Se fue Aníbal

Cuando un hombre se va de viaje de un modo infinito, como Aníbal Chávez, quien partió lleno de equipaje, lleno de nosotros, este amanecer de julio, es también verdad que su travesía deja una extensión insondable, deja la música, algo inaudita, en nuestras huellas y permanencias de esta franja, de esta extraña, por asombrosa y poblada de incógnitas, de esta línea divisoria en donde muchas cosas se echan de menos y nunca sabremos dónde quedan nuestros olores, nuestros sudores, nuestros sueños, nuestras cosas pesadas, ingrávidas, intangibles.

Aníbal, como Hugo, Wladimir -y tantos otros-, se fueron y se llevaron consigo partículas, trozos, memoria enteras, fragmentadas vivencias de todos sus hermanos, amigos y gente de su misma sangre. Se fueron pero nos dejaron sustancias de ellos, sus olores, ideales, la marca de sus pasos por donde caminaron.

Aníbal, uno de los menores hermanos de Hugo, fue un hombre enteramente bueno, de fibra campesina, de pensamiento amplio y un metódico luchador. Brillante estudiante en la ULA y, como todos sus hermanos, un cantador llanero que hacía amanecer los días.

Yo lo recuerdo jugando beisbol. Fue de una agilidad felina y un discutidor en el campo de juego.

Hoy nos deja, porque los hombres no escogen esa hora de irse, aunque a veces sí; otras veces la escogen otros, y nos dejan perplejos.

Adiós, hermano.

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