Sáb. 02 Julio 2022 Actualizado 12:38 pm

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Al menos desde la percepción general en Venezuela, aún podemos leer al país desde la tesis del "Estado mágico" de Fernando Coronil (Foto: Universidad de Piura)

Atrapados en el bucle de la democracia representativa

Harto difícil negarlo: estamos imbuidos en un bucle de la experiencia democrática liberal, que nunca dijo adiós a la escena política venezolana y más bien se afianzó con nuevos matices en sus formas, y que se resguardan tanto en el marco constitucional como en el quehacer político e institucional.

También es cierto que la población está criticando constantemente esa cultura política que fue ampliamente rechazada durante fines de 1980 y la siguiente década de manera tajante, asumiendo una contradicción directa con el poder hegemónico puntofijista, cuyos restos aún naufragan en el presente.

Y, del mismo modo en que todavía no se consolida un desarraigo político de la democracia representativa, aun cuando no ha habido excusas para la promoción de la alternativa chavista (democracia participativa y protagónica) en dos décadas, asimismo algunos sectores del proyecto bolivariano, tanto en la base política-institucional como en la social, han sido subsumidos por aquella lógica de herencia pre-chavista.

No estoy afirmando que dichos sectores son necesariamente quintacolumnas o son escuálidos disfrazados de chavistas, sino que más bien impera en ciertos círculos bolivarianos (si se permite la expresión, sin aludir a las organizaciones así llamadas antaño) una manera de desenvolverse que es propia de una cultura política ya impugnada de antemano, mas no sepultada.

Un diagnóstico de ello se puede desprender fácilmente de las pasadas elecciones en diciembre y enero en nuestro país, pues en varios estados y alcaldías donde el chavismo era una fuerza política y social sin parangón ahora son focos regionales y municipales en los que la mayoría electoral forma parte del capital político de las oposiciones venezolanas.

Me refiero, sobre todo, a los estados Cojedes y Barinas, regiones llaneras que han jugado papeles clave en la historia subversiva del pueblo venezolano, que tanto tienen de arraigo simbólico para el bolivarianismo y donde el chavismo gozaba de buena salud. Hasta hace poco.

El quid del asunto está, como bien ha expresado una buena porción de la población local, tanto en medios y redes digitales como a través del sufragio, en la actuación de los llamados cuadros bajos y medios, los que están a cargo de operativizar la gestión de gobierno y de militancia, allí donde reside el punto de encuentro crucial entre pueblo y gobierno.

No se tiene que ser un crítico acérrimo del gobierno del presidente Maduro, o siquiera desde los periodos de Hugo Chávez, para notar que existe una "desconexión" (de intereses, pero incluso a veces material) entre algunos actores políticos del chavismo que están cargo de alcaldías, gobernaciones y otros espacios de poder institucional, así como entre quienes tienen en sus manos las responsabilidades de organizaciones de base como el CLAP, UBCH, etc., y el resto de la población que no está activa en política y administración gerencial.

¿Cómo se expresa dicha "desconexión"? En omisiones a la realidad, a desoídas de las querellas populares que no son atendidas (como el caso extremo de los servicios públicos). A su vez, en la acumulación delictiva en pequeña escala de bienes y servicios; las denuncias de abusos de poder (aunque sea en micro), corrupción y conflictos de intereses en el plano social han constituido una herencia activa de la tradición política venezolana (y humana, si se quiere extender la cosa), consolidada bajo el formato partidista durante la Cuarta República, y cuya lógica ya no solo opera en el plano político-institucional sino también en el social.

Pero también la desunión política, la poca solvencia en las contradicciones entre sectores del ecosistema militante, gerencial y operativo del chavismo, han repercutido en los escenarios del sufragio, tal como sucedió recientemente en Barinas, de acuerdo a lo comentado al respecto en un análisis de fondo publicado recientemente en Misión Verdad.

Pareciera que este escenario solo se desenvuelve en el ámbito empírico porque es más fácil analizar la realidad con el espejismo narrativo de las plataformas mediáticas corporativas, pero en realidad se trata de la reproducción de la lógica de la democracia representativa, ahora ampliada en tiempos bolivarianos. Sus formas están en crisis desde hace décadas en Venezuela y hacen mella en los "revolucionarios profesionales", los dirigentes populares, los cuadros dirigentes del Gran Polo Patriótico e incluso entre el pueblo mismo, diseminado como ideología y consentimiento a favor del capital.

De ahí que sigamos sumergidos en el bucle de la democracia representativa, y cuyos coletazos siguen animando el quehacer del político promedio, pero asimismo del venezolano promedio.

Es paradójico que la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela consienta los usos y costumbres del tipo de democracia que aquí estamos describiendo, al mismo tiempo que aliente el florecimiento de la denominada democracia participativa y protagónica, pero es allí, en ese punto donde se encuentran los dos sistemas, donde debemos ahondar en el análisis para terminar concretando las aspiraciones embrionarias de las mayorías, recogidas en el diseño del proyecto chavista. Una especie de actualización venezolana de la estrategia de Nicos Poulantzas: "la vía democrática al socialismo".

El descontento y hartazgo que muchos sectores poblacionales tienen respecto a la situación política nacional es un síntoma paradigmático de esa contradicción. Sin embargo, el impulso para un cambio en el corto y mediano plazo a esta tendencia debe establecerse entre los mismos cuadros medios y bajos (siendo por ello que los dirigentes nacionales decidieron adaptar el contenido de "Las 3 R" a las nuevas circunstancias). Pues la población venezolana, en su gran mayoría, al igual que algunos de esos actores políticos que hemos mencionado, está demasiado ocupada "resolviendo" el cotidiano, aun en tiempos de recuperación económica, como para poder ocuparse de política (incluso en el plano vecinal), mucho menos de la formación (propia y ajena) para el futuro.

Pero también podríamos ampliar la mirada y devolvernos a la tesis de Fernando Coronil para darle una imagen precisa al asunto: el Estado mágico sigue proyectándose como el ente todopoderoso y único de Venezuela capaz de lograr "el milagro del progreso", a través de la lógica del petro-Estado rentista. La población venezolana ha estado inmersa en el imaginario de este sistema desde los tiempos dictatoriales de Juan Vicente Gómez y Marcos Pérez Jiménez, pasando por el puntofijismo (Carlos Andrés Pérez como máxima expresión de suyo) y teniendo sus últimas expresiones durante el gobierno de Hugo Chávez, antes de que se desplomaran los precios del petróleo en la década pasada en los albores de la administración del presidente Maduro.

Analistas petroleros de alta consideración, tal como Carlos Mendoza Potellá, consideran que Venezuela como "país debe asumir que la era de la dependencia petrolera terminó", un análisis que no parece estar muy lejos de la intención de la política económica oficial de liberar "las fuerzas productivas que existen en el país, y la recuperación profunda de las capacidades de la economía real", de acuerdo al Presidente.

En el campo social venezolano este "cambio de era" aún no es perceptible, acostumbrados como estamos las mayorías (unas clases en mayor medida que otras, así como sectores y tribus ciudadanas) a la exigencia de que el Estado es el primer y último actor de importancia en la vida política, económica y cultural del país. Tal vez por ello mismo, como ya se ha comentado en otros espacios de análisis, muchísima gente en el país prefiere creer el mito antichavista de que el bloqueo económico, financiero y comercial es una ficción o si acaso un mal menor sin demasiado impacto sobre la población.

Esta lógica imperante es precisamente la que se encuentra en crisis, con las formas de la democracia representativa sobresaliendo por sobre las de la democracia directa, cuyas raíces ya están insertas en la sociedad venezolana si pensamos en los consejos comunales, comunas y demás organizaciones descentralizadas avaladas por la Constitución.

De esta manera continuamos atrapados en el bucle de la democracia representativa. Está agotada desde hace tiempo, tanto los funcionarios y operadores políticos (a escala nacional y local) como la población en su mayoría estamos inmersos en su empobrecida dialéctica y estos son los tiempos en que nos toca asumir resolver las dificultades que de este escenario emanen. Ello tomando en cuenta que no estamos solos en el mundo, y que Venezuela no está arrinconada en su voluntad soberana.

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