Resaca y ratón histórico

Estamos en presencia del fin de la más maravillosa revolución que el espasmo poderoso haya creado. Se acabó la parranda, sólo queda el botellero vacío, los pasapalos rancios, el esterero de borrachos, vómitos, despechos y un CD dando vuelta. Siempre repitiendo la misma canción "todo se derrumbó dentro de mí, dentro de mí" en medio de una madrugada cruda, ruda, pesada, cerrada, sin la luz del amanecer que nos indique dónde está la casa para comenzar de nuevo. Lo peor es que nadie sabe de esta tragedia y de este desnalgue porque aún estamos borrachos y la pea durará mucho tiempo. En medio de esta decadencia, resaca y ratón histórico, quedará luego contar y balancear lo ocurrido.

Algún día encontrarán en el futuro no muy lejano el anuncio de la defunción y expediente de quien en vida fuera conocido como el capitalismo y su remoquete el humanismo. Sépanlo entonces creyentes y no creyentes, apóstatas, herejes y fanáticos del universo, filósofos, charlatanes, científicos, académicos, literatos, poetas, prosistas, músicos, cantores, dramaturgos, pintores, quirománticos, errabundos, seguidores de magias, religiones y ciencias, obreros, campesinos, pescadores, desahuciados del capitalismo y sus mieles, que este es el tiempo en que se ha de conocer en todos sus pormenores las llagas del humanismo y su aparato de producción, el capitalismo.

Jamás, en los anales de la historia de esta especie, se había visto o sabido de tanto esfuerzo por el crimen, el robo y el saqueo, atrevimiento llevado a cabo por la burguesía con ahínco, fervor, sevicia, saña, placer, gozo, impunidad y constancia, desde sus orígenes.

Nunca antes se supo de una clase que hubiera justificado su crimen sobre el lomo de todos, logrando que aplaudiéramos con entusiasmo extraordinario nuestro propio asesinato, ocurrido de generación en generación durante siglos, esperando que se nos cumpliera la ilusión en que todos nosotros también disfrutáramos las mieles del humanismo.

Este humanismo, soberano absoluto, sustituto de emperadores y reyes, dueño de monarquías y autarquías, ostentador de magias, iglesias, religiones y ciencias, sembrador de dictaduras y democracias, creador de izquierdas, derechas, anarquías, utopías, socialismos y comunismos, fundador de la industria y el comercio, los bancos y seguros, monarca de las artes, los espectáculos y los deportes, zar de la salud, la alimentación, el conocimiento, las armas y las drogas, animador público número uno de la guerra, suplantador de todos los pensamientos que habitaron estos territorios desde tiempos muy remotos. Este pran de pranes, padrino de padrinos, capo de todos los modos de producción, padre y madre de la delincuencia moderna y posmoderna, se ha podrido en vida.

Este concepto que nació y vivió para el sometimiento y dominio de la vida en todas sus formas, contenidos y maneras en más de quinientos años, ha llegado a su fin en medio de una hemorrágica, copiosa e indetenible producción, acompañada de un consumismo descontrolado, sin que ningún tecnócrata, filósofo, historiador, o cualquier otro intelectual o charlatán de oficio, pueda explicar tan explicable hecho.

En medio de una gran parranda con sus íntimos, cayó con todos los esfínteres abiertos, tratando de librarse de una sobredosis de riqueza. Un día de finales del siglo diecinueve, en medio de sus estertores, dos grandes y carniceras guerras recomendadas por los expertos, lo colocaron en coma en pleno siglo veinte, pero de nada valieron, y el cadáver continuó engullendo vida desesperadamente en interminables pequeñas guerras, aplicándose un torniquete llamado ingeniería de la obsolescencia programada que en nada remedió su ahogo sino que por el contrario se atragantaba evitando la oxigenación. Hasta que un día en plena inauguración del siglo veintiuno, sus viudas y deudos se despertaron con la desagradable noticia de que había muerto y desde entonces han tratado de ocultar su deceso, maquillando y perfumando al vetusto cadáver, colocándole grandes trancas a las puertas de la mansión para evitar a los millones de pobres que con sus picos y palas buscan enterrar el rancio despojo, con un inocultable dejo de alegría.

Los sepultureros

Aquí estamos todos los pobres del planeta, enteros en los oficios, con el asombro vivo descubriendo lo oculto. Hemos llegado de todos los rincones del planeta a enterrar esta entelequia con todas sus armas y despojos, con todas sus virtudes y sus vicios, con todos sus fracasos y sus éxitos, con sus demonios, divinidades y santidades, con su debe haber saldo, con sus quiebras infinitas, con sus ineficiencias y eficiencias, con sus deudas y cobranzas leoninas, con sus triunfos y derrotas, con sus compañías y soledades, con su amor y su desamor, con sus derechos y torceduras, con sus igualdades, fraternidades y libertades, con sus cárceles, manicomios y hospitales, con su clasicismo, renacimiento, iluminación y romanticismo, con sus formas, reformas y contrarreformas, sus revoluciones y contrarrevoluciones, con su guerra y su paz, con sus héroes y actores, con sus tragedias y comedias, con sus crímenes, saqueos, invasiones, masacres, sometimientos, destrucciones de selvas, sabanas, montañas, contaminaciones de mares, lagos, humedales, desviaciones de ríos, con sus mitos, cuentos, leyendas, con sus verdades y mentiras, con sus partidos, gremios, escuelas y academias, con sus sabidurías e ignorancias, con sus misterios y sus luces, con sus ejércitos y sus iglesias, con sus pérdidas y sus ganancias, con sus fábricas y sus artesanías, con sus artes y espectáculos, con sus brutalidades e inteligencias, con sus contrabandos y vigilancias, con sus odios y sus afectos, con sus rabias y alegrías, con sus llantos y sus risas, con sus dolores y alivios, con sus comercios y sus trueques, con sus pompas, boatos y parafernalias, con sus laboratorios y brujerías, con sus enfermedades y curas, con sus poderes absolutos, plenipotenciarios y circunstanciales, con sus Estados y sus ministros, con sus legalidades e ilegalidades, con sus sumos dignatarios, con sus generales carniceros y poetas, con sus putas y sus chulos tristes y alegres, con sus vendedores de drogas y sus drogadictos, con sus ricos y sus pobres, con sus mafias y sus agraviados, con sus caleteros y pescadores, con sus inmigrantes y desplazados, con sus masacrados y masacradores, con sus asesinos y sus víctimas, con sus muros, murallas y alcabalas, con sus impuestos y sus rentas, con sus democracias y dictaduras, con sus utopías y anarquías, con su egoísmo y su individualismo, con su riqueza y su pobreza y con todo aquello que la memoria no da para instruir en este sumario, pero que el pellejo colectivo sí lo ha sufrido o disfrutado.

No nos toca a nosotros ser policías, fiscales o jueces para juzgar lo juzgado de propia mano, ni hacer justicia. No toca a nosotros venganzas ni revanchas. Sólo venimos a cumplir con el oficio de enterrar así como hemos cumplido con todos los otros e infinitos oficios que hemos creado en nuestra portentosa y maravillosa juntura y que la voracidad de quien en vida fuera conocido como el humanismo nos lo había arrebatado secularmente por los siglos de los siglos, hemos venido a anunciar que con este entierro también nos vamos nosotros hijos conceptuales y naturales del capitalismo. Esta es la gran tarea.

Que nadie se conduela de nosotros, que nadie llore por nosotros, que nadie aplauda la tarea: es nuestro deber cumplirla.

El poder de nombrar

Que ahora la gente sueñe, pero que no nos sueñe a nosotros para satisfacer lo perdido, lo ocurrido. Lo ocurrido fue, que no se sueñe como dueño, que se sueñe como gente, y si algún día se ha de contar esta historia, se haga como un nunca más el miedo, el hambre y la ignorancia, tragedia de los abuelos.

Lo que ocurra de aquí en adelante no se le puede asignar a ninguna revolución porque ya no ocurrirá nunca más, porque la única revolución que se ha conocido auténticamente es la revolución burguesa y esta ha llegado a su fin con tal estrépito que nos mantiene confundidos, creyendo que todo tiene una continuidad y que todo se llamará por siempre con los mismos nombres. Sin saber que los nombres los designan los haceres de quienes tienen el poder de nombrar y no a la inversa.

Nos toca también incluir en el fragor a todas las experiencias ocurridas en todos los pueblos del mundo y sus líderes que lucharon con gran ahínco por acabar con el humanismo pero defendiendo sus propios principios.

La demostración más clara la tenemos en los resultados definitivos de esas luchas y sus herederos, quienes nunca han querido reconocer la necesidad de hacer honestamente un balance de lo ocurrido y del porqué se devolvieron al capitalismo, sino que prefieren hacerse eco de la conseja y propaganda humanista. De que todo ocurrió porque el comunismo es inviable o ineficiente, que los pueblos no saben de eso o que, en definitiva, sus líderes eran una caterva de equivocados y brutos. Por ejemplo, en el campo de la guerra, la propaganda y el arte, estos pueblos y sus líderes en lucha hicieron aportes invaluables que el humanismo supo capitalizar.

Con esta debacle se han quedado cesantes los pensadores, sólo quedan con trabajo los charlatanes y estafadores de todo pelaje intelectual y de cualquier otro bando. Ya no hay banderas que no se haya zampado, eructado y vomitado Don Capital y Míster Humanismo, con todas las conocidas y las secretas se limpió la cara y las cavidades, a cada una pagó con creces su derrota, sus herederos las cobraron con intereses. Por cada obrero, campesino y pescador muerto, sea mujer, hombre, negro, indio, niño, de cualquier oficio o profesión que haya militado en ellas, a partir de los setenta de mil novecientos, fueron inventariados, etiquetados y cobrados. Mientras, algunas viejas chismosas de la izquierda seguirán gritando como si estas ideas estuvieran vivas y ellas las fuerzas para sostenerlas. Mientras el humanismo, sin escucharlas, sigue su rumbo a la nada de la historia y al desfiladero más profundo donde no morirá del golpe estrepitoso de la caída, sino del hambre antigua, jamás saciada.

Un reto queda a los futuros: crear el otro pensamiento. Desde aquí decimos que el mundo por construir no puede sustentarse en el ahogo y el espasmo con que fue construido el poder. No hay apuro, la vida no va a desaparecer. Desde ya, con calma, comencemos a dar los primeros ejercicios mentales sobre la posible realidad física a construir en armonía con la realidad natural, sin que la realidad ideológica afecte esa dinámica.

La Constituyente es un buen comienzo. Que los miedos, el hambre y la ignorancia no paralicen el cerebro.

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