La atalaya del optimismo y el progreso (y II)

El dogma incuestionable del progreso se caricaturizó en Los Supersónicos de Hanna-Barbera: ambientes hermosos sin pobres comiendo de la basura ni ranchos derrumbándose sobre las autopistas.

Resulta que, para que exista ese progreso programado e impuesto, el capitalismo necesita pobres, ranchos y basura que lo sustenten. El crecimiento económico ha sido el sustituto de la cohesión social, la exclusión masificada se disfraza con cifras optimistas y, mientras discutimos por el derecho a quejarnos, obviamos el derecho a decidir juntos a dónde queremos que derive nuestra existencia como especie. Esta es una película donde somos los extras eternos.

Activistas de lo suyo: Déjense de eso...

Por fascículos y parcelas, a cada quien se le vende progreso según su necesidad más íntima, luchar ya casi que es soñar con un paraíso particular para cada condición. Para las mujeres no habrá machismo, para los de color extraño no habrá racismo, para los desempleados habrá empleo, para el ombligo ya no habrá pelusa, para el empleado habrá salario justo (y hasta oneroso, si así lo quisiera) y así...

Señala Nancy Fraser que ciertos movimientos sociales (feminismo, antirracismo, multiculturalismo y derechos de los Lgbtq) conviven con sectores de negocios que conforman franquicias, branding, logos, imaginarios... (Wall Street, Silicon Valley y Hollywood). El activismo de lo suyo le es funcional a la fachimedia (+Univisión) en un maremagnum donde la clase media es estafada en su aspiración a ser dueña y prueba la hiel del neoliberalismo y la financiarización. Aún así defiende la escalerita pseudodarwinista (y a la vez pseudoincluyente) del ascenso social y la meritocracia. La mayor victoria del neoliberalismo ha sido vendernos la idea de que para los problemas sistémicos existen soluciones ombliguistas.

Tiempos mejores y unicornios

Dice Gino González que "ningún tiempo pasado fue mejor desde que se inventó el capitalismo" y es cierto, nos programan para evocar tiempos pasados en los que todo era mejor y para soñar con que vienen tiempos mejores, una letanía continua te dice que cualquier tiempo fue o será mejor que este, obviando que llegamos a ser lo que somos por medio de la guerra y que esa misma guerra contra todo lo otro (naturaleza no humana, culturas atrasadas, tukis, agüevoniaos...) siempre le tributa a quienes acumulan. El capital nos endulzó con un cuento de democracia liberal por algunos años, nos hizo creer que lo de libertad, igualdad, fraternidad era para todos nosotros, pero asistimos a una disputa crucial entre capital y democracia, no caben los dos en tanto mundo. Asistimos también al fin del mito de que la productividad genera empleo cuando su incremento genera el 88% de los empleos perdidos en la industria debido a su creciente intensidad en factor capital (maquinaria y tecnología).

Está en disputa la razón, ya no es la veracidad de los hechos la que determina las verdades sino el mercado y la ganancia, aquel tipo racional que debate y argumenta está siendo desplazado por un consumidor cuya mayor virtud es dar codazos y patadas para entrar a un black friday sistémico. Da igual tanto estafar como atracar, su ejercicio de la política es insultar, pedir y maldecir por redes sociales o, cuando se medio calma, votar. Te consigues a una gente pensante que, decepcionada porque el caos global entró en su cuadra, sueña con que resucite Pérez Jiménez para que esta poza sea drenada a lo arrecho, porque es culpa de los excluidos el no haber progresado. Un facho, pues.

¿Cuándo y cómo seremos vida?

Nuestro caos es su orden

Mientras unos medios dicen que sólo 10 países están libres de algún tipo de conflicto (incluyen a Chile, los mapuches parecen no existir) no deja de ser sarcástico que se hagan estadísticas optimistas con la disminución de muertes en guerras convencionales (tiros, bombas e invasiones) cuando, desde Bretton Woods hasta hoy, se ha cumplido al pelo un plan de hegemonización, mercantilización y bachaqueo hasta del aire que respiramos: cada bocanada se cotiza en los mercados de carbono. El desplazamiento de población provocado por las guerras, los conflictos y la persecución se encuentra en el nivel más elevado y, más allá de los batallones, divisiones y ejércitos, hoy nos asesinan narcos, fábricas, paracos, maras, bodegueros (a mi mamá que se lo diga otr@), yihadistas, banqueros, mercenarios, chucherías y demás especímenes desatan el caos global necesario para que desaparezcamos los que sobramos y se ordenen los territorios-mina en función de lo que requieren las élites.

La guerra le es inherente a todo lo que conocemos, como dice El Cayapo, vivimos encerrados en ciudades concebidas tanto para resguardarnos de los avatares de la naturaleza como para concentrar y controlar nuestra fuerza de trabajo. La humarada que emite cada carro particular, la obesidad como nueva epidemia, el estrés producto de la angustia que significa la vida urbana y el derroche de alimentos son sólo síntomas de un sistema enfermo que nos enferma de ego y soledad.

Toda cultura que no piense la vida toda como mercancía es invisibilizada o franquiciada como exótica para que su valoración histórica-cultural quede dentro de una vitrina y aislada de la dinámica ya diseñada, cabe insistir, por determinadas clases en determinados espacios. No conformes con aplanar y estandarizar culturas, monocultivar todo lo que comemos y alinear lo que pensamos, se fueron contra el Estado en un relato de eficiencia y lo redujeron a la nada, hasta que en 2009, cuando todo se hizo evidente, tuvieron que recurrir a él para reflotar bancos y otras empresas banderas de lo más ultra del progreso como General Motors. Eso sí que te tienen ellos: son eficientes administrando su dinero (o progreso) pero botaratas administrando el nuestro que también es de ellos.

Más allá de las autopsias

Ya los modelos y matemáticas no pueden ocultar el desnalgue capitalista. ¿Para qué queremos más progreso? ¿Para quiénes? ¿Para qué producir qué? ¿Tocará cambiar la producción en exceso por lo suficiente? ¿Tendremos que imaginar un mundo en el que trabajar y/o progresar no sean lo que construyan nuestras relaciones? ¿A qué imaginarios y corotos de la modernidad deberemos renunciar para perdurar como especie?

Es tiempo de trascender las autopsias y rediseñar modos de vida en los que no seamos desechables sino seres orientados por nuestra política como linterna para aclarar el camino. Sin nostalgias ilusorias ni utopías vanas que nos distraigan sino analizando la realidad y debatiéndola. El plan de los dueños es y fue acumular la riqueza producto de nuestro trabajo, para eso trenes, chips, aviones y hasta medicamentos; el nuestro fue redistribuir esa riqueza pero hoy sólo somos este consumo que produce muerte. ¿Cuándo y cómo seremos vida?

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