Dom. 24 Octubre 2021 Actualizado 8:13 am

Hugo Chávez: "No voy a traicionar mis orígenes"

Del Comandante Hugo Chávez podríamos escribir una hagiografía o quizás un anecdotario de las batallas que dio y venció a través de los años, tareas que vienen a cuento en una fecha tan celebrada por millones de venezolanos como lo es el natalicio del líder histórico de la Revolución Bolivariana.

Pero decidimos rastrear aquellos años de infancia que tan importantes fueron para su formación y posterior sino en la historia reciente, para reproducirlos en esta tribuna como homenaje no solo a él, sino a los orígenes que forjaron su carácter y, por ende, la naturaleza del chavismo.

Los fragmentos aquí republicados forman parte del libro Chávez nuestro, de los cubanos Rosa Miriam Elizalde y Luis Báez, quienes entrevistaron a familiares, amigos y compañeros del Comandante para dar una perspectiva íntima, pero que la sobrepasa, de su figura y todo lo que representa para Venezuela.

Los testimonios presentados son los de Flor Figueredo, Joaquina Farías y María Gil de Chávez, primero, y de Hugo Chávez, después, conectados por el dato cultural que representa los orígenes nunca traicionados por el arañero de Sabaneta.


Arañas y lochas

La familia Figueredo era amiga de los Chávez Frías desde antes del casamiento de Elena y Hugo de los Reyes. Eso dice Rosa Figueredo sentada en su taburete. No escucha bien a los periodistas –"mal de oídos", asegura–, pero logra captar que la conversación gira en torno a los Chávez Frías: "Sí, Rosa Inés era mi amiga, y también conocí a su mamá, Rosa Chávez", y un largo paréntesis de silencio se abre mientras toman cuerpo en su mente imágenes de por lo menos medio siglo atrás.

Flor Figueredo, hija de Rosa y contemporánea de Hugo, recuerda perfectamente que él siempre llevaba en su morralito, protegidas dentro de un frasco caramelero, las “arañas de lechosa” que preparaba la abuela de los Chávez. Flor nos cuenta:

Rosa Inés le decía al niño: "Mire, Huguito, si usted vende ocho arañas, son ocho lochas las que tiene que traer. Recuerde que un bolívar tiene un real, un medio y dos lochas". Él llevaba los dulces para el colegio y los vendía al terminar las clases. Un día dos muchachitas, hijas de don Julián Colmenares, un señor que tenía un taller, le comieron las arañas a Hugo.

Casi lo estoy viendo: tenía unos diez años, y lloraba por esa calle, pensando en lo que le iba a decir la abuela. Lo que más le dolía era la pena que le iba a causar. Ella era buena y dulce, con un carácter así como el de Adán. Cuando lo vio llegar, Rosa Inés le dijo: "Pero, hijo, ¿dónde estaba usted cuando le comieron esas arañas?".

A veces me vienen esos recuerdos, y tal parece que una lo tiene delante. Como cuando lo veía llegar de la Madre Vieja, por donde pasaba antes el río Boconó. Con él venían Félix, Andrés Sequera, Laureano, Pancho Bastidas, Cigarrón, Leoncio... cargados de varitas de caña bravas para construir los papagayos... Hugo era el líder de todos ellos. Tenía un carácter fuerte y era incansable. Él se ponía a jugar al béisbol ahí en la calle. Le decían "el Zurdito de Oro" y "el Látigo Zurdo", aludiendo a "Látigo Chávez", que era el ídolo de todos ellos.

Una, que lo vio tan pequeño, se dice: ¡quién se iba a imaginar! ¡Mire, usted, a dónde llegó Huguito! Ese muchacho que una vio nacer, que era pobre como todos nosotros, que nada tenía, y ahora está defendiéndonos. Era para que en este pueblo, donde yo he visto puro pobre pobre, no hubiera ni adecos ni copeyanos, sino puro chavista, pues

Alpargatas

A veces llamaban a Hugo por un apodo, "el Coco", porque lo pelaban bajito y tenía la cabeza clara, amarilla como un coco. La hermana de doña Elena, Joaquina Frías, sonríe con el recuerdo:

Rosa Inés, que Dios tenga en la gloria, guardaba en un guardapelos unas mechas de cuando Adán y Hugo eran niños. Era fácil saber a quién pertenecían. Las mechitas de Hugo eran amarillitas. Nomás pelo amarillo, pero enchurruscao pues, como buen bachaco.

En una ocasión, Joaquina vio a Rosa deshecha en lágrimas...

Fue el primer día que Hugo fue al colegio. No lo dejaron entrar. Llevaba unas alpargatitas viejas, las únicas que tenía. La abuela lloraba y lloraba porque no le alcanzaban los dineros para comprarle zapatos. Daba dolor ver a aquella mujer, tan fuerte con la vida, penar de aquel modo. No sé cómo hizo para comprar otras alpargatas y así el chamo pudo volver al colegio. Sus padres ganaban unos 300 bolívares al mes. Muy poquito. Con eso tenían que alimentar a los cuatro hijos y ayudar a Rosa.

Los dulces de María

Rosa Inés era descendiente de los indios del llano. María Gil de Chávez, viuda de José Anastasio Chávez, la conoció muy bien.

El padre de la señora era un coleador llanero, negro, que está enterra’o en la sabana de Guanarito. Rosa era una india grande, de mucho respeto y buen ver. Se le murió el marido y nunca se volvió a casar. Desde que la conocí, su vida fueron sus nietos.

Los niños iban hasta la casa de María, en Santa Rita, muy cerca de Sabaneta, y ella les preparaba lo mejor que tenía.

¡Cómo le gusta a ese muchacho la hallaca de pescado, la carne asada, la merengada de cambur y el dulce de lechosa! Todavía le sigo haciendo ese dulce, y se lo llevo a donde él esté, cada vez que pasa por esta zona.

María sonríe porque logra recordarlo probando sus conservas de coco en todas sus variantes: la requemada, la aturronada o de ladrillo, la melcochosa; y los dulces de durazno, de tamarindo y de calabaza. No hace mucho que le hizo a Hugo un dulce de lechosa, su preferido.

Se lo llevé cuando estuvo aquí inaugurando La Tomatera, y le grité: "¡Huguito!", y él me contestó: "¡Ahí está la abuela!". Y yo con más gritos: "Le traje su dulcecito, mi amor". La gente me abrió paso, y se lo entregué.

Cuando él estaba en la cárcel, hice muchas promesas y recé todas las noches a la Virgen de Coromoto pidiéndole por él. Cuando salió de Yare vino acá, a mi casa. Antes le cocinaba más a menudo, pero ahora me duele no hacerle sus dulces. Sufro de una broma del corazón y por eso no he podido llevárselos a Caracas. Pero se lo dije el otro día: "No se preocupe, mi’jo. Cada vez que venga a Sabaneta o a Barinas, voy y le llevo su dulcecito".

¿Por qué lo quiero tanto? Ah, él da mucho amor y no tiene a menos a los pobres. Eso es algo que nosotros no olvidamos. A mí siempre, siempre me abraza, como cuando era un carajito, y hasta me pone las manos así juntitas para pedirme la bendición.

Recuerdo de Sabaneta

Se me aguan los ojos cuando leo lo que ustedes han escrito de Sabaneta. Por ejemplo, eso que les dijo Flor Figueredo.

María nos dijo que cada vez que usted pasa por allá, ella lo busca para llevarle un dulce.

¡Ah!, María Chávez, allá en Santa Rita. ¿Fueron a Santa Rita?

Sí.

Nosotros íbamos hasta en bicicleta. Está enferma del corazón la María.

Nos contó que padece de una "broma" en el corazón y que por eso ya no le puede traer dulces a Miraflores.

Ella me lleva los dulces a dondequiera y se mete entre los soldados: "Déjeme pasar, que yo soy la tía abuela".

Y Joaquina Frías recordó que su abuela Rosa Inés lloró desconsolada porque usted no tenía zapatos para ir a la escuela.

¡Ah!, las alpargatas viejitas que hicieron llorar a mi abuela… ¿Rosa Figueredo está viejita, verdad? Ella era muy amiga de mi abuela. Abuela vivía en una esquina y Rosa Figueredo en la otra, a una cuadra, y eran más o menos de la misma edad. Mi abuela murió muy joven.

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Hugo Chávez en sexto grado, año 1965 (Foto: Reuters)

Qué sentimiento tan bonito recibí cuando leí lo que dijo Flor Figueredo. Ella era muy bella. Fue novia de un español, un canario, y yo la celaba. Flor se la pasaba en nuestra casa, porque era amiga de mi mamá. Recuerdo que un día me tocó dar un discurso en honor del primer obispo que nombraron en Barinas, monseñor Rafael Ángel González Ramírez. El obispo visitó Sabaneta. Yo estaba en sexto grado y me designaron para decir unas palabras a través de un microfonito. Flor Figueredo, tan linda, me dio un beso. Me sentí en las nubes. No se me olvida que me dijo: "A Huguito le va a gustar dar discursos, mira qué bien lo hace".

No voy a traicionar mis orígenes

No voy a traicionar mi infancia de niño pobre de Sabaneta. Inmediatamente después que enterramos a la abuela Rosa Inés, en enero de 1982, me fui para la casa de Adán y allí, en la noche, junto a una lamparita que él tenía en su pequeño, estudio escribí un poema dedicado a ella.

Me salió de un tirón. Fue una especie de juramento ante Rosa Inés, una memoria que es para mí sagrada:

Quizás algún día,

mi vieja querida,

dirija mis pasos

hacia tu recinto.



Con los brazos en alto

y con alborozo

coloque en tu tumba

una gran corona

de verdes laureles.

Sería mi victoria,

sería tu victoria,

y la de tu pueblo

y la de tu historia.



Y entonces,

por la Madre Vieja

volverán las aguas

del río Boconó,

como en otros tiempos

tus campos regó,

y por sus riberas

se oirá el canto alegre

de tu cristofué

y el suave trinar

de tus azulejos

y la clara risa

de tu loro viejo.



Y entonces,

en tu casa vieja

tus blancas palomas

el vuelo alzarán.

Y bajo el matapalo

ladrará Guardián,

y crecerá el almendro

junto al naranjal.



Y también el ciruelo

junto al topochal

y los mandarinos

junto a tu piñal

y enrojecerá

el semeruco

junto a tu rosal

y crecerá la paja

bajo tu maizal.



Y entonces,

la sonrisa alegre

de tu rostro ausente,

llenará de luces

este llano caliente

y un gran cabalgar

saldrá de repente.

Y vendrán los federales

con Zamora al frente,

y el catire Páez

con sus mil valientes,

las guerrillas de Maisanta

con toda su gente.



O quizás nunca, mi vieja,

llegue tanta dicha

por este lugar.

Y entonces,

solamente entonces,

al fin de mi vida,

yo vendría a buscarte,

Mamá Rosa mía,

llegaría a la tumba

y la regaría

con sudor y sangre,

y hallaría consuelo

en tu amor de madre

y te contaría

de mis desengaños

entre los mortales.



Entonces,

abrirías tus brazos

y me abrazarías

cual tiempo de infante

y me arrullarías

con tu tierno canto

y me llevarías

por otros lugares

a lanzar un grito

que nunca se apague.

Esos versos han sido y seguirán siendo mi compromiso con ella y conmigo mismo. Al lado de Rosa Inés conocí la humildad, la pobreza, el dolor, el no tener a veces para la comida; supe de las injusticias de este mundo. Aprendí con ella a trabajar y a cosechar. Conocí la solidaridad: "Huguito, vaya y llévele a doña Rosa Figueredo esta hallaca, este poquito de dulce". Me tocaba ir, en su nombre, repartiendo platicos a las amigas y a los amigos que no tenían nada, o casi nada, como nosotros. Y siempre venía también de vuelta con otras cositas que mandaban de allá: "Llévele a doña Rosa esto". Y era un dulce o alguna otra cosita de comida, que si una mazamorra o un bollito de maíz. Yo aprendí con ella los principios y los valores del venezolano humilde, de los que nunca tuvieron nada y que constituyen el alma de mi país. Traté de decirle a Rosa Inés en ese poema que nunca voy a olvidar sus enseñanzas y que nunca traicionaré nuestros orígenes.

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