Dios no existe y es más cercano a nosotros que los intelectuales

Dedicado a la vida plena de Aníbal Tobón, Sergio Ríos, Juan Carlos Martínez, Napoleón Barreto, Hugo Chávez y Fidel Castro, quienes en sus afectos, discursos y acciones refrendaron su vocación de vida en lo junto.

Para fundar el país de los juntos, de la cultura colectiva, de lo distinto, se requiere transformar la realidad de la mina en que hemos nacido, en que se nos ha educado. Se necesita que sepamos quiénes somos como esclavos modernos, porque querámoslo o no, somos los pobres quienes podemos crear esta cultura para sustituir la existente.

El problema está planteado desde esta perspectiva: la eficiencia del actual modo de producción sólo le sirve a quienes controlan el aparato de producción, pero es absolutamente ineficiente para resolver las necesidades de las mayorías esclavizadas, porque justamente esas mayorías les somos necesarias a los dueños para la producción limitada de riquezas y su usufructo. Porque es imposible que la riqueza sea suficiente para suplir las necesidades de aquellos que las producimos. Esa imposibilidad, física y matemática, está sobredemostrada; más aún, cuando la publicidad ha exacerbado el deseo y la necesidad, y ya hoy los niveles de consumo, en la mente, superan la simpleza del trabajar para vivir.

En más de quinientos años los extranjeros que invadieron estas tierras nos transmitieron fue el deseo de tener, de saquear, de irse del territorio con las manos llenas de plata. Se cuenta que muchos curas para hablar de los santos, no de los criminales convictos y confesos que salían como campesinos de Europa con una mano alante y otra atrás, soñaban con regresar a sus tierras como señores, con los bolsillos llenos de riquezas. Pues imaginemos a los que vinieron preparados para el crimen y el robo. En ambos casos, su falta de querencia por el territorio es absoluto. Esto no quiere decir que las excepciones no existan, pero son tan pocas que les han hecho estatuas por lo raro, son como los héroes: poquitos.

Los descendientes de estos criminales y ladrones se quedaron en el territorio pero soñando con irse a las tierras de sus padres y abuelos que siempre contaron las maravillas ideologizadas de lo ordenado que era todo, lo bello, lo educado de las Cortes, de lo limpio, de lo respetuoso que eran con la ley en Europa, pero nunca se les ocurrió pensar en las razones del porqué vinieron a estas tierras, cómo fue que se planificó su expulsión, cómo fue que sirvieron de peones a los planes de las grandes corporaciones humanistas invasoras que trajeron la tragedia de la carencia a estas tierras de abundancia.

Esto se expresa en la manera como es tratado el territorio. La visión extractiva, el no importar qué se dañe y qué no, sólo prevalece lo que nos puede aportar como riqueza, y esa conducta de las élites que controlan la producción ha permeado como ideología hacia las clases media y pobre. Todos queremos al país para ver qué le aprovechamos. Todos somos Cisneros o Lorenzo Mendoza, saqueadores compulsivos, destructores desaforados, imbuidos en el abandono, separados en los afectos, buscadores de acomodos imposibles.

La juntura nos duele, constantemente conspiramos contra nosotros mismos cagándonos en el budare que nos da la cachapa, meándonos en el agua que bebemos, añorando ser el dueño que jamás seremos como clase sin comprendernos desde el esclavo moderno que somos, sin valorar las energías invertidas, desconociendo que cada unidad energética que gastemos es el cuerpo deteriorándose en la búsqueda del no ser nosotros.

Siempre imitando, siempre repitiendo, siempre alabando lo extranjero, siempre deseando no ser nosotros como parte integral telúrica del territorio. Sin ninguna intención de sembrarnos, siempre persiguiendo quimeras, utopías, esperanzados en la nada, sin un plan colectivo de país a fundar, sin entender la maravillosa oportunidad que se nos brinda en este tiempo histórico.

Nuestra conducta debe separarse, en este tiempo, de los viejos hábitos esclavos

Con una intelectualidad absolutamente extranjera que en estos 17 años no ha invertido una sola neurona para explicarnos las claves, los signos, los códigos que emiten este desbarajuste en el que está inmerso el planeta, producto de las necesidades del gran capital. Una intelectualidad que sólo se diluye en lo anecdótico de los sorprendentes hechos, en donde se está desbaratando todo el andamiaje del Estado-nación y se intenta imponer el gobierno directo de las corporaciones, donde ellos seguirán siendo peones asalariados, jalabolas infinitos.

Una intelectualidad que vive a la caza de las equivocaciones de quiénes hacen para criticar y poder tener existencia propia, sin percatarse de que no dependen de su propia voz sino del hacer de los otros. Una intelectualidad acomodaticia, chantajista, que sólo mira al Estado como el causante de los problemas sin comprender que el poder no radica en el gobierno sino en las corporaciones, exigiéndole al gobierno que les satisfaga sus veleidades o de lo contrario lo condenan y rápidamente saltan hacia el otro bando, repitiendo los manoseados panfletos de la dictadura comunista como antes alabaron y ponderaron los conceptos comunistas, como la panacea. Sin ningún tipo de vergüenza, con una desmemoria que raya en la idiotez. Sin entender lo valioso que es producir ideas para un tiempo donde ya no están el asombro, la creación, el arte que creó el individuo-humano, éste como concepto. Perdiendo la extraordinaria oportunidad que se nos brinda para diseñar lo distinto, desde la posibilidad de lo colectivo.

Una intelectualidad que nunca quiso trascender sustancialmente, sino ser consumidora compulsiva de un concepto que ni aun en estado inercial le mueve las fibras de la interrogante, por el simple hecho de que esa intelectualidad nunca lo fue, sean estos de izquierdas o de derechas, porque sólo rumiaron en los pastos de la intelectualidad extranjera. Tan es así que hasta las excepciones cuestan justificarlas.

Nuestra conducta debe separarse, en este tiempo, de los viejos hábitos esclavos. Debemos saber que no es tiempo de libertades, igualdades y fraternidades. Somos esclavos. No confundamos estos estremecimientos sociales con posibilidad de satisfacciones, de hambres y deseos insatisfechos ya perdidos. La opción está en no añorar las mieles del capitalismo, ya que esa batalla ya fue perdida y a muy alto costo para la clase.

No estamos en tiempos de prodigios, estamos en tiempos inestables, de desacomodo, de quiebre, de fractura total, donde campea el hambre, el miedo, la ignorancia y la guerra como corolario en todo el planeta. En beneficio de los planes corporativos, que necesitan con urgencia librarse del exceso de mercancía, y para ello están obligados a los asesinatos en masa. Nosotros los pobres somos la mercancía: ninguna esperanza, ningún milagro, ningún líder, ninguna pedigüeñería resolverá la situación; porque no es un fenómeno, ni una casualidad. Son hechos de la realidad física que toca analizar, procesar, saber, digerir como clase, para poder ser y crear lo distinto.

Es la hora de decirnos las verdades descarnadamente. No hay manera de satisfacer esas hambres, de espantar esos miedos, de violentar esas ignorancias, porque ya señorean y son el sustento de lo existente sin los cuales es imposible su estar. Por lo tanto no tienen solución en este sistema, en esta cultura. Ya no más vino, pan y circo, no más demagogia, no más progreso y crecimiento económico. Ya es tiempo de cerrar el terrorífico espectáculo de la lucha por el poder que por quince mil años atormentó a la especie y destruyó el resto de la naturaleza. No es hora de arreglos y coger goteras, debemos aceptar que el techo se vino abajo porque sus bases están jodidas, podridas y no en una parte sino en general.

Saberlo asusta, paraliza y provoca matar al que lo señale, pero la única salida sensata está en pensar, diseñar otra cultura, donde por la vía del conocimiento, de la planificación, podamos esbozar formas de producción que se entiendan desde lo colectivo, donde la competencia y la ambición de estar por encima de los otros no sean las motivaciones. Que la multitud de alienados no chantajee el deslumbre de lo otro.

La clase nos heredó con sus vidas el ejemplo de lo que no debemos hacer

Los pobres en este hoy tenemos la inmensa oportunidad de concebirnos, de parirnos como arquitectos de la otra cultura. Esta inmensa rendija nos brinda la posibilidad de cambiar, de ser otros, de cimentar lo distinto, porque debemos saber que en esta guerra estamos intelectualmente solos. De hecho, Dios no existe y podemos decir que está más cerca de nosotros que los mismos intelectuales.

Nosotros los pobres estamos en la capacidad de crear el otro discurso no sustentado en la esperanza y en la utopía, porque eso nos mantiene en los límites del espejismo. La esperanza nos aquieta, no permite hacer nada, inmoviliza, nos pone a esperar y ahí quedamos, esperando el mesías, el líder, el Donald Trump, el Lorenzo Mendoza, el Capriles, el Leopoldo que nos va a resolver. Ya no es tiempo de individualidades, es el tiempo de las mayorías nombrándose, sabiéndose clase. Haciendo, creando, ejerciendo la política como un todo, no alimentando la monstruosidad representativa que le ha cagado la vida a este planeta.

Tenemos que decidirnos y ese es el discurso que tiene que florecer: la idea de que somos la clase, de que en el hacer colectivo está la historia que decidamos. Por eso el discurso y la aptitud no puede ser esperar a que alguien resuelva, porque eso nos separa e inmoviliza. Allá los líderes y acá nosotros, no.

Nosotros debemos comprender que juntos es como debemos diseñar la política, no como grupos o gremios, porque de otra manera ese legado de Chávez, de la participación protagónica, se quedará en puras palabras, en retórica. Aquí ni discurso vacío ni dirección representativa va a resolver la creación de la otra cultura. Por esa vía nos mantendremos como esclavos a la espera de la providencia divina para que un día nos mande a otro Chávez. La única opción está en las manos, en el corazón, en el cerebro, en las vísceras juntas de toda la clase.

Eso significa que debemos genera una organización no para que nos resuelva los problemas de las necesidades creadas por el capitalismo, sino que sea para crear lo distinto. Hay que discutir esa organización: cuál es, cómo, dónde, cuándo, y tenemos que ser millones de nosotros discutiendo, analizando, experimentando, creando el otro modo de producción, de manera que lo otro debe nacer de aquello que pueda ser incorporado en el cuerpo como costumbre, como cotidianidad, que el discurso y el hacer sean lo mismo.

Nosotros tenemos que estudiar los distintos ejemplos donde en nombre de la clase se ha tomado el Estado y los resultados están a la vista. El ejemplo de China, Vietnam, Cuba, la Unión Soviética, demuestran que el capitalismo y el humanismo nunca han ganado la guerra contra los pueblos, pero la hemos perdido en el ámbito de la cultura, de la producción, porque al final terminamos comiendo perros calientes, hamburguesas, cocacolas y ambicionando vivir en el capitalismo.

Todos estos pueblos pagaron caro el atrevimiento de intentar vencer al humanismo. No repitamos esa historia, la clase nos heredó con sus vidas el ejemplo de lo que no debemos hacer.

Esta batalla contra la guerra económica, no tenemos ninguna duda, en lo inmediato la ganaremos y podemos ganar muchas batallas más. Pero el problema no es ese. El problema es ganar definitivamente la guerra cultural, y esa sólo es posible creando el pensamiento de lo distinto. Eso requiere de una gran valentía y no la del asustado, sino la de aquel que abandona el deseo de consumo individual y dona la vida desprendidamente al futuro.

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