Mar. 28 Abril 2026 Actualizado 4:21 pm

miraflores

La presidenta encargada Delcy Rodríguez encabeza una etapa política de nuevo cuño y trascendencia para Venezuela (Foto: Prensa Presidencial)
Un análisis multifactorial

Estabilidad, economía y recomposición política en el presente venezolano

En una reciente entrevista en el programa Análisis Situacional con Óscar Schémel, nuestro analista Diego Sequera ofreció una lectura del momento político venezolano a partir de los primeros cien días de la gestión de la presidenta encargada Delcy Rodríguez.

Su lectura se ubica en un momento marcado por un evento de alta carga traumática y por un entorno internacional adverso que condiciona las dinámicas internas del país.

Estabilidad política en un escenario inédito

El análisis parte de la idea de que el momento político actual constituye una situación excepcional dentro de la experiencia venezolana reciente. La transición se produjo a partir de un hecho con fuerte impacto traumático, lo que abrió un escenario que, en otros países con circunstancias comparables, ha derivado en quiebres institucionales o en procesos de fragmentación estatal.

Aun con ese origen, el desarrollo posterior no derivó en una crisis prolongada, como suele ocurrir en contextos similares. El funcionamiento de las instituciones se ha mantenido, al igual que la conducción política, sin que se haya producido una fractura interna de gran magnitud. Este rasgo distingue el caso venezolano en el período actual.

Sequera señala que, en contraste con experiencias internacionales donde situaciones semejantes han desembocado en procesos de desintegración, el país logró mantener las tensiones dentro de límites controlables: "Todos los precedentes apuntan a la desintegración nacional… y eso no es lo que estamos viendo en este momento". Este resultado se relaciona con factores acumulados durante etapas previas, como la experiencia organizativa y el papel del Estado en la coordinación institucional.

Tras años de conflictividad política, con profundas implicaciones económicas, se observa una tendencia a priorizar la estabilidad en la vida cotidiana. Esta actitud se refleja en la importancia que se le atribuye a la normalidad, incluso bajo condiciones de presión.

Este comportamiento tiene antecedentes en la trayectoria política reciente. Sequera lo vincula con aprendizajes colectivos que incluyen el rechazo a escenarios de violencia prolongada o a rupturas institucionales. Las experiencias previas de conflicto contribuyeron a establecer límites frente a alternativas que implican desenlaces inciertos.

"Aquí hay un rechazo mayoritario del país contra la violencia, contra la subversión, contra los atajos".

Los primeros cien días de gestión adquieren relevancia por la forma en que el conflicto ha sido canalizado sin escalar hacia niveles mayores de inestabilidad. Se ha sostenido una capacidad de acción orientada a la negociación y al manejo de tensiones, aun en condiciones restrictivas.

Este desempeño se interpreta como un ejercicio de conducción política con características poco comunes en el contexto actual. Estudios cualitativos, indica Sequera, registran una valoración que vincula esta capacidad con una respuesta eficaz ante un entorno adverso.

"La gente resalta y describe como épica la capacidad que ha tenido la presidenta de gestionar el conflicto y evitar una tragedia mayor".

La estabilidad política, en este caso, es el resultado de la interacción entre instituciones, liderazgo y comportamiento social. La relación entre estos elementos ha permitido sostener el funcionamiento del sistema en un escenario que, por sus condiciones iniciales, podía haber evolucionado hacia un mayor deterioro.

Sanciones y conflicto no convencional

La dimensión económica incide de manera directa en la percepción social del momento actual. En el intercambio, este tema aparece como una preocupación extendida que articula otras demandas vinculadas con el empleo, la educación, los servicios y las condiciones de vida. Sequera aborda esta centralidad situándola en el plano de la experiencia cotidiana. "(...) tiene encarnadura en la vida diaria", dice.

Desde este enfoque, el deterioro económico de los últimos años requiere considerar el impacto sostenido de las sanciones. Estas medidas afectaron los flujos financieros, limitaron la capacidad de importación y redujeron la operatividad de sectores estratégicos, en particular la industria petrolera. Como consecuencia, se produjo una contracción que incidió tanto en el funcionamiento del Estado como en la vida de la población.

"La experiencia de los últimos años está completamente condicionada por eso", y advierte que el efecto de las sanciones también se manifiesta en el plano de las percepciones. La dificultad para identificar con precisión sus mecanismos y responsables introduce distorsiones en la interpretación de las causas de la crisis.

"Las sanciones… su mejor arma es que son abstracciones… es difícil ponerles rostro".

De forma paralela, describe un entorno de presión que incorpora elementos asociados a esquemas de conflicto no convencional. Estas estrategias buscan incidir en la estabilidad interna mediante acciones indirectas, entre ellas la promoción de escenarios de confrontación política o el impulso de dinámicas orientadas a generar desgaste institucional.

En este contexto, el analista identifica un límite en la respuesta social: "La gente no está dispuesta a sacrificarse por agendas que no le pertenecen". La experiencia acumulada en años recientes ha favorecido una disposición orientada a preservar la estabilidad, lo que reduce la viabilidad de salidas basadas en la intensificación del conflicto.

El análisis incorpora también una lectura del modelo económico en desarrollo. Se plantea la configuración de una estructura que incluye participación del capital privado y mecanismos de apertura, en un marco donde el Estado conserva funciones de conducción y regulación.

Este enfoque responde en parte a las restricciones del entorno externo, que exigen priorizar la generación de ingresos y la recuperación de capacidades productivas. Al mismo tiempo, se inscribe en una tradición política que asigna al Estado un rol central en la organización económica.

La discusión económica, por lo tanto, se proyecta hacia la definición de un modelo capaz de sostener la recuperación en un contexto complejo, con un equilibrio entre apertura económica que no abandone la regulación estatal y el resguardo de lo público.

El desafío de construir una nueva etapa

"Estamos en una ventana de oportunidad para reformular un bloque histórico", advierte Sequera. Su análisis se orienta hacia una fase que identifica una oportunidad de reconfiguración política. En este punto, introduce la noción gramsciana de "bloque histórico" para comprender el momento actual, caracterizado por la posible articulación de diversos actores en torno a una nueva etapa del proyecto nacional.

Esta posibilidad se inscribe en un momento marcado por transformaciones acumuladas durante los últimos años. El impacto de las sanciones y los procesos de adaptación han modificado las condiciones en las que se construyen consensos. A partir de ello, Sequera plantea la necesidad de revisar el recorrido reciente para reconocer errores y procesar las tensiones que han atravesado el período.

La noción de "bloque histórico" implica una recomposición de las fuerzas presentes en la vida nacional. Abarca actores productivos, institucionales y culturales, junto con formas de representación que emergen en el contexto actual. Este proceso se relaciona con el debate sobre el modelo económico, donde se reconoce la coexistencia de distintas formas de propiedad dentro de un esquema en el que el Estado mantiene funciones de conducción.

"Hay una presencia importante del capital privado… pero el Estado sigue teniendo una función fundamental".

Esta formulación se integra en una lectura más amplia del escenario global. Sequera describe un entorno con elevados niveles de concentración económica y disputas por el control de recursos estratégicos, en el que actores corporativos adquieren un peso significativo en la configuración de dinámicas internacionales.

"Estamos frente a una concentración que ya es más plutocrática que capitalista". Mas en el caso venezolano mantiene la centralidad de lo público en medio de estas transformaciones.

"El proyecto bolivariano es un contrasentido histórico porque preserva lo público", señala, explicando que la protección de bienes comunes y el mantenimiento de capacidades estatales son elementos distintivos nuestros en relación con otras tendencias globales.

Junto a estas definiciones, Sequera identifica un desafío en el plano simbólico. La construcción de un relato que exprese esta etapa constituye una tarea pendiente, que involucra tanto a actores políticos como a espacios de producción intelectual y mediática.

"No puedes construir un mundo nuevo con el mismo lenguaje con el que fue destruido".

Estos elementos permiten interpretar el momento actual como una fase de transición dentro de un ciclo más amplio. La continuidad del modelo y su adaptación frente a presiones externas constituyen una base desde la cual se proyecta una etapa de reorganización. Esta fase se orienta hacia la estabilización de las condiciones económicas, la redefinición de alianzas y la consolidación de un marco político que amplíe el alcance del proyecto bolivariano en un entorno internacional inestable.

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