Borrar a Palestina del mapa histórico y geográfico

Luego de una leve disminución del aturdimiento de los ataques directos, publicamos aquí un extracto de un escrito del filósofo francés Gilles Deleuze a propósito de la creación del Estado israelí a costa del pueblo palestino, publicado en 1984. Tómese en cuenta que se trata de un texto publicado hace 30 años exactamente. Muchos hechos, acuerdos y agresiones han avanzado en el proceso sistemático de eliminación de la Palestina histórica como territorio y como pueblo con identidad. 30 años después, la vigencia y actualidad de lo planteado por Deleuze en este fragmento nos habla de dos cosas: 1) lo inalterado de la agenda sionista y 2) la lógica del capital en su estadio más brutal, abierto y desnudo, que permanece casi intacto en el tiempo, no obstante los numerosos acontecimientos políticos, sociales y militares que se ubican entre 1984 y 2014.

De principio a fin se trata de hacer como si el pueblo palestino no solamente no debiera existir más, sino hacer como si no hubiera existido nunca. Los conquistadores eran quienes habían padecido —ellos mismos— el mayor genocidio de la historia. Los sionistas hicieron de ese genocidio un mal absoluto. Pero transformar el mayor genocidio de la historia en mal absoluto es una visión mística y religiosa, no una visión histórica. Esta visión no detiene el mal, por el contrario, lo propaga, lo hace recaer sobre otros inocentes, exige una reparación que hace padecer a estos otros una parte de lo que los judíos sufrieron (la expulsión, la segregación en guetos, la desaparición como pueblo).

Con medios más “fríos” que el genocidio, se quiere lograr el mismo resultado. Estados Unidos y Europa les debían un desagravio a los judíos. Y este desagravio se lo hicieron pagar a un pueblo del cual lo menos que se puede decir es que no tenía nada que ver, que era singularmente inocente de todo holocausto, del que ni siquiera había oído hablar. Es ahí que comienza lo grotesco, al igual que la violencia.

El sionismo, y luego el Estado de Israel, exigirán que los palestinos los reconozcan legalmente. Pero él mismo, el Estado de Israel, no cesará de negar la existencia de un pueblo palestino. Nunca se hablará de palestinos sino de árabes de Palestina, como si ellos se encontraran ahí por casualidad o por error. Y más adelante se hará como si los palestinos expulsados viniesen de afuera; no se hablará de la primera guerra de resistencia que los palestinos pelearon completamente solos.

Estados Unidos encontró en Israel un aspecto de su propia historia: la exterminación de los indios

Por no haberle reconocido el derecho a Israel se los convertirá en los descendientes de Hitler. Pero Israel se reserva la potestad de negar la existencia de hecho del pueblo palestino. Aquí comienza una ficción que habrá de extenderse cada vez más y que pesará sobre todos los que defienden la causa palestina. Esta ficción, esta apuesta de Israel, consiste en hacer pasar por antisemitas a todos aquellos que se opongan a las condiciones de facto y a las acciones del Estado sionista. La fuente de esta operación es la fría política de Israel respecto a los palestinos.

Jamás desde el comienzo Israel ha escondido su objetivo: vaciar el territorio palestino, y peor aún, hacer como si el territorio palestino hubiera estado vacío, destinado desde siempre a los sionistas. Se trataba claramente de una colonización, pero no a la manera europea del siglo XIX: no explotarían a los nativos, los obligarían a irse. Y los que se quedaran no se convertirían en mano de obra dependiente del territorio, sino más bien en una mano de obra errante y desarraigada, como si se tratara de inmigrantes aislados en un gueto.

Desde el principio se adquirían las tierras bajo la condición de que estuvieran desocupadas o se pudieran vaciar. Es un genocidio, pero en este caso el exterminio físico está subordinado a la evacuación geográfica: no siendo más que árabes en general, los palestinos sobrevivientes tendrían que ir a fundirse con los otros árabes.

El exterminio físico, confiado o no a mercenarios, está claramente presente. Pero no es, digamos, un genocidio propiamente,  ya que no es ese el “fin último”: en efecto, el genocidio es un medio entre muchos otros.

La complicidad de Estados Unidos con Israel no viene solamente del poder de un lobby sionista. Elias Sanbar ha mostrado perfectamente cómo Estados Unidos encontró en Israel un aspecto de su propia historia: la exterminación de los indios, que, también allá, solo en parte fue directamente física. Se trataba de hacer vacío el territorio, como si allí nunca hubiera habido indios salvo en los guetos, donde serían unos inmigrantes interiores más. En muchos aspectos los palestinos son los nuevos indios, los indios de Israel.

El análisis marxista indica los dos movimientos complementarios del capitalismo: imponerse límites constantemente y al interior de éstos acondicionar y explotar su propio sistema; empujar cada vez más lejos esos límites, sobrepasarlos para recomenzar, a mayor escala o con más intensidad su propia fundación.  Desplazar  los límites, esa ha sido la acción del capitalismo americano, del sueño americano, retomado por Israel y por el sueño del Gran Israel sobre el territorio árabe, sobre las espaldas de los árabes.


Aquí puede consultar el original en francés. La traducción para Misión Verdad fue realizada por Eva Molina.

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