"The Overlooked Compulsion", texto de FuturEarly, hace algo poco habitual y valioso: va más allá de los sospechosos habituales, como el Aipac, Adelson y Epstein. Estos pertenecen a la capa visible, y el artículo acierta al tratarlos como meros "paseadores de perros" en lugar de como los principales responsables. El verdadero poder, sostiene, es estructural: Israel se encuentra en el seno del silicio, del planificador y del plano de seguridad.
Se trata de un auténtico avance en el debate, pero creo que se queda a las puertas del aspecto más importante. Describe la forma en que se manifiesta la dependencia sin abordar el mecanismo que la reproduce. Lo que el artículo deja sin aclarar es la lógica que sustenta esta estructura a lo largo de las crisis y los gobiernos, a través de los auges y las recesiones, como si se tratara de una misteriosa necesidad.
Esa lógica, en mi opinión, puede expresarse con claridad, aunque sus implicaciones distan mucho de ser sencillas: la arquitectura es el crédito. Lo que el artículo denomina "compulsión" es la compulsión del capital crediticio por encontrar una frontera tecnológica permanente. La guerra es la forma en que esa frontera se financia, se hace realidad y se mantiene activa. En este sentido, la guerra no es una aberración del progreso histórico moderno sino su modus operandi.
El motor perdido
La formulación más llamativa del artículo ("Sin intención. Sin cambio. Solo estructura") protege el argumento frente al lenguaje de la trama y la agencia. Al hacerlo, sin embargo, coquetea con el "fetichismo del apilamiento": la tendencia a tratar la arquitectura técnica como una entidad que actúa por sí misma, en lugar de como el producto de fuerzas sociales y económicas. El riesgo es de tipo heideggeriano: que el orden técnico acabe apareciendo como un destino autónomo, como Gestell o enmarcamiento, en lugar de como una forma fetichizada —la expresión técnica históricamente específica del crédito, el poder estatal y la gestión de crisis—. Las estructuras se reproducen mediante una lógica cuasiobjetiva que las requiere; un discurso reificado que puede rastrearse, cartografiarse y nombrarse, aunque no pueda reducirse a un único agente.
Ese discurso, hoy en día, es la reproducción del capital crediticio. Como forma de capital, el crediticio no puede detenerse; debe crearse y desplegarse continuamente en nuevos ámbitos para posponer su propio colapso: la caída de la tasa de ganancia, la imposibilidad de obtener nueva plusvalía en una economía productiva saturada. La IA es la última frontera de la compulsión crediticia; como objeto puramente financiero, sigue siendo frágil, por lo que necesita un entorno de amenaza que justifique la magnitud de su expansión. Es poco probable que un cluster de inferencia de varios gigavatios se legitime únicamente a través de las suscripciones a chatbots. Requiere un régimen de demanda duradero, solvente y garantizado políticamente. Las adquisiciones militares y la preparación para la guerra proporcionan el régimen más potente de este tipo: socializan el riesgo, suspenden las pruebas habituales de rentabilidad y hacen que los enormes gastos tecnológicos parezcan necesarios. Existen otras fronteras, por supuesto, pero ninguna combina la demanda respaldada por el Estado de inversión tecnológica, la urgencia incesante y el potencial disciplinario a la escala que lo hace la guerra.
El artículo señala que la narrativa de la IA china como peligro existencial es una exageración útil. Ese relato lo impulsa y lo financia un comité político —un "super PAC"— que, a su vez, está financiado por altos ejecutivos de empresas de IA y grandes firmas de capital riesgo. Esto encarna la forma ideológica a través de la cual el capital crediticio legitima su propio despliegue. No es necesario que la amenaza sea real; basta con que sea lo suficientemente plausible como para mantener los presupuestos de adquisición y los compromisos plurianuales. Proporciona la coartada narrativa bajo la cual se mueve el dinero y se firman los contratos.
Israel como territorialización de la necesidad de crédito
Si el crédito necesita una frontera, la pregunta es: ¿Dónde se encuentra esa frontera y cómo se mantiene en su sitio? El abundante material empírico del artículo (Mellanox en Nvidia, Annapurna en AWS, Habana en Intel, Run:ai en Nvidia, Wiz en Google, la vía de la Unidad 8200 hacia Check Point, Native y Grip) muestra cómo la necesidad del crédito de contar con una frontera permanente se ha "territorializado" —por utilizar el famoso término de Gilles Deleuze en un orden geopolítico específico—.
Israel es el lugar donde la frontera se mantiene en estado de alerta. Su posición en la jerarquía garantiza que el entorno de amenaza nunca desaparezca. Al situar a Israel bajo el control del Mando Central de Estados Unidos (Centcom), y mediante medidas como la sección 219 de la Ley de Autorización de Defensa Nacional para el año fiscal 2027 aprobada por la Cámara de Representantes —que establecería una Iniciativa de Cooperación Tecnológica en materia de Defensa entre Estados Unidos e Israel—, Washington pretende convertir la estrecha colaboración con Tel Aviv en materia de tecnología de defensa en un acuerdo más duradero y con un marco jurídico definido. Este acuerdo institucionalizaría una demanda continua de nuevas tecnologías de seguridad, especialmente en ámbitos como la inteligencia artificial y los sistemas autónomos.
Cuando el artículo afirma que el apalancamiento es "un subproducto, no un diseño", se podría decir que no es ni lo uno ni lo otro. Es la forma, o el modo de manifestarse, que adopta la naturaleza inquieta del crédito cuando se encuentra con una plataforma geopolíticamente densa, militarmente activa y tecnológicamente sofisticada. La distinción entre subproducto y diseño supone la existencia de un sujeto intencional. Pero el crédito carece de subjetividad, salvo por su compulsión ciega y automática de crecer. Y esa compulsión encuentra sus vías de escape donde puede, territorializándose allí donde las condiciones son propicias; convirtiendo un Estado concreto, un aparato de inteligencia específico, un conjunto concreto de empresas y adquisiciones en la encarnación de una necesidad más general.
El modelo del siglo XX
En el fondo no se trata de un debate sobre la IA, salvo en la medida en que ella sea el objeto actual de un proceso mucho más antiguo. Se trata de un debate sobre el capital crediticio que podría plantearse a través de cualquiera de sus manifestaciones modernas, siendo la IA solo la más reciente. Esta forma es visible a lo largo de todo el siglo XX, desde la Primera Guerra Mundial.
La Primera Guerra Mundial no puede explicarse únicamente por el sistema de alianzas. El atentado de Sarajevo no provocó la guerra en un sentido estricto. Más bien sirvió de detonante. El material inflamable fue un orden europeo cada vez más incapaz de reproducir sus estructuras imperiales, industriales y crediticias sin una reorganización violenta. La carnicería de la Primera Guerra Mundial marcó el momento cuando la "barrera interna" de la valorización —la extracción de plusvalía del trabajo productivo— se hizo visible por primera vez como fenómeno histórico; y la deuda de guerra, la inflación y la suspensión del patrón oro pusieron al descubierto la profunda irracionalidad de un sistema que, desde entonces, solo puede sostenerse mediante un gasto cada vez más destructivo y financiado mediante crédito.
Si la guerra fue el mecanismo, el periodo de entreguerras fue el intento —fallido— de estabilizar los acuerdos resultantes. De ahí que la Segunda Guerra Mundial fuera la segunda ronda. Y, posteriormente, el sistema de Bretton Woods, la Guerra Fría y la economía del armamento como intentos de gestionar el límite interno: la contradicción estructural del capitalismo contemporáneo que convierte el crédito en una entidad angustiosa y destructiva.
La Guerra Fría es el caso clave. La "economía armamentística permanente" fue menos una elección política que una necesidad estructural: proporcionó a Estados Unidos y a la Unión Soviética un enemigo gracias al cual cada uno podía normalizar el gasto militar y tecnológico a una escala que absorbía la inversión, aseguraba la capacidad industrial, socializaba el riesgo y afianzaba los órdenes geopolíticos rivales —sobre todo el orden centrado en el dólar y presidido por Estados Unidos—. El gasto militar masivo, financiado mediante deuda, estableció los flujos globales de deuda y mercancías que persistirían hasta el inicio de la era actual de descomposición capitalista en toda su magnitud.
Así, pues, la Guerra Fría fue una "economía de guerra sin guerra" —como la definió Robert Kurz— que prefigura la expansión actual de la inteligencia artificial. La posición de Israel en este entramado —desde la década de 1970 en adelante, como señala acertadamente el artículo— distaba mucho de ser incidental. Era el pilar occidental de ese entorno de amenaza, el lugar donde se probaba, perfeccionaba y exportaba la tecnología de vanguardia, donde se obtenían los beneficios y se socializaban las pérdidas.
Lo que ha cambiado desde la Guerra Fría no es la compulsión interna del crédito sino su objeto y su escala: la frontera se ha desplazado desde la industria pesada y las armas nucleares hacia el silicio, el software y, ahora, la IA, mientras que la burbuja de deuda necesaria para sostener la acumulación ha crecido hasta alcanzar proporciones sin precedentes. La arquitectura de dependencia que describe el artículo es la grotesca forma del siglo XXI de una adicción al crédito propia de finales del siglo XIX y del siglo XX. Se trata del capital crediticio, que sigue necesitando una guerra para valorizarse, ahora integrado en el sistema nervioso digital en lugar de en la planta de producción; en el cluster de inferencia en lugar de en la cadena de montaje; en el plano de seguridad en lugar de en el silo de misiles. La compulsión es la misma, y su modo de manifestarse resulta familiar a cualquiera que haya estudiado la larga historia de la búsqueda de salidas por parte del capital.
La "coartada de la IA rebelde" como recurso exculpatorio del crédito
La narrativa del "agente rebelde" cumple una función ideológica adicional: recodifica los efectos de una expansión tecnológica impulsada por el crédito como accidentes técnicos. Si se afirma que los sistemas de IA actúan de forma autónoma, las perturbaciones del mercado, los fallos logísticos y las escaladas que estos facilitan pueden tratarse como fallos de funcionamiento en lugar de como consecuencias de un sistema diseñado en torno a la expansión, la titulización y la transferencia de riesgos respaldada por el Estado. La llamada "zona protegida" (sandbox) es, por lo tanto, más que un entorno de pruebas: es una coartada, una forma de hacer que parezca que un sistema ha escapado al diseño humano precisamente cuando su función institucional es más visible.
Esto es fetichismo en su forma más pura. La relación social —la necesidad del crédito de una frontera permanente— se presenta como una propiedad de la cosa en sí misma. La IA es rebelde; se pasa por alto la compulsión; nadie es responsable porque nadie lo pretendió. Sin embargo, alguien la creó y la financió, y alguien se beneficia de ella. La estructura cumple su función precisamente ocultando la lógica que la hace necesaria, presentándose como inevitable, neutral y técnica, cuando en realidad es histórica, partidista y financiera.
¿Existe algún uso de la IA que no esté relacionado con la guerra?
La pregunta que se deriva de todo esto es inevitable y, sin duda, difícil de responder: ¿existe algún uso de la IA que no esté relacionado con la guerra? ¿Existe algún uso de la IA al margen del capitalismo ultrafinanciarizado y adicto al crédito? En las condiciones actuales, no parece que exista tal uso. Esto no se debe a que la IA sea intrínsecamente militar, sino a que la magnitud del despliegue de la IA necesaria para justificar sus costes de capital exige un entorno de amenaza respaldado por el Estado.
Las aplicaciones civiles de la IA (modelos lingüísticos, generadores de imágenes, sistemas de recomendación, etc.) son reales, pero insuficientes: no absorben ni validan la cantidad de crédito que se está movilizando actualmente en torno su desarrollo. Lo que ofrecen las adquisiciones militares y de seguridad es un régimen de demanda respaldado por el Estado, capaz de cubrir las pérdidas, legitimar el exceso de capacidad y convertir la infraestructura especulativa en una necesidad estratégica. Los usos civiles (incluidos los educativos), por tanto, funcionan cada vez más como justificación ante la opinión pública, mientras que los usos militares constituyen la base. La retórica de la democratización es la máscara, mientras que la realidad de la contratación pública es el motor.
Esto no significa que la IA esté condenada a ponerse al servicio de la guerra. Significa que su forma actual viene determinada por la lógica del capital crediticio. Es concebible y deseable una forma diferente de IA (una desarrollada y aplicada según prioridades distintas). Pero ello requeriría un modo de producción y una forma de organización social diferentes. Requeriría que el desarrollo tecnológico se desvinculase de la adicción al crédito. En otras palabras, requeriría un mundo al margen del capitalismo.
No se trata tanto de una digresión utópica como de la conclusión lógica del análisis. Si la compulsión a la que se refiere el artículo es real, entonces la única forma de romperla es desmantelar la lógica social que la reproduce. Cambiar la finalidad de la tecnología, subordinarla a algo distinto de la expansión infinita del valor, hacer que responda a necesidades que no pueden cuantificarse en términos económicos, a riesgos que no pueden suscribirse, a futuros que no pueden garantizarse.
De la compulsión a la contradicción
El artículo concluye con una cita de Hemingway: "Poco a poco, y de repente". Estados Unidos se volvió adicto a la tecnología israelí poco a poco, luego de repente, y ahora de forma indefinida. Se podría expresar de otra manera: Washington ya estaba sumido en la propia compulsión del crédito por repetirse. Nombrar este motor, por supuesto, no resuelve nada. Sin embargo, cambia nuestra perspectiva. Desplaza la pregunta de "¿cómo nos desvinculamos de Israel?" a "¿cómo nos desvinculamos de la lógica que hace que Israel sea indispensable?". Cambia la pregunta de "¿cómo hacemos que la IA sea segura?" a "¿cómo hacemos que la tecnología rinda cuentas ante algo distinto del crédito?".
Esas son preguntas más difíciles. Pero son las adecuadas. Y son las que exige el propio análisis del artículo, llevado hasta sus últimas consecuencias: aquellas que rechazan el consuelo del fatalismo estructural o la culpabilización moralista e insisten, en cambio, en la especificidad histórica del orden establecido, la contingencia de la frontera, la posibilidad (por muy lejana que sea) de una arquitectura diferente y un mundo diferente.
Este artículo fue publicado originalmente en inglés en el Substack de Fabio Vighi el 3 de octubre de 2026 y fue traducido para Misión Verdad por Spoiler.