Jue. 06 Octubre 2022 Actualizado 6:44 pm

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Esta batalla sólo pueden ganarla quienes estén dispuestos a reinventarse primero a sí mismos (Foto: Jonathan McHugh)

Un nuevo orden global

Mientras la guerra hace estragos en Europa, surgen inevitablemente preguntas sobre el futuro del orden mundial. ¿Qué tipo de acuerdo surgirá del conflicto en Ucrania? Aunque es demasiado pronto para saberlo, cualquier compromiso serio con esta cuestión tendrá que resolver primero un rompecabezas más general conocido por los politólogos como el "problema del orden". ¿Cómo pueden los Estados que compiten entre sí crear un sistema internacional estable y mantenerlo en el tiempo? Hoy en día esto ya no es sólo una cuestión académica. Diferentes respuestas ya están contribuyendo a orientar la política exterior en todo el mundo. Por tanto, las ideas que salgan victoriosas de la crisis actual desempeñarán un papel vital en la configuración del mundo del mañana.

El pensamiento dominante en las relaciones internacionales (RI) se ha centrado durante mucho tiempo en dos escuelas de pensamiento diferentes. La primera, el neorrealismo, sostiene que el orden mundial surge orgánicamente de la búsqueda racional del interés propio por parte de los Estados más poderosos del sistema internacional. La estabilidad proviene de la preservación de un equilibrio global de poder y del respeto de los Estados a sus respectivas esferas de influencia. El politólogo John Mearsheimer, uno de los principales estudiosos de esta tradición, lleva mucho tiempo advirtiendo, desde una perspectiva realista, que los intentos de Estados Unidos de acercar a Ucrania a la OTAN corren el riesgo de coartar los intereses de seguridad de Rusia y están destinados a provocarle una guerra.

La otra escuela de pensamiento, el institucionalismo neoliberal, sostiene igualmente que los órdenes mundiales surgen de la búsqueda racional del interés propio por parte de los Estados poderosos. Pero en lugar del poder coercitivo en bruto, hace hincapié en el papel de la cooperación internacional en el establecimiento de un conjunto compartido de normas, reglas e instituciones, que luego crean un patrón de comportamiento predecible en las interacciones entre los Estados.

Desde este punto de vista, los órdenes mundiales se mantienen unidos gracias a unas normas sólidas respaldadas por un hegemón global. Un sistema estable puede empezar a deshacerse cuando estas normas dejan de aplicarse o cumplirse adecuadamente. Es esta perspectiva la que sustenta gran parte del pensamiento de la política exterior demócrata y la que guía a la administración Biden en su respuesta a la guerra de Ucrania.

Los dos marcos teóricos pueden decirnos algunas cosas útiles sobre la crisis de Ucrania. El neorrealismo puede ayudar a explicar el juego de poder de Vladimir Putin sin recurrir a la psicología popular ("ha perdido la cabeza") o al esencialismo cultural ("sólo actúa como un zar ávido de poder").

Una evaluación realista del cambiante entorno de seguridad de Rusia puede ayudarnos a ver que, detrás de toda la propaganda pseudohistórica y la retórica chovinista, las agresivas maniobras de Putin en Ucrania están motivadas, al menos en parte, por la prolongada indiferencia de Estados Unidos hacia las preocupaciones rusas en materia de seguridad sobre el expansionismo de la OTAN en sus fronteras. Esto no justifica las acciones de Putin, pero puede ayudar a comprender la dinámica geopolítica en juego.

Al mismo tiempo, el neorrealismo es menos útil para explicar la respuesta sorprendentemente enérgica de Joe Biden a la invasión de Putin. En los últimos cuatro meses, Estados Unidos y sus aliados han desatado sanciones económicas sin precedentes contra Rusia, han suministrado importantes cantidades de ayuda militar y financiera a Ucrania, e incluso han compartido información de inteligencia en tiempo real que ha permitido a los ucranianos matar a varios generales rusos y hundir el buque insignia ruso en el Mar Negro.

Estas acciones han llevado a la OTAN al borde de la implicación directa en la guerra. ¿Por qué la Casa Blanca se arriesgaría a una escalada militar con una superpotencia nuclear para defender a un país que no es miembro de la OTAN, ni es importante para el equilibrio de poder mundial o los intereses de seguridad nacional de Estados Unidos?

La respuesta estadounidense tiene poco sentido a la luz de la teoría neorrealista. Sólo puede explicarse a través de la perspectiva institucionalista neoliberal que prevalece en los círculos de la política exterior demócrata, donde la última invasión de Putin en Ucrania se considera un desafío directo al "orden internacional basado en reglas" y a la primacía estadounidense en los asuntos de seguridad europeos. Armar a la resistencia ucraniana se convierte entonces en mucho más que defender el territorio ucraniano: se trata ahora de preservar los fundamentos del orden mundial liderado por Estados Unidos.

En pocas palabras, el gobierno de Estados Unidos pretende dar un ejemplo a Putin: el objetivo, según Lloyd Austin, secretario de Defensa de Estados Unidos, es "debilitar a Rusia" hasta el punto de que ya no pueda romper las reglas. "Cuando los dictadores no pagan un precio por su agresión", dijo Biden, "provocan más caos".

Desde la perspectiva neoliberal, pues, Putin está librando la guerra de ayer: como gobernante autocrático de un Estado en declive, está escenificando una última y desesperada resistencia para restaurar el orden regional del pasado, invocando una época pasada en la que Rusia todavía era considerada una Gran Potencia y su esfera de influencia regional era respetada en consecuencia.

Biden, por su parte, parece decidido a convertir la resistencia ucraniana en un arma no sólo para debilitar a Putin, sino también para reforzar sus propias defensas contra los desafiantes no liberales tanto en casa como en el extranjero. Su objetivo final no es dar forma al futuro, sino preservar el presente. Como ha dicho el teórico político estadounidense Francis Fukuyama, "una derrota rusa hará posible un ‘nuevo nacimiento de la libertad’ y nos sacará de nuestra depresión sobre el estado decadente de la democracia mundial. El espíritu de 1989 seguirá vivo, gracias a un puñado de valientes ucranianos".

El problema, sin embargo, es que ninguna de las dos teorías dominantes puede decirnos mucho sobre la forma del futuro orden mundial después de la crisis. Esto se debe, en parte, a que ambos enfoques surgieron de una época anterior en la que Estados Unidos seguía en ascenso. Tanto el neorrealismo como el institucionalismo neoliberal son marcos del siglo XX para un mundo del siglo XX: estaban destinados a proporcionar una columna vertebral intelectual para la política exterior estadounidense en una época de predominio de Estados Unidos en los asuntos internacionales.


Alcanzando su madurez durante las décadas de la posguerra, el pensamiento realista se desarrolló específicamente para dar cuenta del comportamiento de las grandes potencias como Estados Unidos y la Unión Soviética en un contexto de intensa rivalidad geopolítica, mientras que el institucionalismo neoliberal tuvo su apogeo en la década de 1990 tras el triunfo de Estados Unidos en la Guerra Fría. En aquel momento, ninguna de las dos escuelas de pensamiento prestó mucha atención al terreno económico en el que estos actores estatales privilegiados se ven obligados a operar.

Sin embargo, es precisamente ahí donde radican las deficiencias de la doctrina tradicional de las relaciones internacionales. Los dos enfoques dominantes en este campo adolecen de lo que los críticos llaman una "ontología estatista": una visión del mundo reduccionista que sostiene que los Estados son los únicos actores significativos en los asuntos internacionales. En realidad, los órdenes mundiales están estrechamente entrelazados con las economías mundiales. Por ello, los estudiosos del campo adyacente de la economía política internacional subrayan la importancia de las transformaciones del capitalismo mundial como verdadero origen de los cambios en el equilibrio de poder internacional.

Los pensadores de los sistemas mundiales, como el economista italiano Giovanni Arrighi y el historiador económico estadounidense Immanuel Wallerstein, han demostrado que los nuevos órdenes mundiales sólo surgen en el marco de expansiones económicas sostenidas, antes de naufragar en las rocas de las crisis mundiales que definen una época. Los actores más poderosos en estos ciclos recurrentes de orden y desorden fueron invariablemente aquellos capaces de controlar la infraestructura subyacente de la economía mundial capitalista.

Al igual que la Pax Britannica del "largo siglo XIX" habría sido impensable sin las minas de carbón, los barcos de vapor, los ferrocarriles, los canales, las líneas telegráficas y las fábricas de Gran Bretaña, la Pax Americana del "largo siglo XX" es inseparable de las plataformas petrolíferas, las líneas eléctricas, las carreteras, los aeropuertos, las bases militares, las terminales de contenedores, las torres de telecomunicaciones, los satélites, los cables de fibra óptica y las granjas de servidores estadounidenses. Por no hablar de la compleja infraestructura financiera que sustenta el sistema financiero mundial y la supremacía del dólar que aún rige gran parte del comercio internacional.

La cuestión es si los fundamentos económicos de ese sistema mundial centrado en Estados Unidos siguen ofreciendo una base sólida para la estabilidad a largo plazo en los asuntos internacionales. ¿Puede la infraestructura del siglo americano, que se está desmoronando, seguir garantizando la supervivencia del "orden internacional basado en reglas" que se apoya en ella? ¿Podrá esta infraestructura ser sostenible a la luz de los choques financieros, las turbulencias económicas y las catástrofes naturales que no harán más que intensificarse a medida que avance el siglo XXI?

Todas estas preguntas van mucho más allá del conflicto de Ucrania. La batalla por el futuro del orden mundial es segura, pero se ganará y perderá en otro escenario. Si nos centramos en la batalla por el Dombás, corremos el riesgo de perder de vista los cambios que se están produciendo en la economía mundial.

Aunque Ucrania gane la guerra y Rusia se vea gravemente debilitada en el proceso, Estados Unidos sigue quedándose atrás en el frente más importante del siglo XXI: la carrera por establecer la infraestructura material para una nueva economía mundial basada en el transporte electrificado y la tecnología de energías limpias. Mientras que el Congreso estadounidense no tiene dificultades para aprobar un proyecto de ley de apoyo a Ucrania por valor de 40 mil millones de dólares, la reducida Ley Build Back Better de Biden, que incluye disposiciones cruciales para la transición energética limpia, sigue estancada en el Senado.

Incluso el proyecto de ley bipartidista de infraestructuras de 1,2 billones de dólares aprobado por el Congreso en 2021 se repartirá a lo largo de ocho años y se centra principalmente en la mejora de las carreteras, los puentes y las redes eléctricas existentes, reservando solo sumas ínfimas para el gasto transformador en transporte público o en estaciones de recarga de vehículos eléctricos (VE). Ahora, con los candidatos republicanos subiendo en las encuestas de cara a las elecciones intermedias de noviembre, la perspectiva de un gasto público visionario es aún más improbable.

Compárese con la visión a largo plazo del desarrollo de infraestructuras que se está probando en Pekín. Sólo este año, el gobierno chino ha comprometido 2,3 billones de dólares en nuevos proyectos de infraestructuras: 15 veces más sobre una base anual que la tan cacareada legislación equivalente en Estados Unidos. Aunque esta cantidad sigue incluyendo mucho gasto en proyectos tradicionales de hormigón y combustibles fósiles, también refleja un esfuerzo deliberado dirigido por el Estado para transformar la segunda economía del mundo en un centro mundial de transporte y una potencia de energía limpia.


Hace veinte años, China no tenía ferrocarriles de alta velocidad; hoy, su red representa dos tercios de la longitud total de las vías del mundo, conecta casi todas las grandes ciudades chinas y transporta a más de 2 mil 200 millones de personas al año, eliminando en gran medida la necesidad de vuelos nacionales de corta distancia. El país también es líder mundial en capacidad de energía solar y el año pasado instaló más turbinas eólicas en alta mar que cualquier otro país en los cinco anteriores. Produce más de la mitad de los vehículos eléctricos del mundo y el 70% de sus baterías, al tiempo que domina la cadena de suministro mundial de metales preciosos y minerales de tierras raras que se utilizan en las tecnologías de energía limpia.

China ha invertido cientos de miles de millones de dólares en su emblemática Iniciativa del Cinturón y la Ruta, probablemente el mayor proyecto de infraestructuras de la historia del mundo, y pretende establecer un mayor control chino sobre los cuellos de botella a lo largo de las rutas comerciales marítimas del Mar de China Meridional, el Océano Índico, el Mar Rojo, el Canal de Suez y el Mediterráneo Oriental. Ha creado el Fondo de la Ruta de la Seda y el Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras para financiar estos proyectos. En cambio, Estados Unidos no se ha comprometido a invertir en ningún nuevo proyecto de infraestructuras en el extranjero.

A la hora de considerar los cambios subyacentes en el equilibrio de poder mundial, tendremos que desplazar la narrativa de Europa y examinar los cambios transformadores que se están produciendo en el sistema mundial en su conjunto. El mundo del mañana no se conquistará por la fuerza en el Dombás, por la realpolitik de los tanques rusos, ni se decidirá en Nueva York por las deliberaciones multilaterales del Consejo de Seguridad de la ONU. Ni el poder coercitivo del neorrealismo ni la cooperación basada en reglas del institucionalismo neoliberal tienen la capacidad de crear un nuevo orden mundial ex novo. Más bien, a la luz de los desafíos planteados por la crisis climática y la realidad geopolítica emergente de la multipolaridad, el futuro pertenece a quienes logren establecer la infraestructura material para una economía mundial sostenible impulsada por energías limpias y diseñada para la prosperidad compartida.

Esa batalla no la pueden ganar quienes añoran el pasado ni quienes se conforman con preservar el presente. Sólo pueden ganarla quienes estén dispuestos a reinventarse primero a sí mismos, antes de lanzarse a rehacer el mundo a su imagen y semejanza.


Jerome Roos es profesor de economía política en la Escuela de Economía de Londres y autor de Why Not Default?, publicado en 2019, sobre cómo los grandes acreedores occidentales lograron endeudar a muchos de los países que atreviesan serios problemas en ese renglón. Actualmente escribe una historia sobre las crisis globales.

Este artículo fue publicado originalmente en inglés en The New Statesman el 29 de junio de 2022, la traducción para Misión Verdad fue realizada por Ernesto Cazal.

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