Jue. 29 Octubre 2020 Actualizado 11:10 am

La Carta de Jamaica revisitada: una lectura actual

“Seguramente la unión es la que nos falta para completar la obra de nuestra regeneración”. Simón Bolívar.


Luego de haberse exiliado de Venezuela y de Nueva Granada, Bolívar llegó a la isla de Jamaica, colonia británica por entonces, en 1815 con el fin de dedicarse al estudio y análisis de sus propias experiencias como fundador de repúblicas y como conductor de guerras. El descanso aún no sería propicio, comisionando a sus hombres más leales y a sí mismo la búsqueda de apoyo internacional a la causa independentista.

Debe verse su tránsito por Jamaica como un esfuerzo notable por acercar los esfuerzos de emancipación con los intereses de la Inglaterra capitalista y colonial, ya erigiéndose como un Imperio por su papel mundial como por la influencia en el Caribe.

Muchos pudieran agarrarse de este gesto para afirmar que Bolívar era un liberal convencido que trataba de hacer lo que otros tantos, hoy, pesquisan a través del apoyo de gobiernos extranjeros para conseguir un “cambio de régimen”, e incluso algunos intentan ligar la figura de Juan Guaidó a la del Libertador de manera ahistórica e irresponsable, sin siquiera tomar en cuenta las circunstancias que definieron aquel Año Terrible (1813–1814) y los esfuerzos de los independentistas, muy diferentes a los producidos por los vasallos del Departamento de Estado.

En efecto, y como escribe Miguel Acosta Saignes en Acción y utopía del hombre de las dificultades, a Bolívar no lo impulsaba el afán de poder ni era un súbdito colonial a la usanza de esos actuales dirigentes antichavistas, sino

“las correlaciones históricas dirigidas al nacimiento de las nacionalidades americanas. Era el portavoz de los combates anticoloniales que se prolongarían hasta la segunda mitad del siglo XX, en la primera etapa de logros, la de estructurar las nacionalidades hispanoamericanas”.

El impulso bolivariano, de hecho, nada tenía que ver con apegarse a los designios de las metrópolis colonialistas, como pretenden hacer ver algunos historiadores de mala fe. Los recursos de España para la guerra sobrepasaban las capacidades de los criollos, que hasta ese momento no habían tenido un conductor que encauzara sus imperativos históricos para convertirlos en clase revolucionaria.

La preparación de Bolívar en Jamaica produce una conciencia emancipadora en los precursores de la causa independentista cuya máxima expresión se encuentra en la tantas veces estudiada y citada Carta de Jamaica del 6 de septiembre de 1815. Allí se coteja el análisis que hace Bolívar de lo ocurrido en los años anteriores a su exilio, los costos de la llamada por él “guerra de exterminio” colonial, la situación geopolítica de la América colonizada y, asimismo, la lectura sociológica de un continente con el fin de permitir imaginarlo cohesionado.

Es por eso que el Libertador se atreve a afirmar que “el Nuevo Mundo” es un país, así como lo es Inglaterra, Estados Unidos, Francia u otra nación constituida. Aquella afirmación de que “nosotros somos un pequeño género humano”, producto de un mestizaje sin precedentes, una población variopinta enlazada por una misma historia colonial (política, económica, cultural, etc.), pasa de ser expresión retórica a móvil político que provee una identidad a la lucha criolla y, yendo más allá de la lectura clasista de Bolívar, a todas las demás (indígenas, negras, pardas, zambas, mulatas, etc.).

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Tomando en cuenta esta estela de pensamiento, la falta de unidad de propósitos y diferencias de opinión, lo que en la Carta describe como “partidos”, es una quimera política de la que adolecen todos los países, pero que en tiempos de guerra se trasluce como una piedra de tranca para la sostenibilidad del propio campo.

Si bien, como escribe Bolívar, “el destino de la América se ha fijado irrevocablemente” en su afán de independencia, para ese momento aún no comprendía las lecciones de la revolución haitiana: que la unidad no se logra con prerrogativas y bajo la conducción de una clase particular, más bien “era necesario convocar en plano de igualdad a los sectores desposeídos, sin dejar olvidados a los últimos de la escala sostenida secularmente por los españoles” (Acosta Saignes dixit).

Dicha unidad política, trasladada a nuestros tiempos, y tomando como ejemplo nada más a la Venezuela contemporánea, debe ser la punta de lanza en las actuales circunstancias de un país que se encuentra asediado y expoliado de manera sistemática por enemigos internos y externos. En la República Bolivariana no existe una revolución clasista sino basada en una especie de nuevo contrato político y social que, por suerte, no depende del desencuentro de intereses entre partidos, gremios e individuos con poder, aunque se deba reclamar una especie de cohesión nacional frente a la destrucción propiciada por los enemigos.

Tal unidad primero debe verse en la perspectiva de quienes reconocen el desconocimiento de hacia dónde se va luego de haber tenido algunos reveses tácticos, pero haciendo las labores para reconstruirse sobre sí mismo y volver con el ímpetu de seguir la gesta estratégica, trazada incluso jurídicamente por la Constitución bolivariana.

Bolívar, en su Carta, aún no comprende qué implica tal unidad, pero no desmaya en insistir sobre la tarea de conducir una revolución, a pesar de las dificultades. Actualmente este llamado se hace de manera expresa desde el gobierno venezolano y los distintos sectores que aún apoyan y sostienen con sus manos la posibilidad de seguir construyendo una República genuina y original, a la usanza de Simón Rodríguez (y del Bolívar posterior a 1816).

Esa implicación unitaria a su vez se encuentra vapuleada, infamada y saboteada por Estados Unidos, dándole la razón al Libertador cuando fustigaba la indiferencia de las potencias ante la América colonial. Escribe: “(…) llego a pensar que se aspira a que desaparezca la América”, como profetizando que si la propuesta de anfictionía, de acuerdo mutuo entre pueblos tanto para la guerra como para la paz, no se llega a concretar, los gestos de solidaridad y apoyo en momentos difíciles mucho pueden empujar a que no desaparezca la esencia que nos sostiene como “pequeño género humano”.

También, la geopolítica de los intereses por sobre la ideología se ha fijado como una determinación del mundo actual; así como Bolívar, que buscaba fuentes de abastecimiento y de intercambio comercial, intentaba atraer a Inglaterra como aliado o socio para América, Venezuela y otros países oprimidos hoy fortalecen los lazos que los unen con el bloque euroasiático en ascenso (China, Rusia, Irán, etc.). La indiferencia internacional no es tal en ese sentido, pero la nueva geopolítica de los pueblos no lo es todo para sostener el proyecto bolivariano de cuño chavista.

Es, más bien, y ampliando el panorama del análisis que se desarrolla en la Carta, la toma de posición activa sobre nuestra propia gobernabilidad. La pasividad, o en otras palabras: la dependencia y la ausencia de una política económica coherente a los fines del proyecto, son las armas fundamentales que contribuyen a armar la guerra (híbrida) que se nos impone de manera cotidiana.

La otra opción, la de continuar la estela bolivariana bajo un signo propio, podría concretar la gesta que nos convoca de manera contemporánea, que es la tarea fundamental de la regeneración tan insistida por los libertadores del siglo XIX.

Ya no somos (ni puede serlo) un mundo aparte, “cercado por dilatados mares”, sin embargo la venezolana es todavía una sociedad que tiene a disposición todas las artes y las ciencias para desarrollar (y no desarrollistamente) las potencialidades republicanas, por lo menos hacia una estabilidad política, económica y social que deje atrás, parafraseando al Bolívar de Jamaica, “los viejos usos de la sociedad civil”.

Ardua tarea, pero es.

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