A Clodovaldo se le ve el bojote

Decido escribir estas líneas después de resistirme a debatir públicamente con camaradas durante estos 19 meses sin la conducción presencial del Comandante Hugo Chávez (interrumpida esa resistencia sólo por la "auto-estrepitosa" carta del profesor Giordani).

Sé que nadie se ocupará de mí (no estoy deprimida, nada más envirada), menos el intelectual que la inspiró; eso me tranquiliza. Lo hago porque creo firmemente que ese narcisismo de la escritura por obligación semanal y contabilizada por los click en tus artículos, hace que alguna gente crea que se la está comiendo y resulta que está en el extremo sur del aparato digestivo, o sea la está excretando.

Leí estupefacta el análisis de Clodovaldo Hernández sobre el jefe de Seguridad del diputado Serra. Lo describe como un tipo pobre, de barrio, poco estudiado, frágil ideológicamente, características que habrían favorecido el desenlace de nuestro fraterno Robert, toda vez que se le dio ese empleo.

Quizás el prototipo del guardaespaldas de Whitney Huston, grandotes, rosaos, güenmozos y enflusaos, garanticen la vida de nuestros chiquitos, morenitos, feitos y enfranelaos luchadores bolivarianos. Para Hernández, abrevar en el determinismo geográfico y físico es lo que la dirigencia bolivariana no ha considerado para guardarse la vida.

En esa misma línea de descubridor concluye que pulimos todos los días bandejas de plata para entregar a los nuestros, al referirse a los colectivos como brazo profundo del proceso bolivariano.

Si tuviese una solo foto de Clodovaldo en la militancia arrecha de nuestros días, penetrada por las expresiones contemporáneas de la CIA, dígase paramilitares, sicarios, bachaqueros, raspatodo, vendelamamá, etc., consideraría sus opiniones más o menos seriamente. Escribir por obligación se nota y además hace que se vea el bojote.

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