¿El mundo será una plancha de zinc?

Estos días de anuncios catastróficos, en que los síntomas de los conflictos mundiales advierten tiempos aun más trágicos de lo acostumbrado y en que el plan de la élite mundial es perpetuarse a costa de lo que sea, a los pobres nos queda el recurso maravilloso del pensamiento.

La confrontación entre las grandes corporaciones o bloques-potencias es la disputa por el poder absoluto del 1% de la población rica del planeta. Se manifiesta en la puja por el dominio de las rutas de comercio, en la ocupación de más territorio, en la imposición de un solo sistema de gobierno mundial, sustentado en las industrias de las drogas, las armas, las finanzas, la información, el espectáculo y la energía, lo que les permitiría el control total de todos los recursos y la plusvalía del futuro antes de que se produzca en el planeta, es decir, la hipoteca dominante a los vivos y los muertos para siempre.

En el reconocimiento de que ya todo lo existente es mercancía, se debe someter al mercado como expresión de la mayor capacidad de robo sustentado en la razón de la fuerza de los ejércitos privados, para establecer así todas las nuevas relaciones sociales. El Estado-nación ya no es una necesidad para la burguesía, por eso necesita reducirlo a su mínima expresión.

Pero la búsqueda de control de los dueños no es por la felicidad de estar sanos: es la muerte que le ronca en la nuca, y esto produce una revolución de proporciones también planetarias, donde se abren inmensas rendijas. Todo el poder acumulado históricamente está resquebrajado.

Todas las ideologías que lo sustentan no tienen fuerza para el control de las mentes, todos los métodos de control social están cuestionados, todos los resortes éticos del trabajo esclavo se han roto, ya todo el mundo imita a la élite en el robo y el crimen descarado. Una vez más se impone de manera brutal la razón de la fuerza, las máscaras, los maquillajes, no cumplen su papel, aun cuando los apliquen en exceso.

Nosotros, los pobres del planeta, los esclavos, los no dueños, ¿podemos ser actores protagónicos de esta revolución, en el entendido de que somos parte del botín en disputa? Creer en las buenas intenciones de los dueños, sean chinos, rusos, europeos, gringos o marcianos, sería perder la oportunidad de colarse y parir una idea que sustituya la lógica demente y destructora actual.

Más simple: si nos atormenta la guerra, debemos pensar y construir una cultura distinta fuera de la lógica de la invasión, el saqueo, el crimen, la explotación y la acumulación. Por lo tanto y sin duda alguna, el esfuerzo necesario hoy es intelectual, invertir gran parte de la energía y el tiempo necesario para la creación del otro pensamiento es vital para lo que podría venir en un plazo, que por cierto es más corto que largo. Es el futuro lo que nos estamos jugando todos, los poderosos y los esclavos. Los poderosos tienen conocimiento de lo que se juegan y no les importa que el mundo se vuelva una plancha de zinc, siempre y cuando ellos dominen. Nosotros los pobres debemos saber qué nos jugamos, cómo dejar de ser el botín.

Se trata de violentar la costumbre instalada en el cerebro, abandonar los métodos del estudio individual. La obtención y procesamiento del conocimiento por las vías tradicionales no es posible para nosotros los pobres. No todos tenemos la comodidad que requiere la lectura, mucho menos acceso a los métodos tradicionales como la investigación formal y la reflexión. Emitir sentencias desde la sabiduría existente sólo nos hará repetidores de panfletos y clichés.

Equivocarse pensando, haciendo, ensayando, es la mejor opción de estos días

Frente al gran desastre del capitalismo hoy, creemos que sólo la ignorancia nos iguala, todo lo que sabemos es lo reproducido por el sistema que domina, ignoramos absolutamente todo del sistema que soñamos.

Estamos obligados a diseñar nuevos métodos de discusión, de reflexión, de investigación, de análisis, en los que la propaganda capitalista quede reducida al mínimo y podamos sortear las trampas del conocimiento poderoso.

Los conceptos a cuestionar parecen infinitos, superan nuestro tiempo esclavo, eso lo sabemos y probablemente esta limitante sea exactamente igual para todo el que decida sumarse a esta discusión, pero cada minuto que decidamos dedicarle a la idea de crear un pensamiento aportará infinitamente más que quedarnos como pasivos espectadores de lo que ocurre o tratando de comernos lo que existe, como con el cuento de que tenemos derechos, mecanismo que le sirve al capital para mantenernos esclavos.

La decisión debe ser producto de una reflexión muy personal, sincera, desde el íntimo ético, sin que ninguna presión prive sobre ella. Es la conciencia de clase, el entenderse como esclavo, y el entusiasmo de querer cambiarlo todo -aun cuando no sea posible vivirlo- lo que nos ahorrará un camino largo de confusiones y frustraciones.

Se trata de crear conocimiento, no de adquirirlo. Equivocarse pensando, haciendo, ensayando, es probablemente la mejor opción de estos días.

Automáticamente, al dar con la clave de la independencia de la clase en el ámbito del pensamiento surgen grandes interrogantes.

¿Con qué referencias se construye un explotado que decide hacer política? ¿Podemos hacer política los pobres? ¿Desde dónde nos construimos? ¿Cuál es nuestro punto de partida? ¿Es posible la libertad del pensamiento? ¿O la libertad en el pensamiento? ¿Es de libre acceso el conocimiento existente? ¿Quién y cómo se accede a ese conocimiento? ¿Es indispensable todo el conocimiento de la historia para la labor política que toca hoy? ¿Tenemos los pobres la posibilidad individual o la libertad de dedicarnos a la política? ¿El tiempo disponible para la labor política de nosotros es el mismo que el de un acomodado? ¿Por qué el acomodado tiene más conocimiento que nosotros? ¿Es más inteligente en términos genéticos un estudiado que un pobre? ¿Acumular información es tener conocimiento? ¿Con qué tiempo pensamos los pobres? ¿Tenemos los pobres libertad para decidir sobre nuestro tiempo? ¿Sobre nuestra vida? ¿Cómo comemos los pobres si decidimos hacer política? ¿Podemos los pobres hacer política sin el conocimiento del acomodado? ¿Podemos los esclavos decidir qué comer, qué vestir, qué beber? ¿Podemos apartarnos de la lógica formal del trabajo para dedicar nuestro tiempo a la política? ¿Podemos los pobres escribir? ¿Debemos los pobres escribir? ¿Por qué hablamos los pobres de libertad igual que el dueño? ¿Qué entendemos los pobres como libertad?

¿Qué anhelamos los pobres cuando hablamos de libertad? ¿Libre de qué y de quién queremos ser? ¿La libertad es una casa, un carro, vivir solo? ¿Libertad es no trabajar? ¿Libertad es trabajar donde nos dé la gana? ¿Podemos trabajar donde nos dé la gana? ¿Liberarse es estudiar? ¿Libertad es educación gratis? ¿Libertad es votar? ¿Libertad es mandar? ¿Libertad es ascender en la escala del trabajo? ¿Libertad es querer ser como el jefe, como el dueño? ¿Libertad es dejar el barrio, el campo? ¿Libertad es ser dueño de mi propia tierra? ¿Libertad es propiedad privada? Cuando nos enfermamos, ¿dónde queda la libertad? ¿Podemos elegir dónde curarnos? ¿Libertad es igualdad? ¿Igual a quién queremos ser? ¿Qué nos iguala? ¿Cuándo hemos sido iguales? ¿Cuándo se ha ejercido la libertad en este país o territorio, y quiénes la han ejercido?

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