos.

Y nada que caen los chavistas

Lo insólito es que con amenaza de terrorismo yihadista, crisis económica mundial, y aires de guerra mundial hace unas semanas, en España, el Gobierno de Madrid homenajeó a un líder opositor -para ellos Preso Político- que cumple condena aquí en Venezuela por distintos delitos. En un evento cercano al ridículo empapelaron la fachada del gobierno regional de la capital española con retratos del citado derechista, grandes intelectuales dieron discursos, y una multitud de olvidados ex presidentes solicitaron a Nicolás Maduro que renunciara, o que la OEA -ya no recuerdo bien la petición absurda- invadiera Venezuela. Ni siquiera por su Rey, o alguno de sus célebres escritores lo habían hecho antes. Ni por la selección nacional que ganó el Mundial de Fútbol en Sudáfrica. La última la firmó el saliente presidente de gobierno que, olvidando la atronadora crisis de gobernabilidad que él encabeza, tronó por Twitter a favor de un adefesio de Ley de Amnistía impracticable en su propio país.

La pregunta que haría cualquier analista, más allá del masoquismo histórico de esta clase, es por qué les interesa tanto este paisito que, como ellos mismos dicen, está arruinado y aislado del resto del mundo. ¿De dónde viene la insistencia de poner por encima a Venezuela antes que la paz en Colombia, Donald Trump, las veleidades nucleares de Corea del Norte, la coleta de Pablo Iglesias, o la inevitable superioridad militar de Rusia en el planeta?

Mi amigo me dijo: nuestro objetivo es borrar de la faz de la Tierra ese error histórico que fue el chavismo

Otro analista, más agudo aún, contestaría con otra pregunta, esa que ellos se hacen en silencio, todas las noches, cuando revisan su cuenta de Twitter y notan con pánico que aún gobierna Venezuela un tipo salido del combativo sindicato del Metro de Caracas. ¿Por qué no podemos tumbarlos? ¿Qué hicimos mal para que estos niches todavía sigan gobernando el país de nuestros sueños?

¿O será de sus pesadillas?

Venezuela, para grandes sectores de la derecha internacional, se ha convertido en la última esperanza de la cada vez más lejana restauración. No sólo por los recursos naturales, materias primas y ventajas estratégicas que siempre salen al caso. Sino porque para ellos reconquistar Venezuela -de manos del chavismo- es revivir un mundo de ensueño y derroche donde el Poder se ejercía sin necesidad de argumentos, el mundo estaba explicado en los televisores, y las academias eran mausoleos de la contemplación. Si retoman Venezuela, los demás demonios caerán, según ellos, por añadidura.

Para todos esos señores reconquistar Venezuela no es una fantasía, es despertar de la más terribles de sus pesadillas. La pesadilla del chavismo. Me lo aclaró un amigo empresario y opositor. Un comerciante que paradójicamente hizo fortuna en los últimos diez años. Mi amigo me dijo: nuestro objetivo es borrar de la faz de la Tierra ese error histórico que fue el chavismo. No le contesté porque medité sobre la magnitud del terror que debe significar para su sistema de valores -o su inconsciente- la democracia protagónica, los simoncitos, la Ley de Hidrocarburos, o la sola idea de un grupo de señoras de un consejo comunal diciéndole que las cosas no son así.

Sí somos una amenaza y por eso ellos llevan rato jugando en serio contra nosotros. Incluso viniéndose abajo el propio sistema capitalista actual, ellos prosiguen con su plan. Capaz para tapar el otro desastre, el del mundo que ya no controlan. O tal vez porque somos su última carta marcada. Puede que Obama tenga razón, y nosotros aún no lo sepamos.

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