Mié. 21 Octubre 2020 Actualizado 3:43 pm

Dos reflexiones sobre la “fiebre” de los bodegones en Venezuela

En los últimos meses, en las ciudades de mayor concentración poblacional y comercial de Venezuela, han proliferado los famosos “bodegones” con productos importados de la más diversa índole.

El paisaje cultural y urbano de ciudades como Caracas, Maracay o Valencia, atestigua una modificación con estos comercios que emergen en cascada, donde las transacciones en dólares y otras divisas figuran como las protagonistas.

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Los bodegones ofrecen un testimonio orgánico sobre las transformaciones económicas que vive la sociedad venezolana en la actualidad, mediante la aplicación de una doctrina de shock neoliberal que se apalanca con las sanciones estadounidenses y que ha agudizado los desequilibrios históricos del país.

El incremento del ingreso nacional por concepto de remesas en los últimos años (4 mil millones de dólares aproximadamente) medida que el ingreso petrolero se ha visto reducido por el bloqueo de Washington contra la estatal PDVSA, ha traído como correlato una mayor circulación de dólares en la calle, abarcando, según datos de la encuestadora Datanálisis, a más del 40% de la población.

Esto sin duda es un factor de importancia pues está reperfilando la economía venezolana en su conjunto al trastocar el orden de sus fuentes de acumulación históricas: el mercado interno ya no es abastecido por petrodólares subsidiados que hacían accesible el consumo, ahora su principal fuente de alimentación viene mediada por dólares o divisas de origen privado, sea mediante remesas o por la inyección de capitales no estatales.

Como resultado, la escala de precios y los métodos de pago se han ido dolarizadando, alineándose con el mercado internacional y dejando al bolívar y al salario en una situación de desventaja y agonía frente a la crudeza de una violenta globalización neoliberal de la cual nos protegía la distribución de la renta petrolera.

Cuando Estados Unidos embargó la renta petrolera a través del bloqueo a las exportaciones de PDVSA, robando además descaradamente empresas como Citgo y Monómeros, sabían bastante bien lo que hacían. Ahora se ven con claridad los perversos efectos de una estrategia pensaba para destruir.

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Pero en el marco de la opinión pública, los bodegones se han transformado en un eje para contrastar la situación política y económica del país, la veracidad de algunas premisas y el mismo marco de comprensión de una realidad que abofetea, pega y castiga. Y este es un factor igualmente clave.

Una falsa premisa y un frasco de Nutella

Se suele afirmar que la existencia de estos establecimientos comerciales negaría la existencia del bloqueo económico y financiero impuesto por Washington a Venezuela, dada la evidencia de que están circulando productos importados que entran al país sin restricciones.

¿Cómo puede haber bloqueo económico si los bodegones están a reventar de mercancías traídas desde afuera?, se pregunta la víctima de una estrategia bien pensada para desinformar y confundir.

Este razonamiento, inducido en buena medida por la mediocracia o por lo que Elliott Abrams llama la “prensa libre”, parte de una premisa falsa. Y es que los bodegones no niegan el bloqueo, más bien lo confirma iluminando con mayor claridad sus parámetros de funcionamiento y alcances en la vida económica del país.

El bloqueo, a modo muy genérico, implica una restricción a las actividades de comercio e importación que realiza el Estado venezolano a través de distintas instituciones como el Banco Central de Venezuela, PDVSA, Bandes y otros bancos relacionados al comercio exterior. Es evidente que a medida que ha recrudecido el bloqueo, las operaciones del sector privado se han visto afectadas, pero nunca en una escala similar.

En paralelo a la restricción de las importaciones públicas de alimentos, medicinas, repuestos, maquinarias y otros productos básicos para la vida del país, las importaciones privadas se han estimulado, no sólo por no estar sujetas a las restricciones de Washington, sino porque cubren el vacío inducido que han dejado las importaciones estatales en distintos rubros.

En tal sentido, el bloqueo representa un arma de control económico que favorece a los capitales privados mientras persigue el desmantelamiento de la esfera de lo público. No se trata, únicamente, de la obstaculización concreta de las importaciones, sino de cómo Washington decide arbitrariamente cuáles importaciones se realizan y cuáles no a través de su politizado sistema financiero.

El bloqueo es, en síntesis, la versión posfordista de un protectorado colonial.

¿Se puede importar Nutella y pasta dental? Por supuesto. ¿E Insumos para tratamientos oncológicos subsidiados por el Ministerio de Salud? No, eso sí que no se puede. El ejemplo lo resume todo por su cargado nivel de realismo.

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En términos estructurales, el bloqueo es un instrumento artillado del neoliberalismo, toda vez que promueve la destrucción de los servicios públicos y subsidios del Estado venezolano a beneficio del violento metabolismo del capital privado.

Hoy ninguna persona, en su sano juicio, cuestionaría que Cuba es un país bloqueado y embargado. Sin embargo, en los hoteles de la cadena española Meliá que operan en la isla del Caribe, por colocar un ejemplo, existen varias marcas de cervezas, cigarrillos y otros productos importados tasados a precio internacional. ¿Niega esto que Cuba sea un país bloqueado? No, porque cuando el Estado cubano intente importar arroz para los comedores escolares públicos, el sistema financiero estadounidense bloqueará todas las vías hasta hacerla imposible.

El comisariato petrolero reloaded

El primer bodegón en Venezuela vino junto a los campamentos que las compañías petroleras estadounidenses se vieron obligadas a instalar para viabilizar sus operaciones de extracción petrolera en distintas puntos de la geografía nacional.

La disgregación territorial y demográfica en la que se encontraba Venezuela tras un siglo XIX marcado por las guerras civiles, provocó que la compañía del adinerado John Rockefeller (la Standard Oil y su rosario de filiales) invirtiera en fabricar auténticos campos de concentración para obreros, trabajadores medios y los arrogantes gerentes y personal técnico especializado.

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Esta decisión era acorde a los intereses capitalistas de las empresas norteamericanas: los lugares donde se ubicaron los primeros pozos petroleros, en su mayoría estaban distanciados de los pequeños poblamientos que sobrevivieron al ciclo de guerras civiles y que no se habían expandido o desarrollado demasiado desde la conquista española.

Entonces había que crear “ciudades” de la nada, donde los obreros pudieran, al mismo tiempo, trabajar jornadas extenuantes, descansar, comer, comprar y recrearse según los parámetros establecidos por una cultura extranjera.

Con los comisariatos, la compañía petrolera de Rockefeller estaba creando el primer antecedente del supermercado moderno en Venezuela: un dispensario donde podían encontrarse productos importados de todo tipo tasados en dólares, la moneda del conquistador.

En estos bodegones petroleros que funcionaban como enclave de la cultura de consumo estadounidense, los gerentes y el personal técnico mejor pagado podía abastecerse con productos que lo dotaban de estatus y superioridad frente al personal raso.

Durante un arco prolongado de tiempo, las empresas norteamericanas pagaban los salarios en fichas o bonos cambiables en el comisariato (a través de una tarjeta perforable), de esta forma se lucraban con la importación de los productos importados al mismo tiempo que masificaban el consumo de productos estadounidenses.

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Con los comisariatos se introdujo el dólar, por primera vez, en la cotidianidad del país, abriendo una brecha atroz entre la arrogancia del estadounidense que podía comprarlo todo en el almacén y el peón que debía conformarse con el bono que le daban. Ese sentimiento de resentimiento y admiración es la semilla del violento salto de Venezuela a país “moderno”.

Desde esta perspectiva, la “fiebre” de los bodegones se desdobla como fenómeno y recordatorio en tiempo presente. Por un lado nos indica que la cultura de masas del comisariato petrolero caló profundo, pero también, que el dólar vuelve a erigirse como símbolo de desigualdad, estatus y supervivencia.

A más de 100 años de país petrolero a conveniencia del proyecto geopolítico estadounidense, el comisariato devenido en bodegón nos recuerda no sólo la huella de una cultura importada, sino que también nos indica que ese fragmento positivo del espíritu venezolano que se encarnó en Chávez, ha sabido sobrevivir a una guerra de conquista de más de 100 años. Porque de lo contrario, no estuviéramos aquí hablando de esto.

Tan simple como esa intuición que sigue configurando la insistencia por defender nuestra última línea de defensa, la línea de la nacionalidad.

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