Dom. 19 Septiembre 2021 Actualizado ayer a las 6:29 pm

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Un civil (Andrés Escobar) dispara junto a la policía colombiana contra protestantes en Cali en el marco del Paro Nacional (Foto: Archivo)

Lo terrible

Colombia arde –¡cuándo no!– en medio de un paro nacional que no para. Protestas urbanas que reciben el jarabe de violencia que durante décadas se ha tragado el campo. La ciudades descubren el horror de la guerra eterna que ha vivido Colombia, la otra Colombia, porque la urbana era otra cosa. Era tan otra cosa, tan de espaldas estaban al horror de la guerra, que cuando a las ciudades les tocó votar a favor de la paz, votaron en contra.

Los teléfonos y cámaras de seguridad graban la muerte en directo. Enjambres de policías recorren las calles disparando a lo loco, así nomás, para matar al que se atraviese, y al que no se atraviese también. Y si el tiro no mata, matan las patadas y si no es a patadas, a palazos será. Y si no matan, mutilan, torturan y violan, que es otra forma de matar, pero a fuego lento.

Hay más de ochocientos desaparecidos en las protestas y eso solo no es un escándalo cuando sucede en Colombia. Tampoco es escandaloso que empiecen a aparecer flotando en los ríos, delatados por los zamuros hambrientos, siempre revoloteando sobre la muerte.

Matar es privilegio de las oligarquías y su método favorito para conservar el poder

Y al festín de sangre y muerte se suman, por supuesto, los paramilitares que saltan a las calles con sus pistolas a disparar en coro con la policía, sin disimulo, a la vista de todos, porque así opera el terror para ser más terrorífico, para que los colombianos sepan que están rodeados, que se queden quietos, que no jodan, que aún puede ser peor, que aún puede Cali parecerse a Buenaventura, que no tienten a la suerte…

Matar es privilegio de las oligarquías y su método favorito para conservar el poder. Se apoyan y se encubren con un cinismo patológico y así como sus bancos lavan dinero, sus medios lavan prontuarios, convirtiendo a sanguinarios asesinos en luchadores por la libertad -¡Hola, Leopoldo!- y a sus víctimas en victimarios.

Así, la violencia en Colombia no es nada terrible, ni siquiera está pasando. Terrible, sí, es que se desplome la bolsa de valores en Perú porque un maestro con sombrerote y caballo se coló de la nada en las elecciones y a pulso ganó la presidencia que ya le quieren arrebatar. Terrible es que los pueblos lleguen a gobernar. ¿Verdad, Vargas Llosa?

¡Nosotros venceremos!

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