Haciendo y aprendiendo

En ese terreno que algunos llaman "el legado" o los legados de procesos y personajes, hay aportes de efecto inmediato y otros de largo alcance. Políticas o medidas cuyos resultados se ven o se sienten en pocos meses, semanas, días y horas, y otros que deberán esperar años o décadas para convertirse en materia apta para ser evaluada. La inmensa mayoría de nosotros quisiera que todo lo que se ha hecho y dicho en estos años dé resultados YA: yo quiero ver construido el socialismo, destruida la empresa privada, presos o inexistentes a los corruptos e instalado y funcionando el control obrero en todas las industrias e instituciones. Cuando alguien viene y me explica que un aparato construido en miles de años de historia (explotación, corrupción, capitalismo) no se puede destruir y sustituir en dos décadas entonces yo a ese alguien lo crucifico: reformista de mierda, contrarrevolucionario contratado por la CIA para destruir la limpia y pulcra revolución que habita en el cerebro de taaanto revolucionario de verdad. Cerebro: órgano del cuerpo humano donde ocurren muchas cosas perfectas sin haber movido otros músculos de ese mismo cuerpo.

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Es muy temprano (y estamos muy adentro) en el terremoto histórico que nos ha tocado como para pretender que esto lo acepte mucha gente. Pero como de todos modos las vainas que uno dice les gustan o disgustan a nuestros compatriotas sin siquiera leerlo, entonces aquí va: el gran aporte de largo alcance de Nicolás Maduro a la construcción de una sociedad de productores, de gente menos dependiente del Estado y las corporaciones, ha sido la creación del ministerio para la Agricultura Urbana.

Nicolás ha logrado algo en lo que Chávez se quedó corto: instalar en el imaginario colectivo y convertir en tema de debate y discusión, y hasta de práctica física y real, "eso" que consiste en la siembra de especies alimenticias y en la cría de animales, de manera masiva y no en mataderos industriales y en grandes sembradíos, reino de la agroindustria. ¿Estoy diciendo que se resolvió el desabastecimiento con la creación de ese ministerio? No, mami, vuelve a leer este párrafo desde el principio: he dicho que la discusión está instalada en nuestro imaginario colectivo, y eso quiere decir que si 10 millones de personas adultas están discutiendo un tema (así sea para descalificarlo, en tono de burla o de satanización), y hay 10 millones de niños y adolescentes observando cómo lo hacemos, dentro de unos años entre esos niños habrá tal vez 1 millón de personas promoviendo, planificando o ejecutando esas cosas que nosotros apenas somos capaces de discutir.

No hemos logrado que todo el país, y ni siquiera que medio país, ni hemos logrado que todo el chavismo o medio chavismo, entienda y acepte que la tarea de producir alimentos (y viviendas y vestidos y calzados y métodos de formación de militantes) no le corresponde a un segmento de personas (el campesinado o los obreros o los intelectuales) sino a todo el pueblo. Pero andamos en algo: discutiendo si eso es pertinente, necesario o intrascendente, instalarlo como tema de discusión y análisis, y mientras discutimos y propagamos la discusión vienen unos centenares de ciudadanos y se interesan y empiezan a experimentar en sus comunidades, casas y apartamentos.

Los pueblos y los individuos aprendemos equivocándonos

Digamos que un millón de personas se entusiasmaron con la historia de los huertos caseros o familiares; seamos pesimistas y digamos que 100 mil de esas personas se lo tomaron en serio y comenzaron a producir y a poner a otros a producir. ¿Resolvieron los potes en el balcón el tema del hambre y la escasez? No: ese acto de sembrar en potes logró que un montón de gente que está muy pequeña o que no ha nacido todavía reciba (porque lo va a recibir, a modo de evocación, recuerdo familiar o propaganda, nuestra y del enemigo) aunque sea el murmullo de nuestra discusión y nuestra praxis actual. "Pobre güevón, mi abuelo: dizque sembrando unas macetas con lechugas en el balcón después de ser secuestrado por la ciudad", dirá en el año 2080 un vergajo mientras siembra en su parcela una buena cantidad de tubérculos y hortalizas, mientras a su lado el montón de vecinos estará haciendo lo mismo. Lo harán teniendo en cuenta esa otra aparente contradicción: promover el otro sistema pero acudiendo a la agroindustria para resolver la comida del día siguiente.

Ellos, allá en el futuro, razonarán igual que nosotros cuando pensamos en las aparentes contradicciones de generaciones anteriores: "La generación de la Independencia no pudo liquidar el sistema feudal-esclavista de un solo plumazo; tuvo que servirse de él para poder crear una República, así como mis abuelos utilizaron el capital como trampolín para crear una estructura antagónica". Nosotros, ahora, no logramos dar con esa bisagra porque la tenemos muy cerca. En unas décadas habrá una generación capaz de entendernos.

Pero igual se burlará de nosotros con razón ese hombre del futuro: le enternecerá hasta las lágrimas el recuerdo de aquella generación que no lograba responder a la pregunta primordial de los albores del otro país: "Ajá y ¿esos potes con esos cebollines te resolvieron cuántos almuerzos?". Se reirán de buena gana, pero seguramente hallarán elementos de comparación para dar con la respuesta: el Che no derrocó ninguna dictadura con sólo salir a pasear en una moto por América, Bolívar no fundó ninguna nación cuando salió a emborracharse por Europa con Simón Rodríguez; Martí no se convirtió en emblema del pueblo cubano por andar culeando con menores ni por andar soplándole el bistec a sus amigos presidentes (véase, googlee: María García Granados). No: la gente y los pueblos no aprenden a hacer la historia recluyéndose en las aulas cerradas de un solo modelo de aprendizaje, conducta y método educativo. Los pueblos y los individuos aprendemos equivocándonos, cometiendo estupideces que al final no resultan ser tales, y haciendo.

Sobre todo haciendo: echando a perder y acertando, pero fundamentalmente animándonos a hacer. Pero con las manos; no temas que por trabajar se te atrofie el sobrevalorado cerebro, pues resulta que ese bicho trabaja todo el tiempo y cuando trabajas con las manos lo hace con más creatividad y energía. Es mentira que sólo leyendo libros y oyendo música sublime se ponen a volar las ideas. Trabajar: aprender con todo el cuerpo.

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Estos días son de ataque rápido e instantáneo a lo que ya decidimos que nos cae mal o que no se amolda a nuestras ideas ya galvanizadas de lo que "deben ser" un país y una revolución. La gigantesca máquina de opinar a favor o en contra ha amanecido este año muy activa (síntoma de buenísima salud), y ya incluso en nuestras filas se desató el furor automático contra todo acto de Gobierno: a Lorena la maldigo porque no me regaló hallacas y además es socióloga, a Érika la crucifico porque no me llamó para decirle cómo es que se construye el Estado comunal, a Adán lo maldigo porque yo soy futurólogo y profetizo que lo hará muy mal en Cultura, al ministro de economía le auguro una pésima gestión porque 1) no lo conozco, 2) es gocho, 3) si le deseo buena suerte van a decir que soy un enchufado y que apoyo la corrupción y las matanzas y al arco minero y a los narcosobrinos y a los huecos en las calles y a Winston Vallenilla. Entonces mejor lo ataco: ¡PINGA!, debo encontrar la forma de salvar mi glorioso nombre de todo este huracán que todo lo salpica (pero no debe salpicarme a mí, que soy mejor y más pulcro que todos).

Meterle el pecho a esas balas que nos desaniman y nos hacen arrechar con nuestros camaradas es otra buena forma de aprender.

Las balas que matan vienen de allá, de la otra acera.

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