Aylan Kurdi, días después

"Lo que no se siente, no se piensa de verdad y tampoco se percibirá de verdad, verdad. Tenemos que sentir al maldito capitalismo cómo nos aguijonea los músculos, el alma. Si no se siente, no se piensa de verdad y si no se piensa, la nada es lo que nos espera".

Hugo Chávez

No vamos a hablar de cómo la industria de la información lo usó para hacer dinero, ni hablar de lo repetido hasta el hartazgo de que Siria es un país en guerra por los mismos que hoy hipócritamente hablan de refugiados sirios, por izquierda y por derecha, y ayer se referían a la "primavera siria". Ahí tienen su primavera, esparcida en la arena, por si preguntan dónde está.

De los miserables sueños europeos también han hablado claro por acá, por lo que de eso tampoco vamos hablar, y ni qué decir de los que lavan las culpas ajenas y propias con capturas de pantalla, por lo que el festival de hipocresía no nos convoca y no nos sensibiliza, como tampoco a los traficantes de armas ni los industriales de la guerra.

Porque, ¿acaso el niño sirio representa una dimensión desconocida distinta al que se acerca hoy en Buenos Aires, Brasilia, Bogotá y otras ciudades latinoamericanas a pedirnos un pedazo de pan, a vendernos su infancia por un caramelo?

No lo es y lo sabemos, pero nos importa, ahora, de repente, de dónde vino Aylan Kurdi y por qué lo hizo.  

Un niño en el medio de la guerra, pero ¿de cuál?

Fuera de la hipocresía general hecha meme, ese niño salió de uno de esos tres últimos grandes conflictos mundiales (Libia, Siria y Ucrania), llevados a cabo en posiciones geoestratégicas y ricas en recursos naturales. Hoy estos conflictos se han ido y están esparciendo desde el norte y centro de África, pasando por el mundo árabe con amenaza de saltar hacia el Mar Caspio y parte de Asia, precisamente a las puertas de China, hasta el mar Báltico, mar Negro, el Ártico, en lo que el presidente de Stratfor (el think thank de la CIA) ha denominado como "la nueva cortina de hierro" para contener a Eurasia (es decir: la posible sinergia ruso-alemana, y por ende China).

El niño sirio es una de las tantas postales de esta guerra crónica, de décadas por venir, que paradójicamente no se nos totaliza por ningún lado, porque evidentemente de eso sí es que no podemos hablar, ya que si lo sintiésemos entenderíamos mejor la entrada a la guerra posmoderna en centroamerica (con epicentro en El Salvador, Nicaragua), el Caribe (con Cuba como centro), Sudamérica (con Argentina, Brasil, Ecuador y Venezuela como escenarios principales), y cómo en esa funcionalidad se usan todas nuestras contradicciones y puntos débiles para el avance de tal o cual eje histórico mundial.

Es que si sólo analizamos el "Libro Blanco del Comando de Movilida Aérea" estadounidense que Hugo Chávez presentó en 2008 en la Cumbre de Unasur de Bariloche durante la crisis de las bases en Colombia, vemos en toda su dimensión cómo aquello que se definía como el "arco de la inestabilidad" iba de Colombia, Venezuela, hasta Libia, Yemen (hoy en guerra), Pakistán y parte de Asia.

La supuesta mayor ola de refugiados del siglo XXI se da en la franja proyectada por el Pentágono

Hoy, en esa franja donde el Pentágono preveía que se iban a dar escenarios de alta conflictividad, mágicamente se origina la supuesta mayor ola de refugiados del siglo XXI, con postales de niños muertos incluidas, porque también hay que tener fotos que sean simbólicas para, primero, el mensaje mafioso puertas afuera, y después comercializarlas como la captura del año por la ONG del mismo que inició la guerra.     

La guerra también es psicohistórica, como dice Andréi Fursov, y la foto del niño, lamentablemente, ya es parte de ella, como se ve en su utilización por parte del liderazgo de Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos para reeditar el "Bashar Al Assad es malo, malo, debe irse" para reinyectar de bombas y "rebeldes moderados" a Siria bajo el pretexto de luchar contra el Estado Islámico.  

 

La semántica de la competencia 

Sólo en las palabras registradas en la propaganda occidental imperan los metamensajes bélicos de "guerra de divisas", "financiera", "del agua", "de poder", disfrazadas de "revoluciones de colores", "primaveras", y claro, la reciente "invasión de inmigrantes". Algo nos dice Globalistán si a nuestro alrededor el collage de palabras es éste y paralelamente se da la conformación de dos plataformas económicas y tecnológicas opuestas y en competencia entre el mundo alternativo (Brics, Unión Euroasiática, Unasur, entre otros) y Occidente con su Tratado de Libre Comercio Transatlántico y Transpacífico.

Y cuando llegamos a largos conflictos interminables que se esparcen como manchas, no es sólo porque los capitales transnacionales y financieros se cierran en sus áreas de influencia, sino que luchan por las posiciones geoestratégicas que le permitan ser fuertes en el mercado global. Esto es lo que da inicio a esta nueva gran disputa, donde, paradójicamente, a la crisis de sobreproducción, habitual en la crisis cíclicas del capitalismo, se le suma el hecho de que no existen más mercados que ampliar cuando la tasa de ganancia se reduce, y costos y consumidores merman por la necesidad de que ingrese la tecnología para intentar ir hacia un nuevo ciclo de crecimiento, según el economista ruso Mikhail Khazin.

Siguiendo su teoría de la crisis, Khazin sostiene que: "La conclusión es que el número de personas ricas se reducirá drásticamente. Según mis cálculos, basados en consideraciones estructurales, aproximadamente se reducirá por 10. Y esta gente va a morder para conservar sus privilegios y el estatus, incluso quitando los últimos restos a los que todavía constan como la clase 'media'. Alimentando además de una manera terrible la tensión social y política. Esto se dará en todo el mundo, pero golpeará con especial dureza el mundo occidental, que no está acostumbrado a una seria reducción de la economía. Las generaciones presentes simplemente no recuerdan nada similar".

Y es precisamente al mundo desarrollado, a la Unión Europea, que va esta ola de refugiados a recargar aún más estos Estados del continente en términos de seguridad (porque los "terroristas" que armaron también escapan de Siria), servicios sociales y económicos, por lo que a la desintegración en desarrollo-cortesía del austericidio-, se le suma un ingrediente que vuelve a la región más débil y más proclive a ser sumisa y manejable cuando el armado de la plataforma económica occidental necesita urgentemente acelerar los tiempos. 

Siga el hilo y los conmovedores memes

Extrañamente, el niño es una postal de una costa, que es de Turquía, la misma por donde entran y salen armas y yihadistas a Siria, y cuatro años después, refugiados, e iba con su familia a Europa, la misma que también inició la guerra en los mismos territorios hoy controlados (y asediados) por los "rebeldes moderados" de donde el niño salió con sus padres, por lo que el relato estremecedor, hoy lastimosamente normalizado, pudo centrarse en el dolor de la imagen y obviar cómo los industriales de la guerra se aprovecharon de hacer dinero con el conflicto sirio, cuando las economías de sus países están en crisis y unos millones siempre son bienvenidos.

800 mil son los inmigrantes que esperan los alemanes para insertarlos en sus industrias

Lo paradójico, que más allá de lo "llamativo" de que los refugiados sobrecarguen recursos de Estados en disputa con Rusia y China (Hungría, Grecia, Macedonia y Serbia) y lo hagan por un corredor controlado por la Otan, es que la foto del niño sirio tiene también un "inesperado" lobby: el del presidente de la Federación de Industrias de Alemania, Ulrich Grillo, quien afirmó: "Si llegamos a integrarlos rápidamente al mercado de trabajo, ayudaremos a los refugiados, y nos ayudaremos a nosotros mismos". Así que luego de repartir los refugiados que le tocan a cada país de la Unión Europea, vienen las cuentas en las calculadoras y 800 mil son los inmigrantes que esperan los industriales alemanes en una economía que para 2020 y 2040 tendrá entre 1,8 y 3,4 millones de desempleados, sin contar los empleos basura, y el pagar por todo sus derechos.  

Imagínese usted, entonces, cómo de rebote los cultivadores de las "crisis siempre generan oportunidades", que son los mismos de siempre, hacen una guerra, le dan martillazos a Estados soberanos, se apropian indirecta o directamente de sus recursos y ahora vuelven "refugiados" e "inmigrantes" en mano de obra barata para competir con China, bajo el nombre artístico del niño sirio ahogado en Turquía.    

Y todo tiene su lógica. No es que sean maquiavélicos, sino que, descaradamente, lo están haciendo a plena luz del día y con la naturalidad de alguien que convierte lo "inmoral" en normal y hasta lo presenta como la única salvación de los hombres, mujeres y condenados en vida en un conflicto en el que "lastimosamente no pudimos intervenir por culpa de China y Rusia para proteger a los indefensos perseguidos por Bashar Al Assad". 

Es más, entre tanto discurso de xenofobia solapada en la Unión Europea, el favor es de los europeos hacia los refugiados, y de nada por ser parte de la futura maquila europea, dicen los carteles de bienvenida entre tanto aplauso biempensante y división de la cantidad de "nuevos esclavos", como si estuviesen en una feria de mercaderes. 

Ahora, ¿es la foto de Aylan Kurdi una postal del hoy? ¿Una canibalización frecuente del pobre para que sea historia vendible? ¿Un fenómeno del panóptico global? ¿De la propaganda del estremecimiento? ¿O la muestra de que las fotos no tienen lugar para dueños ni esclavistas con traje?

Lo cierto es que la nada nos espera y viene con prisa. 

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