El espejo de Henry Kissinger

Para escribir este artículo consulté Mis memorias (1979) de Henry Kissinger, y leyendo el prólogo, escrito por él mismo, me tropiezo con algo que llamó mi atención: "Sobre algunos temas tal vez deba tocar acontecimientos del período 1969-1972 que se omiten aquí por razones de espacio o de continuidad", advierte.

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Kissinger felicita a Pinochet

Pero el libro tiene 1 mil 032 páginas -¡vaya si ha sido larga la carrera criminal de Henry Kissinger, y todavía sigue activo planificando invasiones contra otros pueblos desde el propio vientre del Imperio del terror -ahora como asesor de la señora Clinton-, "cuyo flujo no reconoce tasa ni peaje". ¿"Razones de espacio"? ¿Por qué "se omiten" esos "acontecimientos", siendo que en 1970 se inicia la conspiración contra Allende, quien acababa de ganar la presidencia?

Pero un libro impresionante, que me pareció fundamental para mirarnos en la experiencia que condujo al derrocamiento de Salvador Allende el 11-09-1973: Legado de cenizas. La historia de la CIA, de Tim Weiner, que The Washington Post considera: "Un triunfo, tanto del periodismo como de la historia", me proporcionó el "espacio" "sobre algunos temas" que se le olvidaron a Kissinger. ¿Miedo al juicio de la posteridad? ¿Un frío asesino como él? No lo creo. Sus asesorías a varios presidentes norteamericanos han resultado letales para muchos pueblos en varios continentes, sobre todo en América Latina y el Caribe. ¡Ya lo verán!

"Pocos países latinoamericanos defendían más que de boquilla los ideales de la democracia y el estado de derecho -escribe Weiner-. Uno de ellos era Chile, donde la CIA veía una creciente amenaza. El izquierdista Salvador Allende iba en cabeza en la campaña para las elecciones presidenciales previstas para septiembre de 1970. El moderado Radomiro Tomic, respaldado por los democratacristianos, los tradicionales favoritos de la CIA, parecía estar a bastante distancia por detrás de él. Por su parte, el derechista Jorge Alessandri tenía un marcado historial pro norteamericano, pero era un corrupto; el embajador estadounidense, Edward Korry, lo encontraba insoportable. No había más alternativa".

En Europa, altos representantes del Vaticano y diversos líderes democratacristianos de Alemania Occidental y de Italia trabajaban a instancias de la CIA para detener a Allende. Paralelamente en Chile "se imprimieron carteles, se filtraron falsas noticias, se alentaron comentarios editoriales, se hicieron correr rumores, se arrojaron octavillas y se distribuyeron panfletos", según relataría mucho más tarde Richard Helms, jefe de la CIA. "El objetivo era aterrorizar al electorado". El 4 de septiembre de 1970, Allende le ganó a los otros dos candidatos por un margen de 1,5% y con menos de 37% de los votos. Según la ley chilena, el Congreso debía de ratificar los resultados y confirmar la mayoría relativa de Allende 50 días después de las elecciones. Pero se trataba de una mera formalidad legal.

"La CIA tenía un montón de experiencia a la hora de amañar elecciones antes de la votación -sigue Weiner-. Pero jamás lo había hecho después de esta… Kissinger dio instrucciones a Helms de que calculara las probabilidades de un golpe de Estado. Eran más bien escasas; Chile era una democracia desde 1932, y desde entonces el ejército no había aspirado al poder político. Helms le envió al jefe de base Henry Hecksher un cable ordenándole que estableciera contactos directos con oficiales del ejército chileno que pudieran encargarse de Allende. Hecksher carecía de tales contactos. Pero sí conocía a Agustín Edwards, uno de los hombres más poderosos de Chile. Poseía la mayoría de las minas de cobre del país; su periódico más importante, El Mercurio, y su planta embotelladora de Pepsi-Cola. Una semana después de las elecciones, Edwards viajó al norte para ver a su buen amigo Donald Kendall, director general de Pepsi y uno de los apoyos financieros más valiosos de Nixon", y a través de éste logró entrevistarse con Henry Kissinger quien, previa consulta con Nixon, giró las instrucciones fatales.

Helms se dirigió al general Lanusse -de la Junta Militar que gobernaba en Argentina- y le preguntó qué querría su Junta por ayudar a derrocar a Allende. El general argentino miró fijamente al jefe de la inteligencia estadounidense:

 

"Señor Helms -le dijo-, usted ya tiene su Vietnam; no me haga a mí tener el mío".

La CIA dividió la operación Allende en dos partes, que denominaron "Vía Uno" y "Vía Dos". La "Vía Uno" era la guerra política, la presión económica, la propaganda y el juego diplomático. Aspiraba a comprar el número suficiente de votos en el Senado para bloquear la confirmación de Allende -o de magistrados de la Corte Interamericana, como se pretende ahora, aunque éstos se vendieron hace décadas-. Si eso fallaba, el embajador Korry planeaba persuadir al presidente Frei de que diera un golpe constitucional. Como último recurso, Estados Unidos "condenaría a Chile y a los chilenos a una privación y pobreza absoluta -según le dijo Korry a Kissinger-, obligando a Allende a adoptar los rasgos más duros de un estado policial", y provocando, de ese modo, una revuelta popular.

El año en que le dieron el golpe a Allende, Kissinger ganó el Premio Nobel de la Paz

La "Vía Dos" era directamente un golpe militar.

Por la "Vía Uno", el jefe de la base de la CIA en Brasil, David Atlee Phillips, "tenía en nómina a veintitrés periodistas extranjeros encargados de agitar la opinión internacional. Él y sus colegas habían dictado la feroz noticia anti-Allende publicada en la portada de la revista Time. Para la 'Vía Dos', contaba con un equipo de hombres encubiertos de la CIA dotados de pasaportes falsos y adscritos a una falsa bandera". El 27 de septiembre de 1970, la CIA le pidió al agregado militar de la embajada estadounidense, coronel Paul Wimert, viejo amigo de la Agencia, "que les ayudara a encontrar a oficiales chilenos que estuvieran dispuestos a derrocar a Allende". Uno de los poquísimos generales que habían tratado de dar un golpe de Estado en el pasado reciente era Roberto Viaux.

El 6 de octubre, uno de los hombres encubiertos de la Agencia mantuvo una larga conversación con Viaux. "Al cabo de unas horas, el embajador Korry se enteró de que la CIA estaba planeando un golpe a sus espaldas, y a continuación tuvo un acalorado enfrentamiento con Henry Hecksher: 'Tiene veinticuatro horas para entender que aquí mando yo o para abandonar el país', le dijo el embajador.

"Estoy horrorizado -le cablegrafió Korry a Kissinger-. Cualquier intento por nuestra parte de alentar activamente un golpe podría llevarnos a un fracaso como el de bahía de Cochinos.

"Kissinger, furioso, ordenó al embajador que dejara de entrometerse. Luego convocó a Helms una vez más a la Casa Blanca. El resultado fue un cable a la base de la CIA en Santiago: 'Contacten con los militares y háganles saber que el USG -el gobierno estadounidense- quiere una solución militar, y que les respaldaremos ahora y después… Creen al menos alguna clase de clima de golpe… Patrocinen un movimiento militar".

El día 16, Kissinger cablegrafió sus órdenes a Hecksher: "Es nuestra política firme y constante que Allende sea derrocado mediante un golpe. Se ha determinado que un intento de golpe de Viaux llevado a cabo por él solo con las fuerzas de las que ahora dispone fracasaría. Ínstenle a unir fuerzas con otros golpistas. Tenemos un grande y constante interés en las actividades de Valenzuela y otros, y les deseamos la mejor de las suertes". (A Kissinger se le confirió el ¡Premio Nobel de la Paz el mismo año en que fue derrocado Salvador Allende: 1973! Ahora entendemos por qué se lo dieron a Obama. ¿Libia? ¿Siria? ¿Irán?).

El 22 de octubre, "¡50 horas antes de que el Congreso chileno se reuniera para confirmar los resultados de las elecciones!, un grupo de hombres armados tendieron una emboscada al general Schneider, alto jefe militar leal al Presidente, cuando iba camino de su trabajo -¡ojo!-. Sufrió varios disparos y murió en el quirófano poco después de que Salvador Allende fuera confirmado por el Congreso como presidente constitucionalmente electo de Chile con 153 votos a favor y 35 en contra". Concluyo con Tim Weiner.

Lo que vendría después es historia más o menos conocida: miles de muertos, desaparecidos, torturados, exiliados, en nombre de los "valores" de la "democracia" norteamericana. Y todavía sigue allí instalado Augusto Pinochet, sólo que cambió de nombre, y ahora se llama Sebastián Piñera, para escarnio de los chilenos.

Kissinger es una pieza muy valiosa para el sionismo internacional, movimiento de ultraderecha al que pertenece por razones "religiosas", y es bastante probable que esté detrás de alguna conspiración contra Venezuela. Capriles tiene el respaldo de Israel, como se pudiera evidenciar de la visita de Ledezma a ese país, y que Enrique Salas Römer, por su lado, se haya entrevistado con él, y no creo que haya sido para jugar golf. ¡Kissinger tiene muchísima experiencia en jugadas siniestras de todo tipo! "Algo huele a podrido en Dinamarca".

Finalizo: James Petras es -¿quién lo duda?- uno de los más brillantes intelectuales de los Estados Unidos. Días atrás soltó estas frases: "A Estados Unidos le importa más agredir a Venezuela que luchar contra el narcotráfico", y se extiende en consideraciones bastante reveladoras a las que hay que prestarles suprema atención. A propósito, Petras ofrece, además, una fórmula para acabar con el narcotráfico: "Simplemente encarcelando a los principales banqueros de Estados Unidos y a sus inversionistas en Colombia. Con una redada de quinientas personas se acaba toda la distribución y producción del narcotráfico". Luce fácil, ¿verdad?

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