Los progres europeos, entre la fantasía teletubbie y el realismo de la derecha

A mí en lo personal me desagrada partir la política de esa forma. Primero porque esa división nació por allá en Francia en 1789 cuando -según dice la historia- unos burgueses ubicados del lado izquierdo del parlamento exigían sufragio universal para todos los sectores de la sociedad, mientras que otros burgueses ubicados en el lado derecho optaban por una monarquía constitucional con derecho a voto sólo para la gente pudiente.

Pero bueno, esa es la historia que hay y la que perdurará por los siglos de los siglos, amén.

El hecho es que desde ahí hasta los tiempos actuales esa división ha partido en dos el mapa político en gran parte del planeta. Ese momento afilió a la izquierda a ideales como solidaridad, igualdad, justicia y la propiedad pública/colectiva/social en manos del Estado y de los trabajadores. En cambio, a la derecha la adhirió a valores "conservadores" como la propiedad privada, el individualismo, el egoísmo y la supremacía del poder económico por encima del poder de los ciudadanos y sus derechos.

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Pero ahora con Trump como presidente de Estados Unidos, Theresa May como primera ministra en Gran Bretaña, Marine Le Pen buscando gobernar Francia y toda una constelación de partidos de derecha disputando el poder en Europa (agregue aquí también los retrocesos e ingenuidades de la izquierda en Latinoamérica), como que esa talanquera nos deja más confusiones que respuestas.

¿Qué carajo le está pasando al mundo y a esas sociedades cultas, bellas, blancas y estudiadas (me refiero a las gringo-europeas, porque los latinos no entramos ahí salvo como fotocopia de baja resolución) que están eligiendo para que los gobierne a hombres y mujeres cavernarias, con conceptos primitivos del ser humano, odiadores de los extranjeros, racistas, clasistas, xenófobos, homófobos y machistas?

¿Cuándo fue que cambió esto, que ahora los liderazgos de la izquierda europea como Podemos y otras expresiones similares, que son buena vaina y quieren lo mejor para todos, un futuro más igualitario y menos beneficioso para los ricos, aprietan los intestinos y sus derivaciones para no salir con las tablas en la cabeza en cada elección?

¿Cuándo el mundo político se volvió un rancho detestable, asqueante y fó, donde "los buenos" de la película son ignorados y "los malos" escuchados con atención?

Y esto no es un problema moral. 

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Pero la pregunta que nadie se hace es por qué en Estados Unidos y Europa el discurso que llevó al poder a esa gente ha tenido tanta pegada. Yo creo que por varias razones. Primero porque la izquierda propone un mundo que no existe y que además nadie en esos países quiere construir.

Una sociedad estimulada diariamente por la competencia, el individualismo y la fragmentación, el deseo de superación y las ganas exacerbadas de consumir, mínimo se encabrona cuando el futuro que le plantean es el de cobrar lo mismo (o un poco más, pues) que un barrendero, mucho más si acaba de egresar como médico. O si su carajito tiene que ir a la misma escuela y al mismo hospital (aunque sea gratis) que los negritos que emigran de África, Medio Oriente o, peor, Latinoamérica. ¿Cómo es que yo no puedo tener más que el otro? ¿Cuál es el chiste de esta vida si yo, ciudadano europeo o gringo, no puedo jactarme ante todo el mundo? ¿Entonces para qué coño servirá el Facebook, el Twitter y el Instagram? Qué aburridos...

Si todos quisieran cambiar lo existente, otros serían los escenarios electorales

Y quizás ese barrendero tampoco quiere un mundo solidario, justo y alternativo, sino que detengan la entrada de inimigrantes/refugiados porque un afgano o iraquí puede cobrar mucho menos que él. Pareciera más bien que la izquierda pretende obligarlo (sí, a un tipo católico, racista, xenófobo y que se cree la verga de triana, aunque sea barrendero) a querer a la fuerza a "personas inferiores", a pagar más impuestos para mantenerlos, que le mantenga las calles limpias y que además les diga los buenos días. ¿A cuenta de qué deben tener esos derechos?

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Es fácil: si todos quisieran cambiar lo existente, el presidente de Estados Unidos sería Bernie Sanders y el presidente de España Pablo Iglesias. Hasta los pobres de esos países votan en buena medida por la derecha porque asocian la solidaridad, la justicia y la igualdad con una posible pérdida de su trabajo, el afeamiento de su comunidad, la delincuencia y otro sinfín de temores. Mientras la izquierda propone la ampliación de derechos a escala universal (para todos venga de donde venga), la derecha propone derechos exclusivos, sólo para ti, para que los disfrutes con tu familia, sólo tuyos, de más nadie, no deje que te los quite la izquierda y se los dé a los inmigrantes que no lo han trabajado como tú, que naciste aquí. Al final de cuentas, ¿qué ciudadano europeo, gringo o de cualquier otra latitud no sueña con tener lo suyo? ¿Quién se molesta en este mundo ante un privilegio, por más cosmético y nominal que este sea? O lo contrario, ¿a qué ciudadano de esos le puede caer bien que un recién llegado tenga la plata que a él le cuesta sudor?

La izquierda europea suele matar estas interrogantes con canciones revolucionarias, con consignas de todos somos iguales, el mismo pueblo, la misma humanidad y bla bla bla, cuando a final de cuentas, en la realidad material, nadie desee mezclarse con ellos, comer con ellos o ayudarlos a que se integren. Entre más lejos mejor. Eso lo sabe la derecha y hace fiesta prometiendo muros, vallas y cercas eléctricas, con los que más de uno estaría feliz en contribuir, en una gran fiesta de supremacía blanca con música tradicional que rememore aquellos días en que los esclavizaron y jodieron a más no poder. Como siempre debió haber sido. La derecha propone un retorno a ese hermoso y bello horizonte que la globalización les escupió. 

Cuando viene uno de estos políticos a proponer, más allá de que nos parezca bueno o malo, que se vayan al quinto coño los inmigrantes que le han quitado trabajos, beneficios sociales y hasta mujeres a los nacionales, entonces las fibras se mueven y el apoyo en las urnas se hace sentir, como cuando el triunfo del Brexit y Trump. 

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Cuando vienen y dicen que ellos son los primeros (sean barrenderos, lavadores de carros, técnicos industriales o médicos) y no los inmigrantes, que la OTAN no sirve para un carajo porque cada cuanto hay atentados y nadie los protege. Que si no se privatiza la salud y los hospitales entonces se ven feos y huelen mal (aunque mucha gente no pueda pagarlos), que la globalización lo que ha generado es inseguridad y desempleo, que hay que reducir los impuestos y los tratados de libre comercio, entonces esa talanquera francesa ya no es tal: en esos países la derecha va caminando codo a codo con amplios sectores de la población porque así es esa gente culturalmente hablando. Interpretan la realidad en su crudeza y hacen política con las entrañas de la cultura: la que supura los odios que produce la sociedad capitalista.

La izquierda en cambio le habla a gente que no quiere tomar el poder, ni quiere administrar el Estado, que no quiere tomar fábricas ni organizarse para cambiar la sociedad, ni tener salud y educación gratis si eso se traduce en pagar más impuestos. Eso da fastidio y más para una gente acostumbrada a vivir del esfuerzo de otros continentes. En un mundo de ambiciosos capitalistas, odiadores de todo aquel que venga a arrebatarle su trocito de nada, de competidores, envidiosos, rascistas, machistas y todos los istas habidos y por crear, la izquierda plantea injertar una fantasía teletubbie. Con sus cancioncitas de mierda y torombolismo romántico-mongólico.

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