Mar. 16 Junio 2026 Actualizado 4:01 pm

misil iraní en Israel

Las capacidades militares, junto con las materiales y económicas, siguen siendo el árbitro definitivo en la competencia entre potencias, lo que permite a los actores contrahegemónicos —o potencias emergentes— desafiar el orden unipolar (Foto: Ahmad Gharabli / AFP)
Negociación, esferas de influencia y soberanía tecnológica

El poder militar es la variable principal del mundo multipolar en ciernes

La confrontación entre Estados Unidos e Irán ha entrado en una aparente fase de tregua mediante un memorando de entendimiento anunciado por Pakistán en su rol de mediador. No se trata de una victoria diplomática de Trump ni de una claudicación de Teherán, sino de una muestra de un orden internacional en el que el poder militar ya no le garantiza la imposición unilateral de su voluntad a Washington, y donde la multipolaridad se configura a partir de la capacidad de disuasión, la tecnología y la resistencia estratégica de actores antes considerados secundarios.

Negociación ante el abismo del desgaste

El anuncio de un documento preliminar —cuyo texto definitivo se firmará en Ginebra— establece un periodo de 60 días para negociar las complejidades del programa nuclear y el levantamiento de sanciones corporativas. Según reportes, Washington ha aceptado levantar el bloqueo naval sobre los puertos iraníes y otorgar exenciones comerciales inmediatas para que Teherán venda petróleo durante el lapso de la negociación, lo que inyectaría oxígeno financiero a las arcas del Estado persa.

Asimismo, mientras la Casa Blanca pugna por la entrega de uranio enriquecido, el borrador filtrado contempla el desbloqueo de entre 12 mil millones y 25 mil millones de dólares en activos iraníes congelados en el exterior antes de iniciar formalmente las mesas técnicas.

El pacto extiende nominalmente el cese al fuego hacia el frente libanés, a pesar de la resistencia abierta de Israel a replegarse.

La pregunta obligada es qué forzó a una administración usualmente maximalista a sentarse con su adversario. La respuesta yace en el desgaste militar y la necesidad de reorientar el aparato de guerra estadounidense.

La apertura de un nuevo frente de guerra convencional en Asia occidental ha fracturado la capacidad de proyección global de Washington mediante el consumo de municiones, activos navales y capital político que la élite estratégica estadounidense considera vitales para su competencia a largo plazo en otros frentes por abrir, como el Indo-Pacífico, por ejemplo.

La realidad del terreno obligó a Estados Unidos a sentarse a la mesa luego de una guerra que incluyó el asesinato del líder supremo Alí Jamenei el 28 de febrero y el bloqueo del estrecho de Ormuz. Trump, que entre marzo y junio había afirmado al menos 38 veces que un acuerdo era inminente, optó finalmente por la negociación ante la posibilidad de una mayor pérdida de popularidad. Posiblemente, para reparar también las más de 200 estructuras y equipos militares dañados por Irán.

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Búnkeres de almacenamiento de combustible, hangares y alojamientos para soldados fueron destruidos en la base Alí Al Salem, que fue atacada en múltiples ocasiones durante el conflicto (Foto: BBC)

El acuerdo, por tanto, es una maniobra de control de daños que le permite asegurar un flanco crítico mediante la diplomacia coercitiva para evitar la distracción militar, y demostrar que, en la nueva geometría global, incluso las superpotencias deben ceder en teatros "secundarios" para no comprometer su posición en el tablero principal.

El poder militar como clave en la emergencia multipolar

La transición hacia un mundo multipolar dista de ser el equilibrio lineal de fuerzas que pregonaban las teorías liberales. Por el contrario, la emergencia de este nuevo orden es compleja, altamente impredecible y está caracterizada por una geometría variable del poder donde se combinan la asimetría táctica y las alianzas de geometría flexible.

Más que una mera redistribución del PIB mundial, la multipolaridad contemporánea es, ante todo, una reconfiguración de la capacidad de imponer o resistir la fuerza.

Como señala Francisco Montalvo Fiol, la multipolaridad es una distribución de poder en la que más de dos naciones tienen casi la misma cantidad de influencia militar, cultural y económica.

Otros estudios afirman que las capacidades militares, junto con las materiales y económicas, siguen siendo el árbitro definitivo en la competencia entre potencias, lo que permite a los actores contrahegemónicos —o potencias emergentes— desafiar el orden establecido.

En este escenario, a las potencias tradicionales les resulta cada vez más costoso e ineficaz imponer su agenda de manera unilateral. Superadas las dicotomías de la Guerra Fría, la ausencia de un hegemón indiscutido genera una red de rivalidades donde lo multifactorial es la norma.

Las discusiones al respecto han sido amplias y, antes que referirse a la multipolaridad como un hecho consumado, hay análisis que señalan una transición en la que la unipolaridad ha dado paso a una "visión incompleta" de la nueva geometría de distribución global del poder, donde las dinámicas entre Estados Unidos, China y Rusia redefinen las esferas de influencia y estas pueden superponerse.

El Foro Económico Mundial (2026) reconoce que la geopolítica y el poder duro importan más que nunca en esta era multipolar. Las potencias emergentes han comprendido que la soberanía y la capacidad de negociación no emanan de la adhesión al derecho internacional liberal, sino de la posesión de arsenales convencionales y capacidades de negación de área. Entretanto, Maliha Sehar, del Instituto de Asuntos Internacionales de Pakistán, afirma que la imposición de agendas unilaterales choca contra los límites materiales de la interdependencia; la fuerza militar actúa como el gran ecualizador, obliga a los centros de poder tradicionales a aceptar arreglos institucionales que hace una década habrían vetado y genera un entorno de cooperaciones selectivas y relaciones fluctuantes.

Las sanciones contra Rusia, por ejemplo, no fueron apoyadas por todos los países en desarrollo; esto evidencia una pluralidad de influencias que configuran alianzas o bloques temporales según el tema o las circunstancias. La declaración conjunta de Rusia y China de mayo pasado, que establece principios de seguridad indivisible y rechazo a la expansión de alianzas militares, es una expresión formal de esta nueva geometría del poder.

El caso iraní ilustra cómo un Estado con capacidades materiales medianas puede neutralizar la proyección de fuerza de un imperio hipertecnológico mediante estrategias de negación de área, misiles de precisión y el control geográfico de puntos de estrangulamiento globales (chokepoints) como Ormuz. Un artículo del Carnegie Endowment describe, especificando montos, cómo Teherán aceleró sus esfuerzos para construir una industria militar propia que no dependiera de potencias extranjeras ni de plataformas costosas.

Las potencias globales se enfrentan hoy a la realidad de que la "masa" militar y la profundidad estratégica de naciones soberanas dispuestas a resistir limitan severamente la utilidad política de las intervenciones punitivas de Occidente. Es por ello que bases doctrinales como la Estrategia de Seguridad Nacional 2025 y la Estrategia de Defensa Nacional 2026 pudieran chocar con un muro impuesto por la realidad emergente.

Supremacía y soberanía tecnológicas como núcleos del poder militar

La carrera armamentística adquiere dimensiones tecnológicas sin precedentes. Según el Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo (SIPRI), el gasto militar global alcanzó un récord histórico de 2,89 billones de dólares en 2025, y solo cinco países (Estados Unidos, China, Rusia, Alemania e India) acapararon el 58% del total mundial. Hoy, esa carrera se ha trasladado al terreno de la inteligencia artificial (IA), los drones autónomos, los misiles hipersónicos y la guerra cibernética.

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Los cinco países con mayor gasto militar en 2025 fueron Estados Unidos, China, Rusia, Alemania y la India, que en conjunto representaron el 58% del total mundial (Foto: SIPRI)

Por su parte, el Pentágono solicita más de 13.000 millones de dólares anuales para sistemas autónomos, mientras China avanza en su estrategia de "guerra inteligente" que integra autonomía y aprendizaje automático en la doctrina militar. Rusia, por su parte, ha utilizado la operación en Ucrania como campo de pruebas para refinar sus capacidades de drones y autonomía.

Si el poder militar convencional garantiza la supervivencia, el poder tecnológico está redefiniendo las reglas del juego, estableciendo nuevos conceptos de soberanía y asimetrías geopolíticas que las potencias —tradicionales y emergentes— han entendido e incorporado.

El motor que acelera esta redistribución global del poder es la supremacía tecnológica militar, articulada en torno a la IA, la robótica autónoma y la computación cuántica. Además, ya no basta con resguardar las fronteras ni controlar territorio y recursos, la soberanía consiste en la capacidad de controlar flujos de datos, algoritmos y cadenas de suministro de componentes como los semiconductores.

En la actualidad, la supervivencia estatal depende de la "soberanía tecnológica" y la protección de los ecosistemas de datos e infraestructura algorítmica. Un artículo de Hamza Ali, del Progress Center for Policies de Londres, destaca que el control sobre los componentes de computación avanzada se ha convertido en la nueva frontera de la autodeterminación política. Quien domina los semiconductores avanzados y los sistemas cibernéticos de comando y control, adquiere la capacidad de alterar de forma inmediata la balanza de poder, mientras que la dependencia de potencias rivales para sistemas de defensa autónomos es visto como una capitulación estratégica.

Esta irrupción de tecnologías de doble uso genera arreglos inéditos y asimetrías geopolíticas profundas. Por un lado, la IA militarizada permite la automatización de la guerra (desde enjambres de drones de bajo costo hasta sistemas de defensa aérea automatizados), que reducen los tiempos de reacción humana a lo que expertos del Instituto de las Naciones Unidas para la Investigación del Desarme (UNIDIR) denominan la "compresión del ciclo de toma de decisiones estratégicas".

Esto permite a actores intermedios infligir daños catastróficos a plataformas tradicionales inmensamente costosas como los portaaviones o los cazas de quinta generación. Por el otro, la concentración del desarrollo de hardware avanzado en pocas regiones crea zonas de dependencia crítica, donde la interrupción de suministros —como las tierras raras— se utiliza como arma de coacción geoestratégica, un aspecto crucial en la carrera por la IA que redefine las posiciones de países como India y China.

En este orden geopolítico en transformación, la carrera por la supremacía tecnológica militar no produce bloques homogéneos o estáticos al estilo de la Guerra Fría. De acuerdo con el análisis de Rana Danish Nisar en World Geostrategic Insights, sobre la transición "de la multipolaridad tradicional a la multipolaridad de IA", la humanidad presencia una densa malla de rivalidades cruzadas combinada con esquemas de cooperación selectiva y relaciones sumamente fluctuantes. Las potencias compiten de manera feroz en el plano de la IA y la guerra informática, mientras se ven obligadas a coordinar políticas de control de riesgos y mantener canales de intercambio comercial específicos para evitar el colapso de las cadenas globales de valor.

La firma del acuerdo preliminar entre Washington y Teherán es un subproducto directo de este ecosistema internacional: un ejercicio de diplomacia forzada por el estancamiento militar, donde el reconocimiento mutuo de las capacidades de destrucción y el costo prohibitivo del conflicto configuran una estabilidad inestable, un equilibrio de debilidades compartidas en medio de lo que emerge.

No existe un gran consenso académico sobre si la multipolaridad es un proceso irreversible, ni tampoco sobre si el mundo está ante un sistema bipolar disfrazado o ante una verdadera pluralidad de centros de poder a diversas escalas regionalizadas. Lo cierto es que una potencia hegemónica ha decidido frenar su ímpetu —o su declive— imperial para no perder una carrera que se avizora larga.

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