El niño sirio o el retrato del miserable sueño europeo

Es apenas una pequeña ironía que el llanto hipócrita de Europa entera esté concentrado en la desoladora foto del niño sirio ahogado, muerto, asesinado en el intento de huir con su familia a la vida, arrastrado luego cínicamente por las olas de una playa turca. Porque Turquía es hoy un burdel del cinismo.

Probablemente sea Siria el país donde esté retratada ahora mismo toda la miseria del humanismo, del humano, del grito poderoso del poderoso, de la libertad como argumento fundacional del mundo tal y como lo conocemos. No puede ser una anécdota de este tiempo la representación trágica, compleja y completa que bordea la foto del niño, pero lo terrible, lo realmente aterrorizante, es que lo es, ese niño es una anécdota.

Hay también niños en Yarmuk, en La Guajira, en Donetsk, en Gaza, en Juárez, en Río, como él, pero eso no importa, nada importa frente a la desgarradora indolencia que ha instituido el cinismo humanista con la vieja industria de la muerte. No existiría Europa hoy sin las pupilas dilatadas de la muerte, de la guerra, sin el oxígeno que le produjo arrasar Trípoli en el siglo XXI y América entera desde el siglo XV. No alcanzarían sus ríos jediondos para comparar la cantidad de litros de sangre derramada por nosotros, las víctimas de su nombre. Esa foto del niño sirio no sirve para nada, o mejor dicho, sí sirve, sirve para retratar que eso es lo que son ellos, esa foto es su más alto escalón moral, es su más exacta declaración de principios, es el oxígeno que inhalan los cientos de hijos de puta que ahora mismo contemplan la torre Eiffel con un sorbo de nuestro café en su maldita y pestilente boca.

No hay mar por bravo que esté, por hondo que sea, que no puedan tener; no hay rincón del planeta por inhóspito que sea, por alto que sea, que no puedan visitar; no hay comida en este mundo por rara que sea, por lejos que esté, que no puedan tragar. Esos carajos, los dueños del mundo, lo tienen todo, ocuparon todo, no queda ya piedra por comprar, por vender, por consumir. Todas las piedras del planeta les pertenecen, pero nada sacia un cerebro ocupado por la propiedad y el ego, porque es eso en su más pendejísima simpleza, es el ego la razón fundamental de su plan: ser dios después de haber matado a dios.

Ellos no son los malos, ni nosotros somos los buenos. No es con esa lógica binaria con la que atrofiaron nuestros cerebros que vamos a comprender este complicado momento. Porque en el fondo nosotros somos un poco ellos, somos también ego propio y ego de otro, somos propietarios sin propiedad, pero también somos propiedad de otro como nosotros, somos también patrones sin esclavos y esclavos de otro, que es también nosotros. Y en el fondo ellos son también nosotros, sin sus planes por acabarnos, imposible esta posibilidad de soñar ser otros, para otros tiempos, donde ni ellos ni nosotros seamos esta tragedia, donde seamos otra cosa, que no sabemos porque aún no hemos soñado. Estamos a un paso de ese atrevimiento, pero lo cierto es que aún no nos atrevemos. Ellos sí, ellos sí se están atreviendo y los sirios lo saben, los libios lo saben, los colombianos lo saben.

Lo otro es el ejercicio del hipócrita, la denuncia estéril, la indignación de embuste, cínica, la pose. Desde la comodidad intelectual no es legítimo ningún dolor, aunque se sienta, porque es un dolor comprado y vendido incluso antes de su existencia, interesado, condicionado por la maquinaria maldita de la información. El dolor mundial por la foto del niño nos lo vendieron desde Europa y Estados Unidos en 2011 cuando fecundaron al "Ejército Libre de Siria" en los ovarios de la opinión mundial, y recién ahora es que lo compramos indignados como fieles autómatas convencidos en creer en esto y en lo otro. Sabemos de la foto porque algún "profesional" se acercó a la playa y la hizo, la pensó, la tomó y la vendió, cobró por eso, la foto sola es apenas una pequeña tragedia, su alrededor es aún más miserable que ella misma. No puede doler sólo lo que se ve, porque nos estamos viendo sólo a nosotros mismos, es el miedo lo que disfrazamos de dolor, miedo a que seamos nosotros los de la foto, nuestra prole; en el fondo, muy en el fondo, ese carajito sirio no nos importa una mierda.

Somos el diseño filosófico de Europa, su sueño en la exactitud más brutal, su costumbre y pensamiento

Mala leche quien aún no lo comprenda o se resista a comprenderlo: nosotros somos una creación de Europa. Somos su diseño filosófico, somos su sueño en la exactitud más brutal, somos su costumbre y pensamiento. Su libertad, su igualdad y su fraternidad. Cuando Pérez Venta descuartizaba en su propia casa a la señora Hergueta estaba ejerciendo su derecho a la sacrosanta libertad, estaba siendo nada más que Europa. Es mentira que somos los gringos, esos güevones nunca han producido pensamiento, es mentira que inventaron y perfeccionaron la guerra, son apenas la mano de obra barata para la guerra de otra gente que sí pensó. Porque la historia no es esa pendejada joliwudezca que nos cuentan. No hay un inicio, un desarrollo y un final. La historia no es por pedazos, ni es una línea. Casi nadie en el planeta se dolerá por Palmira ni por los sepultados de La Escombrera, pero ahí está también la historia, la mismita historia de Europa en el siglo que quieras: la ocupación, la explotación y la muerte.

¿Y por qué coño seguimos anhelando entonces las calles de París y sus malditos museos? ¿Por qué es que nos queremos ir? Ahí es donde están los callos de nuestros abuelos. Europa es construcción nuestra porque se hizo de nuestra tragedia, con nuestras manos y sangre. Pero se hizo también con la idea de ellos, con el pensamiento de ellos, con su diseño político para un planeta entero. Y nosotros hoy nos seguimos preocupando por un cabecegüevo pote de champú. ¿Y dónde está nuestro sueño? ¿Cuál es nuestro diseño político para el planeta entero? ¿Dónde está el pensamiento que ha de sacar a los nietos de este desastre? ¿Dónde es que termina la lloradera existencialista de la insatisfacción?

Yo sé que es jodido enterarse que nunca hemos tenido un país desde el nosotros, pero más jodido es no enterarse, o enterarse y traicionar la posibilidad de parar la tragedia. Ramón Mendoza lo dice mejor: "el soñador no abandona su sueño para acompañar otros sueños, de ser así lo abandonado estaba en sí mismo, y quien se suponía soñador no era tal, porque nadie puede traicionar a sus sueños sin traicionarse a sí mismo".

No me hable de juntura si su práctica es dividir.

El peligro más paralizante está en buscar ser algo que no somos, ese niño se fue a Europa obligado, apartado a bombazos de su raíz. Yo no sé cuáles eran sus ambiciones ni las de su familia, pero la realidad indica que el 1% está decidido a borrar del mapa todo lo que represente una posibilidad de ser auténticos, de ser gente, de sentir el rugir del Apure inmortal sin ambicionarlo, o de tirar un anzuelo por horas enteras en las playas de Latakia, le temen a nuestra terca decisión de enraizarnos culturalmente lejos de ellos. Lejos de su lógica productiva y moderna.

La guerra de esos tipos nos apunta al cerebro, no porque sea más certero el tiro ahí, sino porque en el cerebro está la posibilidad única del pensamiento que los niega, que nos niega como individuos. Está la posibilidad de la creación, de la construcción íntima del ser colectivo desde la más profunda reflexión individual.

Pero hay otros tipos y otros niños que rompieron con el cinismo. El esfuerzo está en ser un poco más ellos, ser un poco más nosotros y sublimarnos en la horda, y perdernos en el tumulto sin la posibilidad de la traición.

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