Vie. 06 Febrero 2026 Actualizado 11:17 am

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Thomas Massie presenta frente al Capitolio el proyecto de ley diseñado para desclasificar los archivos secretos sobre Jeffrey Epstein, el 21 de julio de 2025 (Foto: AP Photo)
Retrato de una decadencia

El caso Epstein como síntoma de un sistema roto

La publicación del último lote de documentos del caso Jeffrey Epstein por parte del Departamento de Justicia de Estados Unidos volvió a poner en circulación una de las tramas más incómodas del poder contemporáneo.

Cerca de 3 millones de páginas salieron a la luz a finales de enero, en un contexto político particularmente sensible. Para Donald Trump, hacer públicos los documentos era una promesa explícita ante su base, un gesto de ruptura con un sistema percibido como opaco y protector de élites. Pero al mismo tiempo, el contenido de los archivos roza —directa o indirectamente— a figuras centrales del propio establishment político, económico y mediático estadounidense, incluyendo al propio presidente. Esa tensión explica la forma errática y defensiva con la que el proceso ha sido administrado desde el poder ejecutivo.

Lo que comenzó a destacar en los días posteriores a la publicación fue la reacción desigual del ecosistema mediático y político. Mientras algunos medios optaron por coberturas fragmentarias, relegadas a secciones secundarias o enfocadas en ángulos laterales, otros guardaron un silencio casi total. El contraste entre la magnitud de lo divulgado y la casi omisión en su tratamiento público expuso una lógica de contención que va más allá de criterios periodísticos convencionales.

La narrativa controlada

La reacción de los grandes medios estadounidenses y anglófonos se caracterizó por la cautela. La presencia del tema en portadas y espacios destacados fue, en la mayoría de los casos, marginal o directamente inexistente.

Los principales diarios y portales no ignoraron por completo la noticia, pero la relegaron a secciones secundarias o a enfoques fragmentados que evitaron confrontar de lleno las implicaciones políticas del material divulgado. La excepción más visible fue CNN, que optó por mantener un agregador activo con actualizaciones constantes y un tono marcadamente más agresivo, convirtiéndose en uno de los pocos medios mainstream que asumió el caso como un eje informativo sostenido.

En el New York Times el tratamiento se concentró en dos líneas principales: la mención de Donald Trump dentro de los archivos y la presencia de imágenes de desnudos entre los documentos publicados. Ambas notas aparecieron en bloques secundarios de la portada sin desarrollar en profundidad la red de relaciones de poder que emerge del conjunto del material. La aproximación fue descriptiva, enfocada en el volumen y el contenido explícito que en las implicaciones estructurales.

Esa lógica se repitió en otros casos, aunque con matices reveladores. Una nota centrada en Bill Gates funcionó, en la práctica, como una suerte de derecho a réplica preventivo. Tras una corrección publicada al día siguiente, el medio aclaró que fue el propio Gates, y no su fundación, quien se distanció de Epstein, subrayando la ruptura personal como un dato central. El énfasis estuvo puesto en delimitar responsabilidades y contener daños reputacionales.

Algo similar ocurrió con el multimillonario británico Richard Branson. Los correos "afectuosos" intercambiados con Epstein y las gestiones informales en favor del financiero fueron reseñados con un tono casi anecdótico, destacando que su oficina no había emitido comentarios. Incluso cuando los documentos sugieren intentos de mediación ante figuras como Bill Gates para respaldar a Epstein en momentos críticos, el relato se mantuvo bajo una neutralidad que evitó cualquier cuestionamiento de fondo.

El contraste se vuelve más nítido al observar el tratamiento de Howard Lutnick, actual secretario de Comercio y vecino de Epstein en Palm Beach. A diferencia de otros multimillonarios, Lutnick no recibió el mismo colchón narrativo. Aunque insistió públicamente en haber roto todo vínculo con Epstein, los archivos divulgados contradicen esa versión. El reportaje que recoge su desmentido incluye un detalle casi literario, una llamada telefónica en la que niega todo y luego cuelga abruptamente, que deja entrever una posición defensiva y políticamente frágil. Aquí, la protección mediática parece menos sólida.

Otros medios optaron directamente por minimizar el impacto. Al cierre de la primera semana tras la publicación, ni Los Angeles Times ni The Washington Post habían dedicado espacios destacados a las ramificaciones más explosivas del caso. El primero volvió a priorizar ángulos internacionales, como la renuncia de un asesor presidencial eslovaco o contactos con figuras consideradas periféricas para el público estadounidense. El segundo se refugió en terrenos más seguros: análisis generales de "lo que contienen" los archivos, el ex príncipe Andrew como figura ya sacrificada, o la microsaga en torno a los Clinton, un blanco históricamente tolerado dentro del sistema mediático.

Axios, en la misma línea, relegó el tema a una mención breve en su boletín, y Politico se limitó a registrar la publicación sin otorgarle visibilidad en su portada. En conjunto, la cobertura sugiere una aproximación táctica: informar lo justo para no parecer omisos, sin amplificar un material que expone con crudeza el entramado de poder en el que operaba Epstein.

De Epstein a la élite global

Uno de los puntos de partida ineludibles de este caso es que la liberación de los documentos fue, durante años, una promesa central ante la base MAGA: un símbolo de ruptura con las élites, del supuesto carácter insurgente de Donald Trump frente a un sistema acusado de encubrir a los poderosos.

Sin embargo, desde mucho antes de esta publicación, Trump ha mostrado una relación ambigua con ese compromiso. Por un lado, capitalizó políticamente la exigencia de "abrir los archivos"; por otro, reaccionó de forma defensiva ante su propia exposición. La firma del Epstein Transparency Act, impulsada desde el Congreso para forzar la liberación integral de los documentos, se produjo en ese contexto de presión cruzada, donde se debía cumplir una promesa clave sin asumir plenamente los costos políticos que implicaba. El subprocurador general Todd Blanche confirmó que esta publicación marcaba el cierre del proceso de evaluación por parte del Departamento de Justicia, subrayando que se liberaron incluso denuncias, presunciones y materiales sin "potencial procesal" claro.

Ese marco legal abrió una nueva capa de controversias. Existe un consenso amplio que atraviesa a víctimas, abogados y analistas sobre el manejo deficiente del proceso. No solo por la omisión selectiva de actores relevantes dentro de la trama, sino por la forma en que numerosas víctimas quedaron nuevamente expuestas sin que exista una vía real de justicia. Con Epstein muerto, Ghislaine Maxwell condenada y varios testigos clave fallecidos, la posibilidad de avanzar en causas judiciales sustantivas es limitada.

Pero esa imposibilidad judicial no neutraliza el impacto político y simbólico del material divulgado. Los archivos provocan un daño reputacional profundo y reabren interrogantes incómodos sobre las élites transatlánticas. Aunque muchas menciones sean circunstanciales o indirectas, adquieren peso al insertarse en un contexto de relaciones sostenidas y encuentros documentados. El retrato que emerge es el de un ecosistema de poder profundamente amoral, donde la proximidad a Epstein es un punto de contacto entre finanzas, política, tecnología e influencia internacional, incluyendo actores vinculados a Israel.

Desde la gestión exclusiva de los fondos de Leslie Wexner, su paso por Bear Stearns antes del colapso financiero de 2008, hasta su cercanía con figuras como Bill Gates, Sergey Brin, Larry Page, Peter Thiel, Elon Musk o el ex primer ministro israelí Ehud Barak, se configura una red donde convergen inteligencia artificial, vigilancia, desregulación extrema y aplicaciones militares de alta precisión, con un marcado acento israelí y proyecciones directas en conflictos contemporáneos.

Esta evolución sugiere algo más que un escándalo sexual encubierto. Apunta a una mutación del modelo clásico de lavado de activos, históricamente asociado al narcotráfico o al tráfico de armas, hacia estructuras plenamente integradas en la economía legal y en los circuitos de poder legítimo. No es menor que las primeras investigaciones sobre estas redes quedaran desplazadas por las denuncias sobre la conducta depredadora de Epstein, que derivaron en condenas indulgentes.

El terremoto externo tras las revelaciones

Mientras los grandes medios y las instituciones estatales administran silencios, el impacto social y político de los archivos Epstein se desplaza hacia un territorio que escapa al control del poder formal. En redes sociales el debate se desarrolla con una intensidad que contrasta de forma abrupta con la cautela del establishment. Allí, los documentos se interpretan y se politizan sin los filtros habituales, configurando un clima de desconfianza que se extiende al funcionamiento mismo del sistema político estadounidense.

Este fenómeno no es homogéneo ni ideológicamente coherente. Conviven sectores de derecha radical, comunidades progresistas, libertarios, movimientos antiestablishment y ciudadanos sin adscripción política clara. Incluso dentro del universo MAGA se percibe una fractura, algunos líderes guardan silencio o relativizan las revelaciones y una parte de su base observa con incomodidad cómo las promesas de transparencia chocan con la persistencia de zonas intocables.

En este contexto, el reclamo por rendición de cuentas adquiere una centralidad particular. La presión por la aplicación íntegra del Epstein Transparency Act se ha convertido en uno de los pocos puntos de convergencia entre sectores políticos enfrentados. Los congresistas Ro Khanna (demócrata) y Thomas Massie (republicano), impulsores de la ley, han insistido en que la divulgación debe completarse sin excepciones, incluyendo los nombres y materiales que permanecen suprimidos. Ambos han advertido incluso sobre la posibilidad de iniciar un proceso de impeachment contra la fiscal general Pam Bondi si el Departamento de Justicia no cumple de manera estricta con lo dispuesto por la norma.

Pero esta batalla ha tenido costos políticos internos, especialmente dentro del Partido Republicano. Donald Trump dirigió ataques directos contra figuras que, desde su propio espacio, respaldaron la exigencia de transparencia. La excongresista Marjorie Taylor Greene abandonó su escaño tras ser señalada como "traidora" y recibir amenazas; la congresista Nancy Mace anunció que no buscará la reelección; y Thomas Massie se ha convertido en blanco recurrente de hostigamiento presidencial. Estos episodios ilustran hasta qué punto el caso Epstein opera como una línea de fractura que atraviesa alianzas y jerarquías partidarias.

El clima social en el que estallan estas revelaciones se entrelaza con otros focos de tensión interna. Las nuevas movilizaciones contra el ICE, herederas del espíritu de las protestas de 2020, alimentan la percepción de un país sometido a una presión constante, donde la coerción estatal y la impunidad de las élites parecen avanzar en paralelo.

Desde una visión más amplia, el caso Epstein se convierte en un catalizador que reitera la certeza acerca de la existencia de una élite que concentra poder económico, político y simbólico, blindándose ante cualquier intento de rendición de cuentas efectiva. La publicación parcial de los archivos muestra que el conocimiento sobre las propias élites occidentales se administra estratégicamente, liberando información cuando conviene y ocultándola cuando amenaza con desestabilizar el orden existente.

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