¿Comemos guerra?

El ataque por parte de la batería mediática opositora a cualquier alternativa que nazca del pueblo o de los mismos despojos de la debacle capitalista reafirma su rol, tanto en lo que en Venezuela llamamos guerra económica como en la guerra emprendida por el control y mercadeo globalizante de la red de vida en donde estamos la gente y la tierra.

En este país donde "no se produce" hemos transitado más de tres años en medio de la "escasez". Expliquemos las comillas: mientras las harinas, pastas, azúcar, arroz y demás alimentos procesados desaparecían de los anaqueles, mucha gente optó por no arrodillarse ante las colas y comenzó a comprar yuca, auyama, sardinas, maíz y otros. Las calles de Caracas se llenaron de comerciantes vendiendo estos rubros que, cuando investigas, resulta que no son importados (quizás sí sus semillas o agroquímicos) ni pasan por manos de la agroindustria. Ante el chantaje especulador de esta última (cuya tecnología es atrasada) así como el proceder hamponil de sus tentáculos de acaparamiento, el pueblo productor de hortalizas y verduras, financiado por el gobierno en casi todas sus facetas, respondió.

Atacan a todo con todo

En el devenir de este asedio la colectividad le ha puesto el ojo a lo que come. Con más sentido de resistencia que de resignación, nos hemos propuesto alternativas alimenticias que sistemáticamente han sido atacadas por los laboratorios de guerra psicológica (valga la redundancia) en los que se ha convertido hoy la fachimedia. Tal es el caso más reciente de la yuca, con la cual se desató una ristra de mitos urbanos (+"presuntamente") respecto a casos de envenenamiento con cianuro, compuesto constitutivo de la variedad amarga de este tubérculo.

Así mismo ha ocurrido con las masas de maíz, respecto a las cuales se difundió que contenían cal, compuesto que es utilizado en el proceso de nixtamalización en el cual se elimina la cáscara a la semilla de maíz y se aumenta el contenido cálcico del alimento. En cuanto a las sardinas, el mismo pueblo pescador se puso a disposición del Gobierno Bolivariano para satisfacer la necesidad de proteínas mediante la llamada Caravana de la Sardina, pero no podía faltar el ataque mediático (+"fuentes extraoficiales afirman") y su intento de embalsamar la gesta con formol y chismes.

El asunto es que toda alternativa que el pueblo genera se convierte en objetivo de ataque tanto en los precios que son aumentados por intermediarios que especulan como por parte del andamiaje de medios, laboratorios y los respectivos radiobembas autoconvocados.

La oferta de alimentos como la yuca no ha disminuido mientras las puertas de los automercados llevan tres años repletas de gente procurando por comida empaquetada (harinas, pastas, arroz y azúcar). Este tubérculo es nativo de América y ha sido el pan de quienes hemos ocupado este territorio por milenios, es hasta positivo que en medio del asedio psicológico y alimentario que vivimos nos enteremos, por ejemplo, de que existe una variedad utilizable para la elaboración de casabe y mañoco, además de la que eventualmente se consumía sancochada con parrilla o pollo en brasa y que hoy es de presencia cotidiana en nuestra mesa. El conocimiento de lo que somos es vital para liberarnos del dominio globalizado, huele a nuevas formas de saber y transmitir lo que se sabe, sin tarimas ni compendios sino con experiencia e ingenio.

Toda guerra es psicológica y alimentaria

Un aspecto fundamental de la guerra es su componente psicológico. El humanismo nos ha intentado dominar mediante el hambre, el miedo y la ignorancia, y estos son tiempos para terminar de entenderlo. Es revelador el hecho de que actores de guerra como ciertos diputados de la AN se empeñen en desplegar una casuística respecto a intoxicaciones y deficiencias nutricionales en el pueblo pero sin analizar las causas del hambreo estructural (+Rockefeller) que significa la mercantilización del alimento así como el dominio que se ejerce mediante ella. La intensificación de un capitalismo zombi nos permite dar pasos en la comprensión del malandreo global con que los dueños y señores de la guerra han actuado desde hace más de 500 años.

La mala alimentación es un fenómeno globalizado

No es nueva la práctica imperial de hambrear a países que no estén alineados a su proyecto hegemónico, lo han experimentado Cuba y otros países. Así mismo son harto conocidas las asimetrías respecto al modo como se distribuyen los alimentos en el mundo y cómo se ejerce poder mediante el mercado alimentario.

El acto de comer ha sido incluido como parte de la guerra que las élites globales han desatado contra la naturaleza humana y no humana. A quienes no somos dueños, el mercado nos ha impuesto un estilo alimentario basado en el uso excesivo de energía fósil y motorizador de la crisis climática, el uso y abuso de la tierra para cultivo, la disminución de la biodiversidad, envenenamiento del agua, desertificación, deforestación y la incertidumbre de los transgénicos. En el empeño de que casi todos comamos lo mismo no se atiende a estaciones climatológicas ni culturas locales. Dice Patricia Aguirre, autora del libro Ricos flacos y gordos pobres, que la alimentación en crisis se debe a "la distribución inequitativa (que) deviene vergüenza al saber que se podría terminar con los millones de desnutridos con sólo invertir la quinta parte del cereal que se utiliza para engordar el ganado". Un modelo que deforesta para criar ganado para el bistec, que sólo come quien más paga y cuyo consumo aumentó en Venezuela desde que existe la Revolución Bolivariana.

Dejamos de ser comensales para ser una especie de jartones de lo que sea, donde sea, a la hora que sea y sin importar con quién o quiénes comemos. La mala alimentación es un fenómeno globalizado que va desde la obesidad que nos convierte en pacientes metabólicos hasta el hambre con que el saqueo capitalista asola a Sudán del Sur, Somalia, Yemen y el noreste de Nigeria.

El poder detrás del paquete que vende el empaque

Mientras te quejabas por las colas y Maduro, en 2016 la poderosa empresa alemana Bayer adquirió a la Monsanto por 66 mil millones de dólares. Estas empresas no sólo son multimillonarias sino que poseen el control del paquete tecnológico que vende el empaque del alimento que nos es impuesto. Dice Pat Mooney, del Grupo ETC, que "la empresa que logre dominar las semillas, la información sobre suelos y clima, y que pueda procesar nueva información genómica, inevitablemente ganará control sobre los insumos agrícolas de todo el globo: semillas, agrotóxicos, fertilizantes y maquinaria agrícola".

Esto implica adueñarse de los precios de todas las fases por las que pasa un alimento antes de ingerirlo, detrás de ello está el control sobre la investigación y legislación en nuestros países para dominar mercados, "aplastar los derechos de los agricultores y criminalizar las semillas campesinas", dice Silvia Ribeiro, del mismo grupo.

Hablando de control: también se están apropiando del Big Data agrícola del mundo.

Hasta la FAO dice que "los sistemas agrícolas intensivos que utilizan muchos insumos, causantes de la masiva deforestación, de la escasez de agua, del agotamiento del suelo y de las grandes emisiones de gases invernadero, no pueden ofrecer una producción agrícola y alimentaria sostenible". Somos la eterna orquesta del Titanic que pide industrialización para ver anaqueles llenos de empaques y nos negamos a pensar en otro modo de generar comida. Cualquier crítica al modelo rentista vigente es calificada de atraso, sin embargo la burguesía venezolana, por ejemplo, es incapaz de generar una idea que vaya más allá de la dependencia y la sumisión a capitales internacionales.

Un ejemplo es la alianza entre Alimentos Polar y Carlos Pascual (Leche Pascual) para "producir" una famosa bebida semejante a un yogurt. Dice Carlos Lazo que tal negocio define cómo se hizo todo el proceso de industrialización en este país, porque se basa en la subordinación de Polar como enclave de un plan transnacional donde se establece como un polo pasivo de Pascual para colocar un alimento que no alimenta en el Caribe y China, implantando tecnologías y maquinarias que no dominan, típico del modelo capitalista neocolonial adicto al petrodólar.

Leche Pascual forma parte de un entramado empresarial llamado AME, que domina el deprimido mercado alimentario en España, ese país con mayor porcentaje de obesidad y sobrepeso infantil en la Unión Europea y el segundo en el globo, justo detrás de los Estados Unidos. Las empresas productoras de azúcar y la industria alimentaria, junto a gobiernos como el de Rajoy colaborando, montan obras de ficción donde ninguno de ellos tiene que ver con el problema sino que más bien son la solución. Obvio, el libreto lo recitan fundaciones especializadas, gremios farmacéuticos y centros de investigación.

Comer sólo por comer es una trampa montada por la agroindustria

En el sociodrama bien montado aparece la industria alimentaria como un actor comprometido con la lucha contra la malnutrición, y para ello organiza eventos científicos, financian y difunden estudios que ponen en duda la relación causa-efecto del consumo excesivo de azúcar con las enfermedades, no sin el mantra "No hay alimentos buenos ni malos, todo depende de la dieta en su conjunto". Esta gente se encarga de convencerte de que la obesidad es sólo un problema individual de malos hábitos, sedentarismo, falta de ejercicio, mala elección en la compra o en la comida, nunca es responsabilidad de la publicidad o el márketing. Da igual. "La industria alimentaria no está para curar enfermedades, para eso está la industria farmacéutica", dijo el jefe de nutrición y salud de Coca-Cola España.

Mira en manos de quiénes nos dejan...

CLAP: salir de la trampa agroindustrial

Socializar la alimentación ha sido parte de la visión de esta iniciativa que recién cumple un año, cada vez que decimos que los CLAP no son sólo una bolsa o una caja, entendemos que todo el alimento empacado que viene allí no es sino una excusa para politizar el acto de comer. Esto pasa por que la comuna ejerza el poder popular mediante la apropiación de la producción y la distribución de los alimentos.

La P de los CLAP es importante. El presidente Maduro ha hablado, por ejemplo, de liberarnos del trigo y comenzar a crear una matriz productiva que dé impulso a una red de economía colaborativa y comunitaria. También es vital la C cuando se trata de comunalizar esa producción, y que tanto el acto de comer como el de habitar nos conviertan en un nosotros con la tierra.

De la iniciativa ha surgido el desafío de que haya un componente local ante el empeño globalizador de homogeneizar nuestros hábitos y jugar monopolio con lo que comemos. La L implica localizar distancias, iniciativas e insumos, lo que se vislumbra mediante el conuco no sólo como bodega sino como cultura que nos junte.

Comer sólo por comer es una trampa montada por la agroindustria, esa que chantajea y secuestra.

No sólo ver la tierra como almacén sino como territorio y territorialidad vinculada al afecto y la identidad, no sólo manejar nuestros cuerpos como máquinas a la que se les pone cualquier combustible sino como multiverso de sabores y saberes que entregamos para dejar comer, es hoy y siempre lo ha sido, un acto político que debe ser pensado por seres políticos, no por rehenes.

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