Mar. 29 Noviembre 2022 Actualizado 11:17 am

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La abuela de Hugo Chávez fue muy importante para su formación como persona y como revolucionario (Foto: Oliver Strewe / Getty Images)

"La abuelidad": un dato biológico y político

Mi abuela contaba que en las épocas de lluvia en las profundidades del Bajo Delta el barro les llegaba a las pantorrillas, las épocas de sol eran algo más amables y el barro mermaba un poco pero seguía cubriéndole los pies. Así se acostumbró a caminar descalza, siempre se quejaba de la incomodidad de los zapatos cuando en los años finales de su vida le tocó usarlos y, frecuentemente, me convidaba a despojarme de los míos para pisar la tierra.

Con la tierra, específicamente, había una conexión casi mágica e inexplicable que nunca logré descifrar: abuela solía arrodillarse y pegar el oído a la tierra para saber qué tan fuerte llovería y si algún temblor se aproximaba, así nos advertía y podía resguardarnos.

Abuela no sabía su fecha de nacimiento ni su edad, así que cualquiera de esos datos que creíamos tener sobre ella eran puras aproximaciones. Pero los rasgos que más reafirmaban su procedencia eran ciertas características inconfundibles de su personalidad: una fortaleza física inquebrantable, la firmeza de sus palabras en cada orden y una sinceridad que jamás necesitó filtros.

Recientemente leí una investigación científica donde se expone el papel fundamental de las abuelas para la evolución de nuestra especie. Ahí encontré información sobre la "hipótesis de la abuela"; esta se desarrolló a partir de la observación de las mujeres mayores de la tribu Hadza, en el norte de Tanzania, y de ahí se desprende un dato que relaciona la generosidad con la longevidad de las especies; la capacidad de las abuelas y la disposición para sembrar y recoger alimentos que después compartían con sus hijas y nietos, aumentaba considerablemente las probabilidades de sobrevivencia y desarrollo.

Los estudiosos concluyen que esas habilidades sociales incidieron en nuestra biología hasta generar cambios culturales en todo el planeta.

Otro caso que reafirma social y científicamente en la actualidad la importancia de las abuelas, es el caso de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo en Argentina. Entre 1976 y 1983 la dictadura cívico-militar desapareció a miles de personas, entre ellas mujeres embarazadas e hijos nacidos en los primeros años. Desaparecidos los padres de los niños, se anulaba la posibilidad de que a través de datos genéticos inmediatos se asociara a cualquiera de los niños con alguna familia en particular. Pero los genocidas no contaban con otra capacidad científica: "la abuelidad" puede demostrarse con la misma certeza que la paternidad.

"El ADN mitocondrial se hereda únicamente de las madres, por lo que cada descendiente, hijo o hija, tiene exactamente la misma secuencia de ADN mitocondrial que su madre. Por lo tanto, una abuela materna podría ofrecer una evidencia exacta de la identidad de un niño", aclara la genetista Mary-Claire King.

La actualidad venezolana, por ejemplo, también atestigua desde su propia realidad las virtudes de la abuelidad. Presa de un ataque sostenido por parte del gobierno estadounidense y sus aliados, el país ha visto evolucionar el papel de las abuelas que no han dudado en echarse al hombro responsabilidades sociales que van más allá de la crianza individual de los nietos. Entendiendo que la sobrevivencia depende de la organización y el liderazgo, muchísimas abuelas venezolanas ocupan espacios productivos y de distribución de alimentos a nivel nacional, una tarea que termina optimizando un objetivo político: la resistencia del resto del pueblo.

Hugo Chávez reivindicaba continuamente la abuelidad cuando acudía a su memoria para contarnos cómo su abuela Rosa Inés fue protagonista activa en su crianza, cómo cada ejemplo fortaleció su carácter y reforzó su compromiso con sus propias ideas y acciones posteriores que lo llevaron a ser un líder político incuestionable.

Como juventud contemporánea de las clases menos favorecidas que somos, llevamos con nosotros innumerables características que fueron moldeadas por nuestras abuelas sin siquiera sospecharlo; la actitud indoblegable y aguerrida, la ternura abundante e incluso la responsabilidad que como pueblo tenemos ante esa "creación heroica" de la que también hablaba Chávez.

Hace un montón de años, la generosidad de las abuelas africanas alimentó la fortaleza de las abuelas de Plaza de Mayo que no se rinden ante la ausencia forzada de sus nietos, y también la valentía de las abuelas venezolanas para resistir un asedio. En definitiva, esto demuestra que nuestras abuelas son el origen del temple con el que enfrentamos una dictadura militar o un bloqueo criminal. Son la memoria viva que es permanentemente desechada y desconsiderada por el neoliberalismo precisamente por guardar esos datos que definen nuestras raíces y nos obligan a defenderla por sobre todas las cosas.

Hurgando en mi propia historia y en los antecedentes que permean la historia colectiva, podría afirmar, bolivarianamente, que me conmueve enormemente y me envalentona haber entendido que la travesía de mi abuela desde el fango del Bajo Delta hasta sus vivencias al llegar a las orillas del Caño Mánamo en Tucupita, formaron mi corazón con la fuerza necesaria para la vida que vendría.

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