Mié. 24 Junio 2026 Actualizado 5:07 pm

guerra IA

La disputa tecnolǵogica entre China y Estados Unidos ha desembocado en una auténtica guerra de innovación disruptiva donde el control de la big data y la robótica militar determina la balanza del poder duro global (Foto: TSViPhoto / Adobe Stock)
Una contienda que parte de visiones divergentes sobre el poder tecnológico

Disputas, contrastes y asimetrías de la guerra en la era IA

Desde el arco y la flecha hasta la bomba atómica, la guerra siempre ha sido un motor clave del avance tecnológico. En este tiempo, la superioridad militar sigue dependiendo de la disuasión nuclear y del despliegue de flotas, pero también de la capacidad de procesar grandes volúmenes de datos (big data), automatizar la inteligencia y ejecutar algoritmos en el campo de batalla.

Esta dinámica ha desencadenado una disputa tecnológica y doctrinaria sin precedentes entre Estados Unidos y China, cuyas repercusiones estratégicas y ontológicas reordenan el tablero internacional.

La irrupción de la inteligencia artificial (IA) en el ámbito militar se ha convertido en el eje central de la competencia estratégica entre las dos grandes superpotencias tecnológicas. Ambas, con sus ecosistemas de innovación y visiones de mundo radicalmente diferentes, se enfrentan en una contienda sobre el significado del poder, la soberanía y la humanidad misma.

El uso reciente de IA en la guerra contra Irán insta a un debate global que aún busca un lenguaje común para regular lo que promete ser el cambio más profundo en la naturaleza del conflicto.

Evolución de una disputa tecnológica, ergo, militar

La fricción tecnológica entre ambas potencias evolucionó de una queja económica sobre propiedad intelectual a una carrera armamentista de innovaciones disruptivas. A principios de la década de 2010, Washington acusaba a Beijing de robo sistemático de secretos comerciales, materializado en el espionaje cibernético y la exigencia de transferencia tecnológica a empresas occidentales que operaban en suelo chino. Sin embargo, China transitó rápidamente de la imitación a la innovación nativa, impulsada por su estrategia de fusión militar-civil (MCF).

El punto de inflexión histórico se sitúa en la década de 2010. Operaciones de sabotaje estratégico como Stuxnet (2010), dirigida contra las instalaciones nucleares iraníes, demostraron al mundo que las ciberarmas poseían la capacidad real de generar destrucción física masiva, reescribiendo los manuales de la guerra asimétrica.

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La primera arma para la ciberguerra fue el malware Stuxnet (2010), destinado a retrasar el programa nuclear iraní al infectar la central nuclear Natanz (Foto: Genbeta)

Casi en paralelo, filtraciones masivas de contrainteligencia que comprometieron datos de la Oficina de Gestión de Personal (OPM) de Estados Unidos en 2015 evidenciaron que China había alcanzado la madurez operativa para ejecutar recolecciones de información a escala estratégica. Para responder a este escenario, Beijing centralizó sus capacidades espaciales, cibernéticas y de guerra psicológica en la Fuerza de Apoyo Estratégico (SSF) en 2015.

Hacia mediados de la década de 2020, el equilibrio se ha desplazado a un punto en el que China ha alcanzado el liderazgo mundial en múltiples tecnologías críticas, incluyendo drones hipersónicos, sistemas de defensa avanzados y patentes en IA. Según reconocen analistas como San Bresnick, del Center for Security and Emerging Technology (CSET), las adquisiciones de IA militar china se han centrado obsesivamente en sistemas de mando, control, cibernética y reconocimiento (C5ISRT).

La respuesta de Estados Unidos, iniciada durante el primer gobierno de Trump, y profundizada bajo Biden, se materializó en el desacoplamiento tecnológico mediante restricciones a la exportación de semiconductores avanzados y el bloqueo de empresas como Huawei. Lejos de detener a China, esta presión aceleró el desarrollo de un ecosistema tecnológico soberano chino, que ha desembocado en una auténtica guerra de innovación disruptiva donde el control de la big data y la robótica militar determina la balanza del poder duro global.

La integración de la empresa Palantir en el Departamento de Guerra estadounidense durante este segundo mandato de Trump simboliza una victoria del complejo tecno-militar debido a que el Estado ha absorbido la mentalidad de ingeniería·de Silicon Valley. Esto ha transformado a la defensa nacional en una extensión de la lógica corporativa en la que, mientras las ganancias se concentran, se socializan las deudas entre los contribuyentes.

La evolución de la disputa entre potencias ha sido acelerada por hitos clave. Iniciativas estadounidenses como el Sistema Combinado de Mando y Control Conjunto en Todos los Dominios (CJADC2, por sus siglas en inglés) y el programa Replicator buscan una modernización rápida, de bajo costo y escalable a través de alianzas público-privadas. Frente a esto, China articula su doctrina en torno a la "guerra inteligentizada", un concepto que busca contrarrestar las fortalezas militares de Estados Unidos mediante el uso de sistemas autónomos y enjambres de drones, integrando la IA como un multiplicador de fuerzas que podría saturar y desbordar las defensas estadounidenses.

Esta es una disputa por la propiedad intelectual y la capacidad de generar innovaciones disruptivas, donde la ventaja en investigación fundamental y modelos de frontera aún es estadounidense, pero la capacidad china de implementación a escala y con fines militares crece a un ritmo acelerado.

Entre contrastes y tonos de grises: Visiones divergentes y asimetrías

Más allá del hardware, la verdadera disputa se ubica en el plano ontológico y doctrinario. Para Estados Unidos, la asimilación de la IA, la robótica y el big data en el ámbito militar responde a lo que Alexander Karp, CEO de Palantir, ha teorizado como la "República Tecnológica". Esta representa una visión occidental (asociada a la órbita Big Tech y MAGA) donde el desarrollo irrestricto de la IA se enmarca como un imperativo ético para "proteger las democracias occidentales" de los "Leviatanes técnicos" adversarios.

Estados Unidos aun mantiene restricciones éticas y operativas bajo el paradigma human-on-the-loop (humanos en el bucle de decisión), pero Karp concibe que la soberanía estadounidense se debería legitimar a través de la eficacia operativa del software; la IA es un medio para mantener la letalidad y la ventaja logística.

En su libro Guerra cibernética y de la información mejorada con IA: un análisis comparativo de las capacidades, doctrinas e implicaciones estratégicas de Estados Unidos y la República Popular China, el investigador del Instituto ICL de Ciencias Aplicadas, Laszlo Pokorny, afirma que la doctrina estadounidense está plasmada en el concepto de "defender hacia adelante" (Defend Forward) de su Comando Cibernético (USCYBERCOM). Además, busca la superioridad operativa a través de la intercepción de amenazas antes de que lleguen a su territorio, subordinando la ética a la lógica instrumental de la eficacia técnica.

Beijing, por su parte, no separa la ciberguerra de la guerra cognitiva y legal. Su visión ontológica, influida por Sun Tzu, prioriza la dominación del espectro informativo y la desarticulación de la voluntad del adversario "sin luchar".

China muestra una mayor tolerancia a la autonomía de la IA y una integración holística del Ejército Popular de Liberación (EPL) con el sector civil. Su doctrina no ve a esta tecnología como un simple multiplicador de fuerza, sino como el entorno mismo del conflicto. Para el Ejército Popular de Liberación, dicen analistas occidentales, se trata de una fuerza transformadora que busca la "destrucción de sistemas" y la dominación cognitiva.

Aunque persigue el liderazgo tecnológico como soberanía, el gobierno de Xi Jinping plantea discursos como su "Iniciativa de Gobernanza Global de la IA", que reclama una actitud prudente y responsable de las grandes potencias y aboga por la responsabilidad última humana sobre el uso de las armas.

Esta divergencia genera una asimetría crítica en la que la estructura burocrática estadounidense (USCYBERCOM, NSA, CISA) favorece la rendición de cuentas pero sufre de lentitud institucional, mientras que el modelo centralizado chino despliega capacidades autónomas de defensa e información a una velocidad de máquina que supera los marcos legales occidentales.

Sin embargo, se revela una polarización en la que, en Estados Unidos, conviven una visión Big Tech expansionista, una visión liberal que busca cierta gobernanza y una visión MAGA de corte unilateralista y desregulador. En China, dominan una visión tecnonacionalista y otra centrada en el ser humano. Esta divergencia, sustentada en "visiones de la vida buena", representa un reto persistente para la gobernanza, mayor que los meros intereses nacionales en competencia.

Irán como laboratorio de la conciencia tecnocrática

Algunos reportes informativos develan que, a partir del ataque desplegado por Estados Unidos e Israel, Irán aparece como un laboratorio de implementación de estos ángulos doctrinarios. En este teatro de operaciones, la IA militarizada ha dejado de ser un concepto teórico para convertirse en el núcleo de la planificación de objetivos y la guerra algorítmica. Al punto que la agresión ha sido calificada por Forbes como "la primera guerra de IA".

Plataformas de procesamiento de big data, como las desarrolladas por Palantir, han sido integradas al Departamento de Guerra estadounidense para calcular trayectorias de misiles, abrumar los sistemas de defensa aérea iraníes y automatizar la identificación de blancos a velocidades suprahumanas.

La innovación reside en la compresión del ciclo de decisión (OODA). Los algoritmos, similares a los utilizados previamente en Gaza, ahora procesaron interceptaciones de comunicaciones, imágenes satelitales y datos de señales en tiempo real para sugerir o ejecutar ataques contra instalaciones nucleares y comandantes iraníes con una velocidad que supera la cognición humana.

Este despliegue, sin embargo, ha detonado un intenso debate. Por un lado, informes periodísticos sugieren que los algoritmos de IA están otorgando a la parte agresora una "ventaja letal" que permitiría neutralizar capacidades nucleares y proxies iraníes con una precisión sin precedentes. La tecnología reduce el tiempo de decisión de minutos a milisegundos, factor decisivo ante la velocidad de los misiles hipersónicos iraníes.

No obstante, esta búsqueda de la eficiencia bélica ha generado alertas críticas. Algunas voces han advertido sobre los peligros de delegar el uso de la fuerza letal a sistemas automatizados. El riesgo radica en la "inestabilidad de la disuasión algorítmica", donde la compresión de los tiempos de respuesta puede desencadenar una escalada accidental —un choque de algoritmos— que escape al control diplomático y militar humano.

El investigador Kenneth Payne, del King's College de Londres, enfrentó a tres de los principales modelos de lenguaje a gran escala —GPT-5.2 (OpenAI), Claude Sonnet 4 (Anthropic) y Gemini 3 Flash (Google)— en simulaciones de guerra. Los escenarios incluían intensos conflictos internacionales, como disputas fronterizas, competencia por recursos escasos y amenazas existenciales a la supervivencia de los regímenes. El resultado fue que las IA optaron por utilizar armas nucleares en juegos de guerra simulados en el 95% de los casos.

Por otra parte, un piloto de un avión F-15 derribado sobre el espacio aéreo iraní aseguró haber visto "varios drones interconectados que se movían como uno solo, con drones más pequeños debajo de los más grandes como si fueran piernas". CNN afirma la existencia de informes que indican que Irán había estado recibiendo asistencia de China y Rusia para el desarrollo de su tecnología de drones.

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Según The Wall Street Journal, algunos drones iraníes Shahed se pueden contrarrestar con la tecnología disponible hoy en día, pero un enjambre de docenas o cientos de ellos, controlados por inteligencia artificial, sería mucho más difícil de defender (Foto: Topwar.ru)

En su afán por asegurar la superioridad militar frente a Irán y, en el telón de fondo, frente a China, Estados Unidos está materializando la "conciencia tecnocrática" criticada por Jürgen Habermas. Al sustituir la deliberación política por la racionalidad técnica del software, el aparato militar se deshumaniza y se blindan sus procesos frente al escrutinio público.

La guerra algorítmica contra Irán demuestra que la eficiencia de la IA puede ofrecer victorias tácticas, pero a costa de desplazar la praxis política, lo que convierte la paz y la guerra en meras variables dentro de un bucle de código.

En conclusión, la disputa tecnológica entre China y Estados Unidos es una carrera por el dominio de los microchips o los algoritmos, pero también un choque de cosmovisiones sobre el futuro de la soberanía y la guerra.

Mientras se acelera hacia la autonomía letal, la emergencia de conflictos como el de Irán demuestra que la IA militarizada ya está reconfigurando el mundo, planteando el desafío urgente de establecer marcos normativos internacionales antes de que la inestabilidad algorítmica sea irreversible.

— Somos un grupo de investigadores independientes dedicados a analizar el proceso de guerra contra Venezuela y sus implicaciones globales. Desde el principio nuestro contenido ha sido de libre uso. Dependemos de donaciones y colaboraciones para sostener este proyecto, si deseas contribuir con Misión Verdad puedes hacerlo aquí<