La más dura de las elecciones

Comienza otro período electoral. En todo este tiempo y buena parte del anterior hemos abordado estos eventos como la gran fiesta de las democracias; contentos vamos a las batallas y contentos salimos de ellas (aunque, después de los resultados, siempre "unos van alegres y otros van llorando"). Pero para esta elección del 15 de octubre estamos en la obligación de dosificar la alegría y el espíritu festivo y reservar un espacio para la rabia militante y para la máxima alerta. Cuando el enemigo está hablando de matar y ha demostrado que es capaz de hacerlo, la rabia de nosotros es necesaria y emancipadora.

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En estos comicios regionales está en juego algo más que un puñado de gobernaciones. Decíamos antes que el fascismo tiene entre sus proyectos más importantes, no el gobernar en las entidades donde logre vencer con votos, sino utilizar esas instancias como catapulta y medio de financiamiento de la conspiración de ahora y de siempre. Es preciso agregar: cada gobernación en manos del fascismo es una pista de aterrizaje para los factores transnacionales activados contra Venezuela. ¿Recuerdan la tesis de la "media luna", aquel esquema consistente en apropiarse de toda la frontera con Colombia para servirle de área de penetración al uribismo y su cultura del crimen? No sólo sigue vigente sino que se ha repotenciado en el "chiste" que soltó Manuel Rosales en su momento: "No queremos la media luna, queremos la luna entera".

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El contexto en que arranca la campaña rumbo al 15-O no puede ser más fúnebre. El enfermo que controla o dice controlar el mayor arsenal nuclear del mundo ha amenazado directamente a la Venezuela chavista, y esto puede significar que una victoria aplastante de nuestra parte puede desbocar con más urgencia la furia belicista, o que, evaluadas las proyecciones y tendencias, no nos dejen celebrar los comicios. De atentados criminales, magnicidios y catástrofes guerreristas está llena la historia de los procesos no gratos a EEUU que fueron abortados por las malas. Tal vez nos castiguen por ganar o tal vez no nos dejen celebrar esas elecciones donde venceremos. ¿Paranoia apocalíptica? Tal vez; pero esta actitud es preferible al embeleso gafo y triunfalista consistente en creer que el pueblo de Venezuela se va a declarar mayoritariamente chavista y entonces EEUU y sus colonias nos van a dejar en paz. La invitación es al susto y al dormir con un ojo abierto, y no a la parranda celebratoria de presuntas victorias que no hemos trabajado lo suficiente.

El lema para esta batalla que comienza: ni una gobernación para el fascismo

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El otro contexto, el interno, va varios pasos adelante en materia de comienzo y desarrollo de la guerra. Los alimentos esenciales o declarados esenciales en nuestra dieta están subiendo de precio una o dos veces por semana. El azúcar rebasó la barrera de los 20 mil bolívares por kilo, y al paso que vamos esta declaración sonará ridícula y chistosa dentro de unos pocos meses. Hemos leído análisis nuestros, de hace un año y medio, en los que hablábamos en términos de escándalo de que el precio de las caraotas hubieran superado los mil bolívares por kilo. Hoy ya cuestan 8 mil. Muy aparte y fuera de lugar queda aquí la lectura de lo innecesario que es el consumo de azúcar; a muy poca gente le interesa saber, a estas alturas, que el azúcar refinada es la droga más exitosa de la humanidad, y que esa droga ha matado más gente que todas las guerras y accidentes vehiculares en el planeta.

La gente cree que el azúcar, la harina precocida, las pastas y el arroz son elementos necesarios e insustituibles para poder vivir, y con esa convicción atornillada en el cerebro de las mayorías debemos lidiar. Para después quedará el proceso de formación e información concienzuda que debimos masificar hace años. Para después habrá que dejar también el acto de convencer a millones de personas de que la única forma de llenar de comida nuestras casas es produciéndola como pueblo, en comunidades, familias; en terrenos ociosos, en lugares de trabajo y de estudio. Lo importante deberá hacerle otra vez concesiones a lo urgente, y lo urgente es comprender que la campaña electoral nos agarra en plena arremetida de las mafias comerciales, que no se cansarán de subir los precios mientras nuestra gente no se harte de comprarlas al precio que sea.

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He leído y oído conclusiones como esta: "La Asamblea Nacional Constituyente (ANC) debe ponerse los pantalones, encarcelar a los especuladores y prohibir el aumento de precios". Esa visión mágica, que parte de la creencia de que todos los problemas se solucionan con testículos y policía (así nos enseñaron a pensar: la capacidad para resolver se encuentra en los testículos, y el que no resuelve algo no es ineficaz sino cobarde y poco hombre) se salta olímpicamente el hecho de que no hay ANC capaz de parar el precio de un producto si NOSOTROS no nos ponemos a producir masivamente ese maldito producto. Otra discusión que hemos ensayado en pequeñísimas instancias y que hemos sido ineficaces a la hora de difundirla y convertirla en combustible para la acción. Mientras rumiamos esa amargura y ese despecho volvemos a la idea central: las cosas que no logramos y que seguiremos pendientes de lograr no deben detenernos en la tarea de pasado mañana, que es evitar que el fascismo se apodere de instancias y territorios. El lema para esta batalla que comienza debería ser: ni una gobernación para el fascismo.

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