Escasez de verdugos en Arabia Saudita

La lógica de la oferta y la demanda ha llegado a su punto más afilado. El reino de Arabia Saudí abre el mercado de fichajes: quien pueda, de un sablazo, decapitar infieles se lleva la chamba.

El anuncio está en los periódicos, en comerciales de televisión, en los cartones de leche, el portal de empleos del servicio civil (con formulario en PDF) y entre el tabule de los mediodías. Se buscan verdugos en Arabia Saudí, mientras el monarca supremo que habita el palacio de Salmán bin Abdulaziz encuentra su aposento lleno de excesos a su gusto y otros sexos.

Y es que el rey saudí está por reclutar ocho decapitadores más que se profesionalicen y que abulten su harén propio de la muerte; el staff tiene el horario apretado y el stock se encuentra lleno.

La burocracia de Riad está tan ocupada con tasajearle la cabeza a la gente de su país que sólo necesita adquirir unos pocos ejecutores del filoso arte para así poder aumentar el número de sentencias de muerte.

Sin embargo, cualquiera podría obtener el empleo, es un mercado ágil y con mucho tránsito. Un decapitador no necesita de estudios especiales ni cualificaciones que conlleven una habilidad inédita, sencillamente aquel que tenga un particular estilo de carnicero ocupa el curul. Porque no sólo es cortarle la cabeza a un sin nombre; también el puesto de trabajo exige amputar cualquier extremidad, de cualquier volumen y sin miedo, de quien comete crímenes menores según la forma monárquica de justicia de dudosa divinidad.

En Arabia Saudita 

la eficiencia adquiere cualidades que dejaron en el pelero al Medioevo

El requisito es llevar el frío en las venas. Abdallah Al-Bishi, el verdugo estatal de Arabia Saudita para la Meca, lo dice tajantemente y por experiencia: "Si el corazón es compasivo, la mano falla. Puedo necesitar dos, tres, cuatro o cinco golpes. Dios sabe cuántos. Y aun así puede que no muera. Si el corazón es compasivo, la mano no puede funcionar correctamente. Tu mano te traiciona". La eficiencia adquiere aquí cualidades que dejaron en el pelero al Medioevo.

Pero esa condición supuestamente coranística no le quita lo nominal: quien se lleve la chamba recibirá la etiqueta de "funcionario religioso", calificado para servir en condición incluso de civil al servicio del gobierno de Arabia Saudí, padrino del wahabismo.

Mientras en este año sube la tasa de ejecuciones en el lugar donde no hay más dios que el petróleo, el gobierno reportó recientemente que urge el reclutamiento porque hay cinco condenados atrasados, convictos de asesinato y robo.

El domingo pasado Arabia Saudí llegó al sin cabeza número 85. Tan sólo el año pasado habían coleccionado 88 cabezas, y ya, hoy, estamos apenas en mayo con tal cantidad de ejecuciones. Datos que subministran órganos de la democracia otanista como Human Rights Watch y Amnistía Internacional.

Las leyes de la sharia restringen el reino islamista consideran crímenes que conllevan al patíbulo el acusado por tráfico de drogas, violación, asesinato, apostasía y robo a mano armada. La mitad de las ejecuciones que se llevaron el cabo el año pasado fueron por faltas sin efectos letales (como la sodomía, casarse con alguien del mismo sexo, hacer proposiciones libidinosas a la juventud, inmigración caída en desgracia), como un daño colateral bien administrado.

Su aliado en la Casa Blanca comparte laicamente la pena de muerte, sólo que los agentes del Pentágono ni piensan cargar por ellos mismos un hacha hasta el patíbulo. Esa práctica se la dejaron con gusto a los que se entienden con el riyal en Medio Oriente.

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