Maduro y las dificultades

Asumir compromisos y responsabilidades vitales, cuando se trata de la conducción de un país, de domeñar –como decía Sarmiento– las incertidumbres y complejidades puestas en la escena del ejercicio político del poder, más aún si se trata de una revolución, siempre tendrá como elemento de comparación si se lograron o no los profundos cambios propuestos como acción de un gobierno que sustituye a otro. Sobre todo si están en marcha los elementos centrales del programa de gobierno.

En ese sentido, las revoluciones siempre tendrán la característica de ser constatadas en la realidad a través de sus resultados materiales inmediatos, y, generalmente, se  desconoce lo logrado en materia del cambio social profundo al que conlleva una revolución en sí misma. De allí que hoy en el país un sector del pueblo, y fundamentalmente la derecha política, no reconozca lo logrado hasta ahora en términos de inclusión y participación política, sólo por nombrar dos aspectos sustantivos al evaluar la revolución bolivariana en su conjunto.

Si de algo podemos estar seguros quienes vivimos en esta tierra de gracia que jamás abandonaremos, es que la Venezuela del siglo XXI no podrá ser gobernada de ninguna manera que no sea con la participación protagónica de un pueblo que dejó de ser invisible. Venezuela cambió para siempre, y no es una frase cliché, es una realidad que palpita en el corazón de millones de venezolanos, un sentimiento entrañable que tampoco lo entienden los sectores de derecha. Creo que esa actitud no sólo la percibimos en Venezuela: se ha globalizado y es por ello que ha dejado de ser un fenómeno insignificante.

Para que esto no se convierta en una consigna que se revierta a futuro, es importante  internalizar los cambios como un proceso y estar totalmente convencidos de que la construcción revolucionaria convertida en gobierno del pueblo no se trata de un gobierno de un periodo determinado que dura seis años, y mucho menos de esperar que de manera automática o por arte de magia estén corregidas las grandes desigualdades e inequidades generadas. Eso tiene que pasar a ser parte del nefasto pasado político de nuestro país, donde el papel protagónico no lo jugó el pueblo, sino la alternabilidad adeco-copeyana que configuró los 40 años de la Cuarta República.

El hecho democrático para entonces era un acto efímero, que consistía en elegir –en menos de cinco minutos– a un presidente que lo hiciera un poquito mejor que el anterior: un falso dilema, un espejismo empañado de supuesta representatividad.

La revolución es por tanto un proceso dinámico de toda una vida, permanentemente atacada por todos los flancos, pero siempre avanzando para lograr las necesarias transformaciones sociales. Sin embargo, a pesar de sus complejidades, es necesario, como bien lo plantea István Meszáros, llevarla a cabo con las menores dificultades y sufrimientos posibles para los pueblos. Que la misma no sea de un alto sacrificio en aras de que ésta no se inviabilice y conseguir los niveles de conciencia en la población que permitan su defensa.

Eso no significa que al lograr que las revoluciones sean lo más humanas posible, pensar que provienen de un acto de magia,  copia o un proyecto llave en mano, como podría ser el caso nuestro, del que sólo debemos esperar beneficios y más aún si es verdaderamente socialista. Es por ello oportuno recordar al líder y mártir Jorge Rodríguez: “El socialismo se conquista peleando”.

Esto por supuesto es fácil escribirlo y expresarlo, pero cristalizarlo fue uno de los retos más importantes que se planteó el comandante Chávez y hoy es objetivo de lucha constante del compañero presidente Maduro. Qué difícil será entonces estar siendo evaluado desde ese imaginario que aún pervive en la gente de un “gobierno tradicional”, que habló de resolver los problemas pero que nunca se planteó  transformar el modelo de injusticia y exclusión, y por otro lado, ser medido a través del baremo que dejó el comandante Chávez. He allí ese mar de dificultades en el que conseguimos inmerso al compañero Presidente, tal vez naturales en nuestro proceso político.

¿Será que alguien de verdad se planteó que sería fácil el camino a transitar sin Chávez? La repuesta ha estado presente desde su siembra en el Cuartel de La Montaña. Allí sentimos un rotundo no. Cómo no entender entonces las dificultades por las que hoy pasamos y a las que Nicolás Maduro hace frente, decidido a defender y no dejar desvanecer el legado de Chávez. Ahora bien, el sólo no puede llevar sobre sus hombros esta inmensa responsabilidad.

Es crucial y definitorio que toda nuestra gente comprenda,  se sensibilice e internalice el esfuerzo que debemos hacer para vencer las dificultades por las que hoy pasamos. Es tarea de todos. Ya es tiempo de dejar atrás la conducta facilista de responsabilizar siempre a otros. No fue enseñanza de Chávez “escurrir el bulto”. Por el contrario, él siempre asumió e hizo suyas las responsabilidades. Ese objetivo lo alcanzaremos unidos y en la lucha permanente, pues no se trata sólo del esfuerzo y compromiso del Presidente, ya que eso reforzaría lo que siempre ha sido parte de nuestra crítica, un nuevo Gobierno presidencialista, que es distinto a tener un líder conduciendo con su pueblo el destino de todos.

Así ha quedado manifiesto en estos 20 turbulentos meses, que la decisión inequívoca y clara del Comandante al designar a Nicolás para conducir esta revolución, pasó la prueba, y creo, sin temor a equivocarme, que ya nadie guarda dudas sobre eso. Sin embargo, debemos ser lo suficientemente honestos y capaces de reflexionar por qué siempre estamos buscando hacer las comparaciones de lo que hubiera hecho o no el Comandante en un momento determinado.  A pesar de que esa tendencia pueda ser parte de un proceso natural sociológicamente hablando, debemos entender que la dinámica revolucionaria que hoy vivimos es mucho más compleja y tiene sus propias particularidades.

Ha llegado el momento de dejar a un lado la mezquindad para reconocer en su justa dimensión el enorme esfuerzo que viene haciendo Nicolás Maduro para dar continuidad a una revolución que venía siendo conducida con el estilo y liderazgo del comandante Chávez. A esto se le suma tener que llevar a cuestas ese inmenso legado y el peso de la historia de suceder a ese gigante, paradigma de la sociedad latinoamericana contemporánea y, nos atrevemos a decir también, de otras latitudes.

Es urgente y perentorio sumarnos sin ningún tipo de reservas en torno a su liderazgo si queremos mantener vivas las esperanzas del pueblo venezolano. Hagamos realidad  esas frases inspiradoras del Comandante: Unidad, lucha, batalla y victoria. Es la hora de enarbolar esas banderas con humildad, transparencia y con la más profunda convicción revolucionaria.

Debemos incluso trascender a otro plano las diferencias que de manera natural siempre estarán presentes en un proceso tan vigoroso y a veces lleno de pasiones como el que estamos viviendo, para darle paso al menos por ahora a todo lo que nos une. Mientras tengamos revolución tendremos tiempo para seguir debatiendo nuestras diferencias, cosa que no será posible sin ella. No nos perdonarían Chávez, la patria ni la historia si asumiéramos otro camino. Fallarle a Chávez es fallarnos a nosotros mismos. Unidos venceremos las dificultades.

¡Sólo juntos somos Chávez!

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