Sáb. 28 Noviembre 2020 Actualizado 11:27 am

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La Asamblea Nacional es el órgano legislativo de Venezuela (Foto: Archivo)

Legitimar el Poder Legislativo: una tarea de 200 años

Venezuela se prepara para un nuevo ciclo político posterior a las elecciones legislativas de este año, un proceso que, como ya sabemos, ha costado encaminar debido a los intereses particulares de actores que se oponen al gobierno y también al contexto social tras la pandemia por Covid-19.

Sin embargo, algunos aspectos de la vida política en este ciclo nos recuerdan otros ya pasados, que perduran por la fuerza propia que contienen y que obligadamente debemos repasar para seguir reafirmando cuán importante es transitar por unas elecciones en nuestro país.

Hace 200 años, y antes de que el poder legislativo se instaurara plenamente en Angostura, El Libertador tenía objetivos políticos muy claros para transformar el debilitamiento del sistema de gobierno de entonces de cara al mundo. Para lograrlo, Bolívar debía legitimar las instituciones del Estado reinstitucionalizando el proceso independentista.

En 1817, en Angostura, Bolívar desarrolló una ardua labor ejecutiva que inició con el decreto de la unificación de Guayana al territorio nacional. En una conversación con el investigador Diego Nava, éste me recordaba que "al haber anexado la provincia de Guayana que en ese momento comprendía Delta Amacuro, Bolívar y Amazonas al resto del proceso independentista, El Libertador le daba un carácter legal al mismo".

Un detalle histórico de esta fecha y que también vale la pena recordar, es que el 20 de noviembre de ese mismo año, Bolívar dijo en el Decreto de Creación de la Octava Estrella: "Habiéndose aumentado el número de provincias que compone la República de Venezuela, se le anexará una octava estrella al pabellón nacional", un acontecimiento que rompe con la propaganda antichavista que en pleno año 2020 todavía sostiene que la octava estrella en el pabellón nacional era un "capricho" del Comandante Hugo Chávez.

Nava también destaca la creación en ese mismo año del Consejo de Estado y un Consejo de Gobierno Provisional (que gobernaba en ausencia del Libertador). En lo que hoy se conoce como la Casa del Congreso de Angostura,

"Bolívar creó seccionales: la seccional de guerra y marina, la seccional de interior y justicia y la seccional de hacienda, también creó la alta corte de justicia y la primera ley de haberes militares, una ley que reconocía el papel fundamental que llevaban a cabo las armas y el ejército venezolano, reconoce sueldos, salarios y crea un consulado mercantil que fomentó el comercio internacional en la provincia con las Antillas y otras potencias, creó también la sede del Estado Mayor General, un cuerpo de alto mando militar".

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Casa donde se celebró el Congreso de Angostura en 1819 (Foto: Guillermo Ramos Flamerich)

Todo esto trajo consigo la transformación de un sistema de gobierno que se consolidó dos años después con el Congreso de Angostura y la puesta en marcha de lo que hoy conocemos como el Poder Legislativo. En la que fuera capital republicana de Venezuela por cuatro años, asediada por el imperio español, Simón Bolívar buscaba entonces el reconocimiento internacional a la causa independentista y que se borrara de una vez por todas la visión de que quienes luchaban por liberar a Venezuela era una turba de "montoneros casi canibalizados".

Es precisamente con ese despliegue de gobernanza que el movimiento independentista se establece a partir de sus instituciones.

203 años más tarde, la historia nos recuerda que el proceso de legitimación institucional parece cíclico: durante 2019 y 2020 los poderes del país han intentado destruirse a partir de un gobierno ficticio que construyó paralelismos en las instituciones del Estado, y encontró en el poder legislativo -ese que le costó tanto esfuerzo al Libertador cimentar- la forma perfecta de entregar el país a potencias extranjeras y saquear sus recursos.

Las elecciones parlamentarias de este año arrastran todo el esfuerzo libertario que cito previamente, toda la lucha que devino en sangre derramada de miles de venezolanos, también de gestiones incansables, a veces cuestionables o incomprensibles por la necesidad de resolución al conflicto político y social que transitamos.

Pero al repasar los hechos, comienza a verse con mucha más claridad que el presidente Nicolás Maduro liderice procesos de diálogos con sectores que le adversan, o que coordine conversaciones con líderes y políticos extranjeros que puedan servir de veedores en el proceso electoral que se avecina, porque sin duda alguna Venezuela debe relegitimar la Asamblea Nacional y emprender el camino a un reconocimiento internacional que ayude a poner fin al asedio que el gobierno estadounidense y sus aliados sostienen a través de las medidas coercitivas unilaterales y el bloqueo.

Para el chavismo, que en esencia es la continuación del bolivarianismo, hay un compromiso elevado para el 6 de diciembre, que no se traduce en discursos panfletarios, que abarca un compromiso social histórico, que va más allá de la demagogia por el voto: se trata de valorar y hacer justicia con la tarea de Bolívar; lograr un poder legislativo cohesionado y firme ante nuestros intereses como pueblo, que nos devuelva la tranquilidad que se necesita para desenvolvernos bajo las formas que decidamos los venezolanos, sin injerencia, sin ningún interés más que el de fundarnos como país.

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