La victimización como error político en América Latina

Los hechos demuestran que esta conducta ante los golpes y la acción de la derecha no sirve ni para evitarlos, ni tampoco para entender por qué los "gobiernos progresistas" salen del poder.

Un error de fondo en la lectura de los últimos acontecimientos en América Latina y Venezuela: partir de que en política, como en la historia del poder y las clases en la región, todo se reduce a víctimas y victimarios, bajo el viejo y repetido mantra de los buenos y los malos, los Superman y los Lex Luthor.

Las víctimas, se nos dice entre líneas, son los pobres pueblos de América Latina, invadidos y saqueados por los españoles, y sus victimarios son los todopoderosos intermediarios y agentes, antes de los españoles e ingleses, y ahora de los estadounidenses.

Así, Dilma Rousseff es víctima de un golpe machista, patriarcal, financiero, petrolero, esclavista y evangélico, y por eso mismo los políticos corruptos, los poderes que los financian y los medios que detestan a la brasileña, deberían dejar de ser inmorales y permitir que continúe con su mandato para el que fue votada.

El problema de eduardogaleanizar el hecho político, como si fuese una maldición religiosa que nos cayese del cielo, es que reduce la realidad a lo que debería ser, y nace de una autocreída ingenuidad sobre unos últimos quince años en los que supuestamente en América Latina se establecieron una serie de países-potencia, modernos, con división de poderes y otras fantasías, en los que el que tiene poder no lo ejerce sobre el más débil y respeta las reglas de juego cuando le son desfavorables.

De vacíos y fondos

Este error, a veces emotivo, otras veces premeditado, como sucedió con la estrategia de defensa testimonial de Rousseff, no nos permite observar cuestiones de fondo sobre lo que sucede desde el año 2008 en una región que, aunque algunos hayan querido pensar que estaba en vías de ser potencia, continúa siendo una mina y, por ende, da muestras de atravesar rasgos políticos similares a su historia.

Una de esas cuestiones pasa por comprender por qué cayeron los gobiernos de Honduras, Paraguay, Argentina y Brasil. Variable que nos lleva de la caída de los ingresos en estos países por la crisis mundial hacia una imposibilidad de sostener posiciones de fuerza ante los embates de sus enemigos.

No podemos desubicarnos en el momento en el que estamos para operar en consecuencia

Otra es que si estas posiciones de fuerza se debilitaron, no lo hicieron sólo por consecuencia de la acción del enemigo, sino que también vale la pena recordar que países como Paraguay, Argentina y Brasil tuvieron gobiernos que poco a poco fueron mermando su base de apoyo, y encerrándose en sí mismos por la incapacidad de explicar y transmitir en el hecho político lo que estaba sucediendo.

Ciertamente no es lo mismo dar discursos épicos, basados en el bienestar como fin supremo, con el viento a favor de la economía global, que cuando el entorno se deteriora por condiciones externas (aun cuando se hacen cosas para disminuir sus efectos) y se pierde el manejo de los tiempos políticos y la administración del conflicto.

Varias razones más acompañan el análisis complejo de estas caídas, como el fin de los pactos de poder que sostenían estos gobiernos, sin embargo hay una realidad de fondo que se pierde de vista para comprender estas caídas y derrotas electorales: La cual es que en estos países se produjo un vacío político, y se logró alejar a estas fuerzas de su base de apoyo para que, cuando cayesen, no tuvieran capacidad de respuesta efectiva para evitar la pérdida del poder.

Los problemas de victimizarse

Así que victimizarse ante esta realidad es un arma de doble filo, porque parte de la idea de que existe una superioridad moral sobre el enemigo y unos derechos adquiridos que éste debe respetar, como si fuese que éste hubiese dejado de ser parte de la misma casta política y económica que históricamente ha gobernado la región a punta de golpes y zancadillas.

También nubla la perspectiva y pone a la víctima, por más que se sienta moralmente superior, en una condición de inferioridad y de inacción, proyectando una imagen de incapacidad y falta de fuerza para recomponerse e idear una estrategia de acción, más que el mero recibir ataques y "resistir con aguante" e indignación los pasos de un enemigo, que no tiene por qué tener clemencia cuando está a punto de disminuir un obstáculo a sus intereses, como la historia lo demuestra.

Y si no tiene por qué tener clemencia, menos podemos desubicarnos en el momento en el que estamos para operar en consecuencia, y menos podemos desconocer las razones de por qué el chavismo no ha caído, aun y con todo, en este ciclo político en el que la política estadounidense ha redibujado parcialmente la política regional.

Una de esas razones de peso ha sido y es el entendimiento de que regional y localmente estamos en una fase de recomposición de fuerzas y pactos de poder, y otra es la utilización de su fuerza, en acciones y movilizaciones, bajo una agenda estratégica apuntada a prevenir cualquier movimiento golpista e insurrecional, que después genere lamentos y victimizaciones.

Esta condición de fondo, la de no sentirse víctima, es quizás lo que hace al chavismo como fuerza preparada para el combate en los términos reales de poder, y lo que le puede permitir andar por sus propios caminos para renovarse, recomponerse y reconectarse con una población que, dicho sea de paso, no debe ser tratada sólo como víctima después de 17 años en los que Chávez, como expresión política, abrió las puertas, precisamente, para que dejara de pensarse como imposibilitada de tomar su propio rumbo.

 

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