"Nos reunimos hoy como miembros de una alianza histórica, una alianza que salvó y transformó el mundo. Cuando esta conferencia comenzó en 1963, se celebró en una nación —de hecho, en un continente— dividida contra sí misma. La línea entre el comunismo y la libertad atravesaba el corazón de Alemania".
Con esa apelación histórica, en la tribuna de la Conferencia de Seguridad de Múnich, el secretario de Estado Marco Rubio abrió su intervención.
Esa plataforma se fundó en plena Guerra Fría como foro de diálogo transatlántico bajo las Reglas de Chatham House que, en otras palabras, es un sistema de deliberación que protege la fuente para facilitar la franqueza de las disertaciones en el recinto.
Ahora bien, Rubio rescata aquel origen para reinstalar una memoria de "peligro compartido" haciendo referencia al Muro: "Ese infame muro que había dividido a esta nación en dos cayó, y con él un imperio maligno". Aquí restituye el momento fundacional del triunfo occidental frente a la disolución del bloque soviético como prueba histórica del liderazgo atlántico.
Sin embargo, el núcleo conceptual del diagnóstico que hizo aparece cuando introduce la expresión "el fin de la historia", con cuya alusión remite a la tesis de Francis Fukuyama, quien sostuvo que la caída del Muro de Berlín certificaba el triunfo definitivo de la democracia liberal y el capitalismo como forma final de organización política.
Cuando Rubio retoma la caída del Muro, no lo hace para celebrar un final, sino para señalar un error, el error de Occidente en confiar en el "orden" que estaba por surgir en aquel entonces. Pero primero lo presenta como una extrapolación ingenua:
"Que cada nación sería ahora una democracia liberal; que los lazos forjados únicamente por el comercio reemplazarían a la nacionalidad; que el orden global basado en reglas reemplazaría al interés nacional; y que viviríamos en un mundo sin fronteras donde todos se convertirían en ciudadanos del mundo".
Y, para dejar claro hacia dónde iba, enfatiza que aquello fue "una idea absurda que ignoró tanto la naturaleza humana como las lecciones de más de 5 mil años de historia registrada".
Luego, nutre su argumento, enumerando las consecuencias que eso les trajo, como la desindustrialización, la externalización de empleos y la pérdida de control sobre cadenas de suministro estratégicas.
En su relato, Occidente debilitó su músculo estratégico al confiar en que las normas reemplazarían al poder y, mientras tanto, otros actores invirtieron en capacidades duras.
"Subcontratamos cada vez más nuestra soberanía a instituciones internacionales": la frase parece, en primera lectura, una crítica clásica al multilateralismo. No obstante, en el contexto doctrinal que actualmente articula Washington, se trata es de recuperar competencias nacionales delegadas, donde la soberanía se utiliza como instrumento de poder jerárquico. Sigue el secretario cubano-estadounidense:
"Esto, incluso mientras otros países han invertido en el desarrollo militar más rápido de la historia y no han dudado en usar la fuerza bruta para perseguir sus propios intereses. Para apaciguar un culto al cambio climático, nos hemos impuesto políticas energéticas que empobrecen a nuestra gente, mientras nuestros competidores explotan el petróleo, el carbón, el gas natural y cualquier otro recurso, no solo para impulsar sus economías, sino para usarlo como palanca contra la nuestra".
Con este pasaje construye la urgencia, porque con esa "desventaja acumulada" Washington se ve en la obligación de actuar, de "seguir adelante, reconstruir", concluía en parte el susodicho.
Frente a eso, Rubio ubica el núcleo de la redefinición de soberanía, de acuerdo con Mar-a-Lago, que no consiste en regresar a una soberanía westfaliana clásica, igualitaria entre Estados, sino en una soberanía funcional al liderazgo estadounidense.
En documentos recientes como la Estrategia de Seguridad Nacional 2025, la soberanía aparece articulada como capacidad efectiva de control sobre espacios estratégicos, cadenas productivas, infraestructura crítica y esferas regionales de influencia.
Es la primacía operativa que expone Rubio en Múnich.
El bucle de los 250 años
"Estados Unidos se fundó hace 250 años", dijo, "pero las raíces se remontan a este continente mucho antes".
La paradoja histórica se acentúa en el contexto simbólico de este año, cuando Estados Unidos conmemora 250 años de la firma de la Declaración de Independencia del 4 de julio de 1776.
Aquel acto significó la ruptura formal de trece colonias con un imperio. Ese país nació como proyecto de descolonización, sin embargo, en su propia cosmovisión imperial se concibe como su prolongación histórica con Europa, como una herencia.
Rubio reivindicó el "vínculo inquebrantable entre el viejo y el nuevo mundo". La independencia, en este discurso, no fue una negación de Europa, sino su trasplante. Así, el país que se descolonizó terminó por asumirse como depositario y custodio del legado civilizatorio occidental.
La expresión "Formamos parte de una sola civilización: la civilización occidental" se enfoca en hacer notar que corresponden, todos, a una comunidad ontológica. Fe cristiana, cultura, idioma, ascendencia, sacrificios compartidos.
Y cuando afirma que los ejércitos "no luchan por abstracciones", sino por "un pueblo", "una nación", "un estilo de vida", está desplazando el eje de la seguridad desde la arquitectura institucional hacia la identidad común, la que comparten todos como Occidente.
Rubio se pregunta, teniendo de inmediato la respuesta "¿qué defendemos exactamente? (...) Y eso es lo que defendemos: una gran civilización que tiene motivos de sobra para enorgullecerse de su historia, confiar en su futuro y aspirar a ser siempre dueña de su propio destino económico y político".
En este contexto, logró encuadrar los dos polos: la civilización occidental se enfrenta a los enemigos que provocaron que ellos cayeran en desventaja que, a grandes rasgos, se encuentran en el este del planeta. En resumen, Occidente se "disciplinaba", pero sus competidores se fortalecían.
Así que regresa a lo que había dejado insinuado al inicio con la crítica al espejismo del "fin de la historia", en la que se asumió que el orden liberal global, regido por reglas, instituciones y mercados abiertos, consolidaría de manera irreversible la primacía occidental.
En esa clave, Rubio reinterpreta los "males" como errores voluntarios. "La desindustrialización no fue inevitable. Fue una decisión política consciente", afirma.
La pérdida de soberanía en las cadenas de suministro, explica, no habría sido el resultado natural de la globalización, sino "una insensatez" que dejó a las naciones occidentales "dependientes de otros".
De igual modo, la migración masiva, en su formulación, "fue y sigue siendo una crisis que transforma y desestabiliza las sociedades de todo Occidente".
Cada fenómeno es presentado como una claudicación política, como una concesión ideológica que debilitó la autonomía estratégica del bloque occidental.
La conclusión implícita en sus líneas discursivas es que, si el declive fue una elección, tal como Rubio describe, puede revertirse con otra elección.
Y esa nueva elección pasa por reindustrializar, controlar fronteras, reconfigurar cadenas de suministro, competir por mercados del Sur Global y construir una "cadena de suministro occidental para minerales críticos" que no sea "vulnerable a la extorsión de otras potencias".
Adiós al multilateralismo real, hola al multilateralismo basado en reglas
Luego, la crítica se desplaza hacia el multilateralismo. Rubio sostiene que ya no se puede "anteponer el llamado orden global a los intereses vitales de nuestros pueblos y naciones". No propone abandonar las instituciones creadas tras 1945, pero sí "reformarlas" y "reconstruirlas".
Sin embargo, la formulación deja abierta la interrogante fundamental: ¿reformarlas cómo y bajo qué criterios? Porque, en su propia exposición, cuando esas instituciones no responden a la definición estadounidense de urgencia o amenaza, la respuesta no es la reforma paciente, sino la acción directa unilateral.
Al referirse a la Naciones Unidas, reconoce su "enorme potencial", pero subraya su ineficacia en Gaza, Ucrania o frente a Irán, imprimiéndole la connotación de la administración Trump que ya es bien conocida.
En cada caso, contrapone la parálisis multilateral con el "liderazgo estadounidense", con la tregua en Gaza, las negociaciones en Ucrania, el bombardeo contra objetivos vinculados al programa nuclear iraní. Y al mencionar Venezuela, habla de la "amenaza a nuestra seguridad" que representaba un "dictador narcoterrorista", afirmando que fueron necesarias Fuerzas Especiales estadounidenses para llevarlo ante la justicia.
En este punto, el discurso revela con nitidez la cosmovisión que lo sostiene, debido a que la categoría de "amenaza" puede abarcar competencia estratégica, divergencia política o resistencia a la hegemonía. Una vez tipificada como amenaza existencial o civilizatoria, la acción queda justificada en el marco axiológico propio de Washington.
El derecho internacional, si es que se usa, pasa a ser un instrumento condicionado a la utilidad estratégica. Rubio lo sintetiza al afirmar:
"Pero no vivimos en un mundo perfecto, y no podemos seguir permitiendo que quienes amenazan descaradamente a nuestros ciudadanos y ponen en peligro nuestra estabilidad global se escuden en abstracciones del derecho internacional que ellos mismos violan rutinariamente".
La palabra "abstracciones" es reveladora porque despoja al orden jurídico internacional de su carácter normativo vinculante y lo reduce a un discurso que puede ser invocado o descartado según la circunstancia.
El multilateralismo queda subordinado a la evaluación soberana estadounidense sobre lo que constituye su interés vital, es decir, un multilateralismo instrumental.
Sin caretas
"Es el camino que les pedimos aquí en Europa que nos acompañen. Es un camino que hemos recorrido juntos antes y esperamos recorrer juntos de nuevo. Durante cinco siglos, antes del final de la Segunda Guerra Mundial, Occidente se expandió": este es el llamado que hace el Secretario de Estado a sus colegas europeos para la reconstrucción de lo que él llama la "civilización occidental".
Cuando Rubio dice "Pero juntos, nuestros predecesores reconocieron que el declive era una elección, una elección que se negaron a tomar", entrelíneas expresa que esa elección "heroica" del pasado debe tomarse hoy. La administración Trump ya la tomó y llama a las naciones europeas, sin precisión en el rol que ejercerían, a que se sumen al proyecto civilizatorio, a "renovar la civilización más grande de la historia de la humanidad", para superar la etapa de debilidad o pasividad, aunque el diseño implícito de esa convocatoria sugiere una participación alineada con la conducción estratégica estadounidense, más que una arquitectura de liderazgo compartido.
De esta manera, el Secretario propone una visión de alianza transatlántica que va más allá de la cooperación tradicional, concebida como un suprabloque orientado a defenderse y a proteger intereses estratégicos, evitando cualquier subordinación a sistemas externos o a agendas globales que limiten su autonomía.
Finalmente, elogió la era colonial y a la expansión imperial occidental. Al recorrer genealogías, colonias, exploradores y migraciones europeas hacia América, el discurso construye la narrativa de que la conquista, la colonización y la transformación de territorios y pueblos fueron procesos que forjaron la enaltecida civilización.
En términos estratégicos, este discurso envía el mensaje de legitimar la acción política del presente utilizando la historia colonial como argumento moral y cultural y, a la vez, plantea que la restauración del poder y la centralidad de Occidente requiere la aceptación de su pasado expansivo y el orgullo por los logros derivados de él.
En conclusión, en Múnich ubicó al colonialismo como un instrumento de cohesión que enlazó a la independencia, a la expansión, ahora a la necesaria restauración y, sobre todo, a lo que sería una renovada civilización occidental.