La primera vuelta presidencial en Colombia, celebrada el pasado 31 de mayo, confirmó la polarización como infraestructura del imaginario político de ese país, algo que las encuestas sugerían pero no lograban dimensionar.
Con el 95% de las mesas escrutadas, Abelardo de la Espriella obtuvo el 43,74% de los votos (10.361.499) e Iván Cepeda el 40,90% (9.688.361), por lo que disputarán la Casa de Nariño el 21 de junio mientras que el uribismo tradicional, representado por Paloma Valencia, se desplomó al 6,92% (1.639.685). Más de 22 millones de colombianos ejercieron el voto (55% del censo), en una jornada que trascendió sin mayores altibajos.
Campaña y comportamiento del voto popular
Los resultados reflejan una migración estratégica del voto conservador, dado que el 72% de los electores de Paloma Valencia había manifestado disposición a votar por De la Espriella en segunda vuelta para "evitar que gane Cepeda". Este fenómeno de "voto útil" anticipado permitió al candidato de Defensores de la Patria capitalizar el rechazo al petrismo, por lo que superó las proyecciones iniciales que lo ubicaban en segundo lugar.
Por su parte, Iván Cepeda logró una votación superior a la que Gustavo Petro obtuvo en primera vuelta de 2022 (8.527.768 votos), con un crecimiento de más de 1,1 millones de sufragios. Sin embargo, este avance evidencia que la base progresista, aunque fiel, encuentra límites estructurales para expandirse en un escenario de alta polarización.
Las reacciones externas no fueron sorpresivas, mientras organismos multilaterales celebraron la participación y presidentes alineados a Washington expresaron satisfacción por el resultado, analistas alertan sobre la retórica de "amenaza existencial" que ambos candidatos han empleado para deslegitimar al adversario.
Simplificación de la política: entretenimiento y placebos
La irrupción de De la Espriella puede leerse como otro paso hacia la cristalización de un fenómeno continental en el que prevalece la transformación de la política en espectáculo y mercantilización del malestar social. Su campaña, construida sobre drones, pólvora, videos con inteligencia artificial y una estética de "mano dura", inspirada en Nayib Bukele, responde a lo que expertos denominan el paso de la "política de emociones" a la "política de entretenimiento".
Se corresponde con el modelo de "outsider" que funciona como un placebo para las mayorías trabajadoras y empobrecidas porque promete ruptura con el establishment, pero su programa —reducir el Estado en 40%, eliminar regulaciones, crear megacárceles y reactivar hidrocarburos sin restricciones— alinea a Colombia con los intereses de élites económicas transnacionales que requieren Estados funcionales a la extracción de recursos y al control social.
El auge de De la Espriella demuestra la utilidad que el declive de la política ofrece a las élites económicas locales y transnacionales. Al canalizar el descontento de las masas a través de una retórica conservadora y confrontativa, liderazgos como los de Javier Milei y Jair Bolsonaro aseguran la permanencia de un marco legal e institucional funcional al libre mercado globalizado, la flexibilización laboral y la privatización de los recursos comunes.
Sus discursos "capturan la rebeldía" pero neutralizan la posibilidad de reformas estructurales de carácter distributivo. A cambio ofrecen una ilusión de transformación envuelta en discursos punitivos y autoritarismo performativo que salvaguardan los intereses del gran capital financiero y corporativo mientras invisibilizan los fracasos y muertes masivas ocasionados por la estrategia de guerra contra el crimen organizado del uribismo y de Daniel Noboa, por ejemplo.
La trayectoria de De la Espriella como penalista de figuras controvertidas revela una ética flexible que, lejos de ser un obstáculo, se convierte en activo para un electorado que valora la "eficacia" por encima de los principios. En este sentido, el declive de la política aparece como una estrategia cuya táctica se basa en simplificar debates complejos mediante eslóganes emocionales y permitir a las élites económicas operar con menor escrutinio mientras el debate público se reduce a una disputa de espectáculos.
De cara a la segunda vuelta: Comparaciones y escenarios
Las diferencias con 2022 son instructivas porque, en aquella ocasión, Gustavo Petro llegó a segunda vuelta tras obtener el 40,3% en la primera ronda, luego logró la victoria al movilizar el "voto nuevo" (1,5 millones de ciudadanos que no votaron en primera vuelta) al captar a sectores moderados mediante un discurso de "acuerdo nacional".
Hoy, aunque Cepeda parte de una base electoral más amplia, enfrenta un escenario más hostil en el que la derecha, fragmentada en primera vuelta, tiene un incentivo claro para unificarse detrás de De la Espriella, mientras que el centro político —representado por Fajardo y López, que sumaron apenas 5,21%— muestra señales de desmovilización.
El rol de Gustavo Petro en esta recta final es ambivalente. Por un lado, su popularidad cercana al 50% sigue siendo el principal movilizador del voto progresista; por otro, su figura activa un rechazo transversal que beneficia a De la Espriella. Las diez investigaciones en su contra por presunta participación en política —incluyendo la reciente apertura de diligencias contra el ministro del Interior, Armando Benedetti, por mostrar su tarjetón a favor de Cepeda— limitan su capacidad de incidencia directa, aunque su presencia en espacios digitales juveniles sigue siendo un recurso estratégico.
De cara al 21 de junio, dos escenarios se perfilan:
- El primero, más probable, supone que De la Espriella consolide el voto uribista y de derecha, ampliando su ventaja con un discurso de "orden y seguridad" que resuena en regiones afectadas por la violencia.
- El segundo, menos probable pero no descartable, implicaría que Cepeda logre moderar su imagen, sacrificar la propuesta de Asamblea Constituyente —como hizo Petro en 2022— y atraer, tanto a votantes del centro desencantados con la retórica beligerante de ambos extremos.
Ambos tienen el reto de llevar a las urnas al 45% de los habilitados que se abstuvo de votar. En cualquier caso, lo que está en juego trasciende a la persona del próximo presidente. Se trata de definir si Colombia profundiza un modelo de "paz total" con reformas sociales y participación ciudadana, o si adopta un giro libertario disfrazado de eficiencia, donde la seguridad se impone sobre los derechos y la economía se subordina a intereses extractivistas transnacionales.
Como advirtió el historiador Federico Finchelstein, profesor de la universidad The New School, en Nueva York: "Existe una crisis de representación, y de esa crisis surgen estos personajes que manipulan y se aprovechan del caos. Hacen promesas atractivas y hay un culto mesiánico a estos líderes".
La segunda vuelta del 21 de junio será, en ese sentido, un termómetro de la disposición del electorado latinoamericano a ser una región con proyecto propio o parte de un hemisferio en el que ya los planes fueron trazados desde Washington.