Sangre en el celular

Lo que llaman el crimen organizado se encuentra en todas partes y afecta a la mayoría de la población global. Ejemplo claro de ello es el coltán y todo lo que lo circunda, el negocio y la guerra detrás de ese mineral que tienen casi todos los aparatos electrónicos que consumimos y que proviene mayormente de minas ilegales controladas por grupos paramilitares en la República Democrática del Congo.

Este documental de 2010 realizado por el danés Frank Poulsen verifica de primera mano los vericuetos en torno a la guerra en el corazón de África por el botín minero, allí donde han muerto más de 5 millones de personas desde 1998 a manos de los señores de la guerra, los fratricidas a lo interno del Congo y las corporaciones que lo financian para que los usuarios de la telefonía celular, es decir, el mundo entero, tengan las manos untadas de sangre.

Aunque la responsabilidad corporativa se hace más evidente a medida que Poulsen se adentra cada vez más en las minas africanas de coltán, Sangre en el celular concluye, entre otras cosas, que el deseo occidental de consumir es el principal motor del crimen organizado internacional.

Debido a la escasez mundial de coltán, uno de los minerales más codiciados del planeta por parte de las corporaciones de altas tecnologías, la República Democrática del Congo -con 80% del coltán global en su territorio- ha vivido uno de los conflictos más sangrientos de los últimos tiempos, con una guerra regional que tuvo su pico entre 1998 y 2003.

Venezuela no está exenta de la ambición de estas corporaciones que financian la guerra en beneficio de su negocio. En 2010 el presidente Hugo Chávez anunció el descubrimiento de una inmensa cantidad de reservas del coltán que podría calcularse en unos 100 mil millones de doláres. La certificación oficial aún está por declararse con los trabajos del Arco Minero del Orinoco.

Las mafias de la minería ilegal en Venezuela han querido aprovechar su agosto con respecto al coltán para montar así un campamento paramilitar similar al congoleño y, por esa vía, convertirse en las principales aliadas de las transnacionales ocultas detrás de la cortina.

Por ello no es de escatimar las consecuencias de tener dificultades en controlar las zonas mineras de alto riesgo y con los minerales tan atractivos para el negocio corporativo y de la guerra. Se trata de un asunto de soberanía y seguridad nacional, y los precedentes como los actuales conflictos del África deberían servirnos de ejemplo de cómo este mineral (y otros de similar importancia), existentes en nuestro territorio, suelen funcionar como detonadores para iniciar conflictos irregulares de amplio calado.

La importancia del Arco Minero está precisamente en desarmar esas posiblidades con antelación, regularizar la explotación del mineral y mantener alejada a Venezuela Bolivariana del diámetro sangriento de la guerra de los recusos. Porque todo lo que rodea al coltán (así como el oro, el petróleo, el gas, y otros recursos) es un problema político, no únicamente ambiental o ecológico.

De ahí su importancia de tratar el tema en su justa dimensión global, atendiendo sus ejemplos y paralelismos en zonas canibalizadas por las corporaciones y sus inversiones paramilitares.