Jue. 08 Octubre 2026 Actualizado 11:33 am

superinteligencia artificial

La creación de la Fuerza de la Superinteligencia por parte de Trump desplazó la competencia tecnológica por la IA hacia la competencia civilizatoria (Foto: Getty Images)
Concentración del poder tecnológico y pugna civilizatoria

Fuerza de Superinteligencia: ampliación del campo de batalla de la IA

La reconfiguración de la arquitectura global ocurre en tiempo real e incluye la gobernanza tecnológica. Los debates técnicos sobre parámetros, pesos neuronales y alineamiento de valores se han transmutado en una disputa geopolítica de primer orden donde la regulación de la inteligencia artificial (IA) funciona como otro escenario de la carrera por la supremacía estratégica del siglo XXI.

El pasado 5 de octubre, Donald Trump anunció la creación de la "Fuerza de la Superinteligencia" (o Superintelligence Force) que será un comité de coordinación dentro de la Casa Blanca y el Gobierno Federal para liderar el desarrollo de la IA en Estados Unidos y rendirá cuentas directamente ante el presidente y su jefa de gabinete, Susie Wiles.

SuperIntelligence Force: Actores e intereses

La misión expresa del ente será "garantizar que Estados Unidos siga liderando el mundo en superinteligencia". Días antes, el 30 de septiembre, una orden ejecutiva ya había sustituido el término "inteligencia artificial" por "superinteligencia" en todas las comunicaciones oficiales del Estado federal, un movimiento semántico que busca "mejorar la imagen" de una industria cuya popularidad declina entre el electorado estadounidense.

El aparato institucional de la nueva fuerza revela con claridad qué intereses confluyen en su diseño. A la cabeza fue designado Jay Clayton, quien acumula una trayectoria atípica: expresidente de la Comisión de Bolsa y Valores (SEC) entre 2017 y 2020, período en el que se lanzó la emblemática demanda contra Ripple por una supuesta recaudación de más de 1.300 millones de dólares en ventas no registradas de tokens XRP. En la actualidad es el director de Inteligencia Nacional confirmado por el Senado el 28 de julio, y ahora "zar" de la IA de la administración.

Clayton encabezaría un equipo compuesto por el presidente de la Comisión Federal de Comercio, Andrew Ferguson; el subsecretario de Guerra para Investigación e Ingeniería, Emil Michael; y el director de la Oficina de Gestión de Personal, Scott Kupor. El órgano también incluye al vicepresidente J.D. Vance; al secretario de Defensa, Pete Hegseth; al secretario del Tesoro, Scott Bessent; y a la jefa de gabinete, Susie Wiles. Como asesores externos figuran el inversor de capital riesgo David Sacks —anterior "zar" de la IA reacio a cualquier regulación— y la exsecretaria de Estado de George W. Bush, Condoleezza Rice.

El perfil de Clayton es el más significativo. Medios como Reuters difundieron que Trump barajaba su nombre como "zar de la IA" y que el cargo le permitiría conservar simultáneamente la dirección de la comunidad de inteligencia de 18 agencias. En su audiencia de confirmación de julio, Clayton definió la IA como "no solo una oportunidad, sino también una amenaza".

Su trayectoria de fiscal federal del Distrito Sur de Nueva York, regulador financiero y jefe de inteligencia marca un giro respecto a Sacks, el primer "zar" de la administración, empresario de Silicon Valley y capital riesgo, quien dejó el cargo oficial en marzo de 2026. La sustitución de un hombre de la industria por un hombre de la seguridad nacional indica que Washington apunta a escenarios en los que la IA deje de ser asunto de innovación para ser, ante todo, cuestión de poder estatal.

La estructura responde a la "autorregulación" del sector privado como un principio declarado y los sectores representados son las seis grandes tecnológicas (Big Tech), el complejo militar-industrial y la comunidad de inteligencia, todos unidos bajo la consigna de seguir el avance frente a China.

El pasado 30 de septiembre, tras una reunión en la Casa Blanca, Trump firmó junto a Sundar Pichai (Google), Elon Musk (xAI), Dario Amodei (Anthropic), Mark Zuckerberg (Meta), Jensen Huang (Nvidia) y Greg Brockman (OpenAI) un acuerdo voluntario para reforzar la seguridad del sector. La escena, descrita por El País como la de "un grupo de gente extremadamente rica comportándose como niños temerosos ante un matón", consagró un modelo en el que el Estado retira la amenaza regulatoria a cambio de que los propios laboratorios gestionen los riesgos.

Aunque Bessent y Wiles presionan por medidas concretas frente al uso de la IA en ciberataques, estas no alteran el diseño de fondo que se basa en la oligopolización tutelada del desarrollo tecnológico. De allí surge el motivo por el cual Washington presionó a los miembros del G20 para evitar nuevas normas sobre la tecnología.

De la iA a la superinteligencia: Fases, coincidencias y contrastes

El giro de "inteligencia artificial" a "superinteligencia" va más allá de lo semántico porque responde a una taxonomía teórica que distingue tres fases evolutivas: la IA estrecha (ANI, operativa actualmente para tareas específicas), la IA general (AGI, aún teórica, con capacidad humana transversal) y la superinteligencia artificial (ASI), que superaría ampliamente el rendimiento cognitivo humano en prácticamente todos los ámbitos.

"Superinteligencia" designa, en términos generales, a una IA que superaría el razonamiento humano en prácticamente todos los dominios, pero la definición canónica se remonta a Nick Bostrom (2014). Sus raíces conceptuales están en la "máquina ultrainteligente" descrita por I.J. Good en 1966, quien acuñó la noción de "explosión de inteligencia" como un sistema capaz de diseñar máquinas cada vez mejores, lo que desencadena un proceso recursivo de auto-mejora.

El debate sobre la temporalidad de este horizonte divide a la comunidad experta. El AI Futures Project estima que la superinteligencia podría emerger entre 1 y 10 años; Ray Kurzweil, futurista de Google, la sitúa en 2045 bajo el concepto de "singularidad"; una encuesta del Instituto del Futuro de la Humanidad de Oxford indica que más del 50% de los expertos cree que ocurrirá antes de 2100.

En el extremo escéptico, Melanie Mitchell del Santa Fe Institute sostiene que los sistemas actuales están muy lejos de igualar las capacidades humanas generales, mientras Darrell West de Brookings advierte que pasarán años o décadas antes de un emparejamiento comprehensivo.

La polémica alcanzó su punto álgido con la renuncia pública del investigador Jacob Coxon a Anthropic el pasado septiembre. El experto, quien había trabajado en OpenAI en el desarrollo de GPT-4 y GPT-4o, denunció que las compañías "están apostando con nuestras vidas" en una carrera directa hacia una superinteligencia automejorante. Su colega Evan Hubinger, líder de ciencia de alineamiento en Anthropic, estimó en más del 10% la probabilidad de extinción humana en la próxima década si no se resuelven los problemas de seguridad. Daniel Kokotajlo, exinvestigador de OpenAI y actual líder de AI Futures Project, advirtió sobre "la concentración de poder más intensa en la historia humana".

En contraposición, voces como la de Jensen Huang (Nvidia) minimizan el escenario apocalíptico. En un podcast de septiembre, el ejecutivo recordó que la IA es "solo software" y dijo que, si efectivamente sospechan que su producto es peligroso, los laboratorios deberían simplemente no lanzarlo.

La divergencia refleja dos modelos de acumulación: uno que requiere protección regulatoria para sostener valoraciones sobreendeudadas; y otro que apuesta por el despliegue masivo de hardware.

Lo que habita detrás de LA CAMPAÑA DE MIEDO a la IA

En los últimos años se ha intensificado una "campaña del miedo" alimentada en gran medida por las propias corporaciones de Silicon Valley. Advertencias apocalípticas firmadas por ejecutivos alertando sobre la eventual "extinción humana" o riesgos existenciales han dominado los titulares de prensa, sin embargo, el análisis de las motivaciones profundas de esta agenda revela intereses comerciales y geopolíticos definidos:

  1. Captura regulatoria y monopolización. Al promover regulaciones complejas y centradas en "evitar la extinción", empresas consolidadas como OpenAI, Anthropic y Microsoft impulsan marcos normativos diseñados a su medida. Estas barreras regulatorias impiden el desarrollo de alternativas de código abierto (open source) y bloquean la entrada a nuevas startups emergentes que no cuentan con el capital suficiente para cumplir con los costos de certificación estatal.
  2. Operaciones de influencia y propaganda antichina. Un elemento clave revelado en septiembre de 2026 es el financiamiento de narrativas del miedo dirigidas al consumo masivo. Organismos políticos (Super PACs) vinculados e influenciados por empresas como OpenAI y Palantir financiaron campañas en plataformas como TikTok destinadas a infundir temor sobre el avance de la tecnología china en los jóvenes estadounidenses. La narrativa encuadra la competencia tecnológica no como una disputa de mercado, sino como una amenaza contra la seguridad interior.
  3. Contradicción entre discurso y práctica. Los mismos actores que firman declaraciones sobre los "peligros catastróficos" de la IA firman contratos millonarios con el Departamento de Guerra estadounidense para la automatización de la ciberguerra y la vigilancia. El temor se proyecta hacia afuera para consolidar la protección estatal e incentivar el subsidio público hacia los centros de datos privados bajo la consigna de no quedar rezagados frente a Beijing.

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Intereses corporativos de Estados Unidos han creado una campaña de miedo en contra de la IA de código abierto liderada por China (Foto: Liu Rui / Global Times)

Aunque es innegable que la IA plantea riesgos reales como ciberataques, desinformación o desplazamiento laboral, los críticos también señalan que los altos ejecutivos tecnológicos tienden a instrumentalizar el "discurso de la seguridad" al exagerar dichos riesgos para aumentar el valor de marca y mantener el prestigio de las empresas de vanguardia.

Un análisis de Global Times señala que el llamamiento colectivo de los gigantes a "poner límites a la velocidad" tiene una doble naturaleza, porque además de una ansiedad de seguridad real también hay "consideraciones comerciales evidentes". En el plano diplomático, China respondió a la sustitución estadounidense del término "inteligencia artificial" por "superinteligencia" diciendo que "respeta la formulación estadounidense", al tiempo que pedía "fortalecer el intercambio, profundizar el debate y buscar consensos".

La estrategia estadounidense busca subordinar la gobernanza de la IA al marco de la Seguridad Nacional, mantener la legitimidad del liderazgo tecnológico con el gran relato de la "superinteligencia" y sustituir las restricciones duras por la autorregulación para preservar la velocidad de la industria.

La superinteligencia se usa como consigna política mientras el debate serio sobre los riesgos reales puede quedar ahogado en el relato de la competencia. El mundo presencia cómo las preocupaciones de seguridad se entrelazan con los intereses comerciales cuando, en paralelo, la credibilidad se convierte en un bien escaso.

Quienes advierten sobre "riesgos existenciales" son las mismas corporaciones cuyos modelos han sido empleados por el Pentágono en operaciones militares como la ejecutada en Venezuela en enero pasado; quienes piden regulación son los mismos que implementan sistemas de vigilancia predictiva contra activistas; y quienes alertan sobre China son los mismos que se benefician de una regulación que impida el ascenso del código abierto chino.

En el trasfondo de la Superintelligence Force y de las normativas impulsadas desde Washington no reside una genuina preocupación por el bienestar colectivo de la humanidad, sino una estrategia para garantizar la hegemonía del capital tecnológico estadounidense frente a la inminente reconfiguración multipolar del orden internacional.

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