El futuro según Nicolás

Sobre el tema de la formación del nuevo ciudadano han caído aguaceros que casi siempre derivan en lo mismo: la lectura. Casi todos los revolucionarios o gente "de izquierda" (qué le vamos a hacer, hay que llamarlos de alguna forma) saben que la formación pasa por mucho más que ese acto, que llenarse del momento político y emocional del pueblo no se resuelve encerrándose a leer sino haciendo cosas con las manos: hay un aprendizaje discursivo y un aprendizaje corporal. Cosas que no aprendes sino poniendo manos a la obra. Se sabe, pero no todos están dispuestos a otorgarle a esa verdad la suficiente importancia.
 
Como ya escucho a lo lejos (y aquí cerca) la consabida respuesta en forma de paranoia de intelectual "puro" (de esos que creen que sólo lo que ellos saben hacer es importante) voy a apresurarme a desguazarla: no, nadie ha dicho que leer es malo, muchacho güevón, sino que si tu objeto de estudio es el pueblo que hace revoluciones tu lugar de estudio es la puta calle y no tu mausoleo de libros.
 
En la construcción del futuro hay un pulso histórico y también un pulso del momento, fáctico y actual, en el que ya no vale tanto la observación distante y fría del analista con ínfulas de científico impoluto. Afortunadamente los dos últimos presidentes de Venezuela han entendido esto y han realizado convocatorias a llevar a cabo planes de formación que al mismo tiempo resultan planes productivos: experimentos que son provechosos y dan resultados HOY, y que al mismo tiempo están moldeando un punto de vista, una personalidad, un interés, una huella imborrable para el adulto de mañana.
 
Cuando Chávez formuló aquella propuesta de los gallineros verticales y la implementación de huertos en las azoteas de casas y edificios no estaba pensando sólo en la simple necesidad de que los ciudadanos de hoy matáramos el hambre, aunque para eso sirve ese asunto llamado "producir comida". El Comandante estaba planteando al menos otras dos cosas: 1) la necesidad de ir quebrando la lógica del mercado capitalista de alimentos, consistente en que la comida es una mercancía y no un bien que cualquiera puede producir comida gratis o con un mínimo costo de producción; 2) la importancia de formar al ciudadano del futuro con parámetros distintos a esto: "¿Para qué voy a enseñar a mi hijo citadino a sembrar si para eso están los hijos de los campesinos?".
 
Nicolás Maduro ha recogido la propuesta y la ha lanzado al aire, con algunas variantes y tal vez sin la potencia suficiente para convertirla en política de Estado. Pero el germen está allí en sus recientes anuncios: la multiplicación de la actividad conuquera y la idea de crear en las escuelas y simoncitos espacios para la cría de gallinas y de vacas lecheras (después discutimos sobre la perversidad de la leche de vaca; limitémonos aquí a revisar por qué es revolucionaria la propuesta).
 
El trabajo del campo (y en cualquier otro lugar) es espantosamente doloroso si consiste en trabajarle a un patrón o en producir frenéticamente toneladas y toneladas de alimentos para vender, y puede ser una actividad saludable y recreativa si se aborda como una faena para provecho familiar o comunitario
Importante volver al tema central: lo que Nicolás ha planteado va más allá del hecho de que los niños tengan en los planteles huevos y leche para su desayuno. Lo que Nicolás propone significaría que, además de resolver el desayuno, los niños de la Venezuela del futuro SABRÁN que la leche y los huevos no son cosas que produce una máquina y cuyos propietarios son los supermercados y abastos, SABRÁN también que para producir diariamente 100 litros de leche es necesaria la esclavitud de al menos 50 personas. Esos ciudadanos, al cabo de unas pocas décadas entenderán desde la conciencia Y DESDE EL CUERPO que criar animales en este nuevo modelo no es una actividad sucia, indigna, vergonzosa y trágica porque te impide ser profesional o intelectual, sino una tarea importante y necesaria.
 
Esa tarea es incluso agradable si la planteamos en términos distintos a la actual relación amo-esclavo: el trabajo del campo (y en cualquier otro lugar) es espantosamente doloroso si consiste en trabajarle a un patrón o en producir frenéticamente toneladas y toneladas de alimentos para vender, y puede ser una actividad saludable y recreativa si se aborda como una faena para provecho familiar o comunitario. Para resolver en el patio familiar o colectivo lo que en condiciones de reino del capital no se puede resolver si no tienes plata.
 
El que se haya formado en la mente de Nicolás Maduro esa idea de la Venezuela del futuro tiene incluso más mérito que el mismo fenómeno en la mente de Chávez. Nicolás es un ser humano urbano, criado según los parámetros de la ciudad en la que nació y creció. No existen en su aprendizaje corporal los datos del ordeño o la siembra de especies alimenticias, cosas que sí formaron parte de la niñez y la formación de Hugo Chávez.
 
Chávez nació y pasó su niñez en Los Rastrojos, comunidad de las afueras de Sabaneta, donde se acostumbró a la ternura de las labores campesinas llevadas a cabo por su abuela Rosa Inés. Chávez sabe (no porque lo leyó sino porque lo experimentó desde su cuerpo) lo que es un fogón, lo que es ver crecer las matas que después te alimentarán, cómo suena la música que producen las faenas del campo. Nicolás, salsero y barrial, tiene otro tipo de acercamientos al ser humano pueblo del cual forma parte, pero tiene unos grados de conciencia de tal calidad y altitud que puede permitirse esta reflexión: "El país en el que crecí debe cambiar; hay otro país por construir".
 
Ese país del futuro, nuestro y de Nicolás, está en el país que dejamos atrás o que casi fuimos antes de que nos lo arrebatara la furia del capitalismo industrial: la Venezuela en que sus hijos fuimos y seremos capaces de producir nuestros alimentos y objetos con las manos. Un país más pendiente de la siembra que tiene cada quien frente a su casa en lugar de abandonarla en los vericuetos invisibles de la agroindustria sin control, vista como negocio y como compra-venta de alimentos.

 

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