¡Oootra vez el chavismo!

Ellos tenían todo preparado, como preparan las cosas ellos: mucho márketing, mucho cartelito diseñadito con sus frases cursis y melodramáticas, con ese eterno llamado de "ahora sí es verdad", con sus cadenas de WhatsApp, con sus señoras "manetas" con gorritas tricolor y koalas, siempre voluntarias para alimentar guarimberos, para cerrar calles sin gente, para servir como falsos miembros de mesa electoral… Tenían todo preparado, como ellos preparan las cosas, porque ese domingo era el domingo definitivo, decían.

Decían también, pero a lo interno, que de ese domingo sólo necesitaban una foto. Una imagen impactante con miles de venezolanos en colas eternas, todos apuñuñados bajo el inclemente clima, desafiando a esta cruel dictadura, tan cruel que les permitía hacer un plebiscito que no aparece en ninguna parte de la Constitución. La imagen lo era todo, una imagen que recorriera el mundo, que conmoviera a la "comunidad internacional", el sueño húmedo de los apátridas. Una imagen, una solita, que vendiera la mentira de un pueblo entero movilizado contra el Gobierno de Nicolás Maduro.

Llegó el día: más de 500 corresponsales extranjeros se acreditaron para la puesta en escena. Las mesas montadas, las señoras "manetas", con sus gorritas, con sus koalas, con sus cadenitas con crucifijo de oro, ya ocupaban sus puestos en las mesas. Cada punto de votación con varias filas de sillas plásticas para hacer las multitudinarias colas más llevaderas. En el punto que instalaron en la Universidad Central de Venezuela (UCV), el punto G del evento, para poder ordenar al gentío que esperaban, hicieron un pasillo serpenteante con barandas de metal quita-y-pon, de esas que se usan en la organización de eventos de masas. ¡Luces, cámaras, acción!

Salieron temprano de sus casas y apartamentos a sus puntos cercanos. Salieron con espíritu libertario a "defender la Constitución" que con su voto estaban violentando. Salieron, llegaron, y votaron rapidito porque "chama, vayan, aprovechen que no hay cola", decían por WhatsApp a sus amiguis que aún no habían salido. En un pase de Globovisión, estos ojitos almendrados vieron cómo tres mujeres nada atléticas sorteaban la serpenteante baranda de la UCV cual pésimas corredoras de los 200 metros con vallas. La desolada serpiente que debía canalizar un río de gente, ante la sequía de votantes, se convirtió en un incómodo obstáculo.

Para ese mismo día había un simulacro electoral convocado por el Consejo Nacional Electoral (CNE). Un simulacro sin mayor trascendencia. Una necedad del CNE porque la oposición está negada a participar en la Constituyente, así que era un simulacro para chavistas y todos sabemos que el chavismo ya no existe.

Pues ese chavismo inexistente salió de hasta debajo de las piedras. Yo llegué a mi centro electoral, en el corazón de un municipio gobernado por Primero Justicia, y me encontré con la sorpresa de un Punto Rojo que era una fiesta, no dejaban de llegar chavistas de todos los rincones del municipio. Una vaina loca porque, debo confesar, de alguna manera, entre tantos trancazos, especulación, acaparamiento, entre tantas amenazas, yo llegué a pensar que muchos compañeros podrían haberse bajado del barco, ¡y vaya cómo me equivoqué!

Todos los centros de votación habilitados por el CNE se desbordaron de gente, que no dejaba de llegar. Los centros del CNE tenían la foto que el antichavismo necesitaba y que no lograba. Los antichavistas, dominicales, sin un ápice de conciencia política, iban, los que iban, votaban, y se largaban a la playa, a la casa, a la pastelería a desayunar… Ninguno pensó en quedarse, aún viendo los puntos vacíos, tan siquiera para hacer bulto, para esa foto que no salió. Ellos, los que hablan de lucha, de calle sin retorno, ni siquiera sacrificaron su domingo para montar la escena que necesitaban.

Mientras tanto, el chavismo se sorprendía a sí mismo regándose por las calles, manteniéndose en colas kilométricas durante horas, hasta más allá de la media noche, para simular un voto que haremos efectivo en dos semanas. Fuimos tantos y tan contundentes, que la agencia de noticias EFE, a falta de foto opositora, lanzó al mundo las imágenes de nosotros en nuestras colas, diciendo que eran colas de opositores. Era tan burda la mentira que luego fue discretamente desmentida, para que no se notara mucho.

Salimos en un acto de conciencia colectiva que sorprendió hasta a nuestra dirigencia, algunos hasta las lágrimas emocionadas. Salimos y nos encontramos intactos, enormes, invencibles, como Chávez. Otra vez el pueblo chavista crecido, firme, como cada vez que nos amenazan. Y es que la oposición no aprende y se empeña en echarle leña a este fuego ardiente.

La oposición nos veía sin querer vernos, veía sin querer ver las sillas vacías en sus puntos cerrados a las 4 de la tarde, porque estaban vacíos desde las 3. Sabían, sin querer saber, lo que ese domingo había pasado y esperaban alguna pista del PSUV, alguna victoriosa cifra de participación, para ellos entonces anunciar la suya superándonos. Pasada la media noche, sin cifra chavista que les diera una pauta, cuando menos ruido hiciera, anunciaron 7 mágicos millones de votantes. Un acto de prestidigitación electoral que el ex rector Vicente Díaz, en un alarde de pueril torpeza que pretendió ser una alabanza, desnudó el engaño: "7,2 millones en 14 mil mesas, lo máximo obtenido previamente fue 7,5 millones con 45 mil mesas. ¡Impresionante!", dijo. "Impresionante", cuando la palabra adecuada era "imposible".

Era tan imposible, que semejante victoria no fue celebrada por nadie. No fuegos artificiales como en diciembre de 2015, ni cornetazos, ni cacerolas. No hubo ni sonido de grillitos. El antichavismo había visto a Rondón ese día y se sabía perdido. Y eso que lo que vieron fue sólo la puntica.

Entonces el desespero, los trancazos furibundos en sus urbanizaciones, más violencia y más muertes espantosas, más amenazas. Entonces Trump y la injerencia que los apátridas aplauden. "Ojalá bloqueen a Venezuela para que se jodan los chavistas", dicen unos bolsas en El Cafetal que lloran y maldicen cuando no consiguen galletas Oreo.

Amenazas y promesas de perdonarnos la vida si retiramos la Constituyente, en un tira y encoge de quienes, 18 años después, aún no entendieron nada y siguen echándole leña a este fuego ardiente del chavismo, a esta llamarada de Chávez, a este “ardimiento” que nunca se apaga.

La mejor virtud de la oposición es que, por no querer darnos descanso, nos acostumbraron a no cansarnos.

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