Mar. 13 Octubre 2026 Actualizado 12:50 pm

blade runner 2049

Fotograma de una escena de la película 'Blade Runner 2049' (Foto: Archivo)
Brasil en perspectiva simulada

El desierto de lo real en los trópicos

Nos estamos enfrentando a una asimetría fundamental: la derecha está imaginando mundos posibles; la izquierda, no. Si bien esta es una restricción nominal en cuanto a la innegable pluralidad de ambas, es inevitable pensar que estamos en un momento (desde hace un tiempo) donde las nociones de conservar y cambiar cambiaron de mano. El caso de Brasil ilustra muy bien esta inversión dicotómica.

El pasado 4 de octubre, las urnas brasileñas escupieron una realidad que los analistas tradicionales se niegan a digerir: Flávio Bolsonaro, el hijo de Jair, se impuso en la primera vuelta frente a Luiz Inácio Lula da Silva. Habrá balotaje, con luces de repetirse un resultado similar. Pero reducir este escenario a una mera correlación de fuerzas electorales o a un péndulo histórico significa no haber comprendido nada de lo que sucede. Lo que está en disputa en Brasil (y, por mampuesto, en toda la región) es la ontología de lo real; la gestión de lo existente ha dejado de ser una razón política de fuerza.

Mientras la derecha brasileña opera como una máquina de ficciones que moldea el deseo, la izquierda se ha atrincherado en la nostalgia de la administración. La izquierda ofrece el balance de cuentas, la paz de los cementerios institucionales y la "administración de lo común"; sin embargo, ha renunciado a la imaginación política. No hay futuro en sus discursos, solo la promesa de un ayer que nunca fue. Y en el terreno del deseo y la subjetividad, quien no imagina el futuro, simplemente lo pierde.

Para comprender lo que ocurre, podemos acudir a Jean Baudrillard. Hoy, "son los vestigios de lo real, no los del mapa, los que todavía subsisten esparcidos por unos desiertos que ya no son los del Imperio, sino nuestro desierto. El propio desierto de lo real". El territorio político ha sido devorado por el mapa de la hiperrealidad. Gobernar lo hiperreal implica la creación de una realidad aumentada aplicada a la subjetividad colectiva y personal; se trata de generar un entorno donde la simulación es más densa, más urgente y más verdadera que los hechos materiales.

Otro concepto puede ayudarnos a sentenciar este momento: la hiperstición, es decir, cuando de ciertas ficciones emergen trasuntos reales. Porque, ¿acaso el bolsonarismo es un reflejo de la sociedad brasileña? ¿O es más bien un bucle de retroalimentación, una entidad que viaja desde un futuro distópico (que puede ser hoy advertido) para colonizar el presente? A través de la tecnología, entendida como una máquina de subjetivación, se han reconfigurado los afectos. La evidencia de que las Big Tech ha jugado a favor de la derecha brasileña y en detrimento de la candidatura de Lula solo confirma que los algoritmos, las redes de comunicación digital y los templos neopentecostales operan en la misma frecuencia ontológica.

Y es imposible leer esta maquinaria de deseo sin mirar hacia el norte. La avanzada pentecostal en Brasil es de factoría marcadamente estadounidense e israelí; es la expresión teopolítica del dominio imperial sobre la región. La "guerra espiritual" que predican las iglesias de la prosperidad es la traducción mística de la guerra algorítmica y geopolítica. El imperio ya no necesita ocupar territorialmente el trópico: ha ocupado su inconsciente, ha colonizado su imaginario a través de una teología que fusiona el éxito financiero, el bestialismo político y el milagro digital.

Frente a este avasallamiento, la izquierda cae en la trampa ingenua de la ilustración tardía y provoca una pregunta liosa: ¿Dato mata relato? La respuesta es un rotundo no. El dato por sí mismo es mudo, un cadáver estadístico. El dato solo cobra vida, solo hiere o consuela, cuando es captado desde un enunciado relatado. Mientras que la derecha no debate el dato económico, sino que lo intercepta a través de la narrativa del agravio, de la pureza perdida, de la cruzada moral, secuestrando el dato por el mito, la izquierda, en cambio, presenta el dato como un fetiche de la racionalidad, ignorando que, en el desierto de lo real, la subjetividad no se mueve por evidencias, sino por afectos, miedos y promesas de redención. Ha olvidado la enseñanza moderna de Hobbes y Spinoza: que las pasiones son la base de la razón política.

Por ejemplo, en medio de este torbellino hiperreal, cabe preguntarse: ¿qué tipo de Estado, de sociedad, de vida deseas?

No hay respuesta; el ciudadano común, lleno de respuestas funcionales, no se interroga esto. No lo hace porque la hiperrealidad ha clausurado el espacio de la pregunta. La realidad aumentada en la que está inmerso el votante le exige que elija una tribu para sobrevivir en el desierto. La pregunta por el "Estado" y la "sociedad" pertenece a un tiempo donde el mapa aún intentaba representar el territorio. Hoy, el territorio es el desierto y el Estado es apenas un avatar más en la pantalla, un ente mítico que puede ser un mesías autoritario o un demonio corrupto, pero nunca una institución de pacto social. Los leviatanes se han transformado en otro tipo de animal político.

El balotaje que se avecina en Brasil definirá qué tipo de simulacro tendrá el monopolio de la violencia y de la gracia. La izquierda tendrá que decidir si sigue intentando administrar un desierto que se desmorona, o si es capaz, por fin, de beber de la fuente del deseo para volver a imaginar un mundo que valga la pena ser habitado. O si habrá que construir, con la memoria histórica en una mano y la otra sucia por rastrillar con las uñas la tierra que nos parió, una alternativa política que no responda solo a la distopía*. De lo contrario, el mapa de la hiperrealidad habrá ganado para siempre, y los vestigios de lo real habrán desaparecido bajo la arena digital de los trópicos.


*Lo que ello implicaría sería motivo de reflexión fuera de los límites de un simple artículo de opinión.

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