Mar. 25 Agosto 2026 Actualizado 2:43 pm

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La dolarización merece ser debatida, pero más allá de la propaganda política y las discusiones de cafetín (Foto: Mark Wilson / AFP)

El mito del dólar salvador

En los últimos días ha reaparecido el debate sobre la dolarización, prometiendo convertir un problema extraordinariamente complejo en una solución de interruptor: se apaga el bolívar, se enciende el dólar y comienza la estabilidad. Y nada más alejado de la realidad, si analizamos el asunto más allá de las consignas y los deseos particulares.

Hay que ir siempre a los datos. En julio de 2026 la inflación fue de 19,9% en un solo mes y rondó 576% en términos interanuales, según cifras del propio Banco Central de Venezuela, por lo que es importante aclarar de entrada, que no se está minimizando el papel que han desempeñado durante años el déficit fiscal, y las expectativas de devaluación. Más allá de eso, también sería un error concluir que, porque el problema tiene una dimensión monetaria evidente, basta con cambiar la moneda para corregir todo lo demás. Es un tema estructural, y sobretodo, fiscal.

Cambiar el bolívar por el dólar no aumenta la producción nacional, no genera divisas nuevas, no corrige el déficit fiscal de manera automática ni borra la dependencia petrolera que arrastramos desde hace décadas. Puede, eso sí, con matices, ayudar a estabilizar los precios, pero estabilizar precios no es lo mismo que tener una política económica completa, y mucho menos un punto de partida serio para un país con desequilibrios estructurales tan severos como los nuestros, con más de 1.000 MCU todavía vigentes sobre la economía.

Una economía puede dolarizarse y continuar siendo fiscalmente frágil, poco productiva, dependiente de importaciones, vulnerable a shocks externos y con dificultades para crecer, porque la moneda es apenas una de las piezas del engranaje. Se han dados pasos importantes para diversificar las exportaciones, pero sigue siendo una realidad que Venezuela sigue dependiendo del petróleo para generar buena parte de sus divisas, y además opera bajo sanciones y restricciones financieras externas, condicionantes que a priori, seguirán presentes aunque los salarios, los precios y las cuentas bancarias pasen a expresarse en dólares. La dolarización por tanto, puede modificar la forma en que los desequilibrios se manifiestan, pero no hace que desaparezcan.

Hablemos de lo concreto, el principal costo real de dolarizar que poco se quiere debatir es la pérdida total de la política monetaria propia. El Banco Central de Venezuela, como cualquier banco central en el mundo, cuenta con herramientas para mover liquidez, ajustar tasas, modificar el encaje e intervenir frente a un shock. Con dolarización, el país pasaría a usar una moneda cuya cantidad y condiciones dependen de la Reserva Federal de Estados Unidos, y si Venezuela entra en recesión mientras Estados Unidos enfrenta presiones inflacionarias y mantiene tasas de interés elevadas, la FED no va a flexibilizar su política pensando en Caracas, Maracaibo o Puerto Ordaz, sencillamente porque no es su responsabilidad (y por qué tampoco le conviene en la mayoría de los casos). Por tanto, adoptar el dólar implica, importar una política monetaria diseñada para otra economía.

También desaparecería el tipo de cambio nominal como mecanismo de ajuste, una cuestión especialmente delicada en un país petrolero (y todavía sancionado) como el nuestro. Si Venezuela recibe durante un año muchos menos dólares porque cae el precio del crudo, disminuye la producción o alguna restricción externa reduce el acceso a determinados mercados (como de hecho ya ha pasado), la economía tendrá que absorber el golpe mediante menor gasto, caída de salarios reales, reducción del crédito, menor inversión, aumento de impuestos, desempleo o contracción de la actividad; en cambio con moneda propia, una depreciación puede formar parte del proceso de ajuste y modificar precios relativos, aunque tenga costos inflacionarios importantes. Es decir, dolarizar no elimina el ajuste frente a una crisis: elimina una de las herramientas para enfrentarla y traslada el costo a otra variable: su bolsillo.

Hay además dos costos que casi nadie menciona porque no se ven a simple vista. El primero es la pérdida del señoreaje: Venezuela dejaría de percibir el ingreso que genera emitir su propia moneda y pasaría a usar billetes fabricados por otro país. El segundo es que se restringe severamente la función del Banco Central como prestamista de última instancia, por lo que si ocurriera una corrida bancaria, el instituto emisor ya no podría crear liquidez en la moneda de los depósitos, y para prestar 1.000 millones de dólares tendría que tenerlos guardados de antemano (complicadísimo con una deuda externa como la nuestra), u obtenerlos afuera (más deuda aún), sabiendo que la Reserva Federal no tiene ninguna obligación de "rescatar" al sistema financiero venezolano. Dolarizar significa depender de terceros que no están obligados a generarte condiciones favorables.

Por eso resulta tan pobre el argumento según el cual dolarizar equivale simplemente a "quitarle la maquinita de hacer dinero al Estado". Si bien es cierto que sin bolívares el Banco Central ya no podría financiar el déficit imprimiendo moneda, y eso tendría un impacto en la inflación, quedas totalmente indefenso en caso de que los ingresos públicos caigan, porque el déficit sigue ahí, intacto, y el ajuste tiene que trasladarse a otro lado: gasto público, salarios, inversión, impuestos, deuda o atrasos. Nadie defiende financiar el déficit a punta de emisión monetaria descontrolada, pero irse al extremo contrario y perder toda capacidad de maniobra tampoco parece un ejercicio de sensatez económica.

En ese escenario con un país dolarizado habría que recortar gasto, aumentar impuestos, endeudarse si existen mercados dispuestos a prestar, diferir pagos o aceptar una mayor contracción económica, y ese ajuste termina afectando a empresas, trabajadores, pensionados, proveedores del Estado y hogares. La disciplina fiscal es necesaria, por supuesto que sí, pero imaginar que su costo recae exclusivamente sobre una abstracción llamada "los políticos" pertenece más al terreno del mensaje demagógico que al análisis económico, y eso no puede apoderarse del debate, porque responde más a una agenda particular, que a querer solucionar el problema estructural de la economía.

En el caso venezolano, además, existe una particularidad que vuelve este asunto todavía más sensible. Buena parte de la generación estructural de divisas continúa vinculada al petróleo y el país sigue funcionando bajo un entramado de sanciones y licencias que condiciona determinadas operaciones petroleras y financieras; algunas de esas licencias han sido temporales, modificadas o sujetas a nuevas condiciones. Dolarizar completamente una economía cuya principal fuente de dólares está expuesta a semejante volatilidad externa exige preguntarse qué ocurriría si esos flujos se reducen abruptamente, porque una vez eliminado el bolívar Venezuela no podría fabricar los dólares faltantes ni utilizar una depreciación de su propia moneda para absorber parte del impacto.

Ahora bien, en Venezuela existe otro argumento que conviene revisar con datos: la idea de que con el esquema monetario actual sería imposible reducir sustancialmente la brecha cambiaria, porque "se han quemado millones de dólares en las intervenciones cambiarias sin solucionar el problema de fondo". Los datos contradicen esa afirmación tajante: en marzo de 2025 la brecha cambiaria llegó a ubicarse alrededor de 55%; durante agosto de 2026 ha rondado aproximadamente 12%-15%, dependiendo de la referencia utilizada, es decir, unos 40% menos en cinco meses. Esa convergencia no ocurrió por generación espontánea, porque durante el primer semestre de 2026 se colocaron cerca de US$7.738 millones en el mercado cambiario, 72% más que en el mismo período del año anterior, mientras el tipo de cambio oficial también se ajustó con mayor rapidez. Entonces sí se puede reducir la brecha sin borrar el bolívar del mapa.

De hecho, Venezuela ya había vivido algo parecido. En 2023 el dólar oficial cerró alrededor de Bs. 35,93 y el paralelo cerca de Bs. 39,35, mientras distintas firmas consultoras reportaban que más de la mitad de las transacciones del país ya se hacían en moneda extranjera; es decir, convivieron un uso cotidiano y masivo del dólar con una brecha relativamente contenida, sin dolarización formal de por medio. El propio pasado reciente desmonta la idea de que reducir la brecha es imposible sin cambiar de moneda. ¿Seguíamos siendo una economía inflacionaria en ese momento? Sí, y lo seguimos siendo hoy, porque cerrar la brecha no garantiza bajar la inflación. Lo que sí hace es amortiguar el golpe en el bolsillo de la gente cuando precios e ingresos ya están indexados al dólar.

Dicho esto, que la brecha sea pequeña tampoco significa que la economía esté sana. El mismo 2023 lo demostró: el dólar oficial subió 105,4% en el año y el paralelo 111,6%. Los dos podían moverse casi al mismo ritmo y, aun así, el bolívar se devaluaba con fuerza, porque la brecha solo mide la distancia entre dos precios del dólar, y puede achicarse porque el paralelo cae, porque el oficial sube o porque ambos convergen. El verdadero desafío no es simplemente lograr que el tipo oficial y el paralelo se parezcan, sino construir estabilidad cambiaria sostenible, menos inflación y una oferta de divisas que alcance para la demanda real de la economía. ¿Es posible lograrlo sin dolarizar? Sí, generando más ingresos genuinos.

La discusión venezolana debería, entonces, abandonar cierta obsesión por los símbolos. Defender la dolarización no convierte automáticamente al dólar en una suerte de auditor incorruptible capaz de ordenar las cuentas públicas, disciplinar a los gastos del Estado y obligar a la economía a crecer. La pregunta verdaderamente exigente es cómo construir un régimen monetario creíble que pueda convivir con disciplina fiscal, una política cambiaria sostenible, recuperación del crédito, mayor producción, generación estable de divisas y capacidad para absorber shocks, y eso es lo que persigue precisamente el Estado venezolano a través de la negociación política y las diversas estrategias para expandir nuestros mercados y atraer inversiones internacionales.

Confundir una restricción monetaria con una estrategia de desarrollo puede llevar a conclusiones peligrosamente simples. El dólar puede impedir que Venezuela imprima bolívares, pero no puede imprimir petróleo que no se produjo, inversión que no llegó, productividad que no se construyó ni exportaciones que nunca se generaron, ni tampoco puede garantizar que siempre ingresen suficientes dólares para sostener una economía que habría renunciado a emitir su propia moneda.

Incluso, si nos vamos a otras fronteras, la evidencia comparada tampoco ayuda mucho al relato del dólar salvador. Ecuador dolarizó en el año 2000, y su crecimiento no se disparó de forma indefinida solo por haber dolarizado: el propio Fondo Monetario Internacional atribuyó la recuperación a otros factores, entre ellos el petróleo, la inversión, la demanda interna, la reestructuración financiera y la disciplina fiscal; y hoy Ecuador sigue siendo un país dolarizado con altos índices de pobreza y desempleo. El Salvador por su parte, dolarizó en 2001 cuando ya tenía una inflación relativamente baja, y aunque la medida redujo el riesgo cambiario y ayudó a consolidar cierta estabilidad nominal, su capacidad productiva siguió dependiendo de la inversión, la productividad, las condiciones externas, las remesas y la política fiscal, exactamente igual que antes de haber dolarizado.

¿Quieren más datos? Sólo siete países soberanos, de 195 reconocidos internacionalmente (193 miembros de la ONU más 2 observadores) tienen su economía totalmente dolarizada, representando apenas un ínfimo 3,6%, siendo además que el club de los dolarizados no lo integra ningún país mediano ni grande que haya tomado la decisión en frío como parte de un plan de desarrollo normal. Son economías diminutas atadas históricamente a Estados Unidos por administración colonial (Panamá, Islas Marshall, Micronesia, Palaos) o países que llegaron ahí después de tocar fondo con una hiperinflación que ya había destruido su moneda antes de dolarizar (Ecuador con el sucre; Zimbabue, que ni siquiera se sostuvo en el esquema).

Por tanto, antes de comprar la narrativa de la dolarización como solución mágica, conviene revisar la experiencia internacional: dolarizar no produce desarrollo de forma automática, lo que un país necesita es generar más divisas, y para eso conviene más tener moneda propia y un tipo de cambio estabilizado que depender de la de otro.

La dolarización merece ser debatida, claro que sí, pero más allá de la propaganda política y las discusiones de cafetín. Quien la proponga debería explicar con qué reservas se ejecutaría, cómo funcionarían los bancos sin un prestamista de última instancia convencional, qué ocurriría ante una caída petrolera o ante reimposición de sanciones, cómo Venezuela pagaría su deuda externa sin endeudarse más, cómo absorbería Venezuela una reducción repentina de divisas y qué política fiscal garantizaría la sostenibilidad del Estado.

Ese sería un debate económico de alto nivel. Lo otro que ofrecen ruedas de prensa improvisadas y videos de tik tok de influencers prometiendo que cambiando el billete desaparecerán nuestros desequilibrios, puede funcionar bastante bien en redes sociales, pero no en la realidad, porque los países no estabilizan sus economías con videos virales, ni agendas ocultas. Está bien que digan que con eso "eliminamos la inflación", pero eso significa ver una parte del árbol e ignorar completamente el bosque inmenso alrededor, y la verdad, no necesitamos planificadores económicos de visión reducida.

Venezuela lo que necesita es trabajo, producción local, inversión internacional, generación de ingresos, y a eso está abocado todo el aparato económico, no al maquillaje y las promesas mágicas.


Luis Fernando Guanipa es economista venezolano, magíster en Negociaciones Económicas Internacionales.

Este artículo fue publicado originalmente en la cuenta de X de Luis Fernando Guanipa el 25 de agosto de 2026. Reproducido íntegramente en Misión Verdad con permiso del autor.

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