La noche más larga

Muchos tienen más de treinta años viviendo en el edificio. Tantos años compartiendo tanto: alegrías, angustias, las tradicionales peleas de vecinos que nunca pasaron de un chismorreo, de un viaje en ascensor sin saludo. Un edificio como cualquiera, con el vecino metiche, el moroso, el colaborador, el silencioso… Con ese apartamento lleno de chamos que los viernes no dejan dormir con su escándalo.

Esos chamos que vieron crecer, esos que hace nada -¡cómo pasa el tiempo!- se mecían en los columpios del parquecito. Esos, como Gustavito, que ahora es médico cirujano, y míralo cómo se ponía, cómo lloraba cuando veía sangre en una de sus rodillitas raspadas. O como Eugenia, tan bella, tan talentosa, siempre pintando flores bien bonitas que ahora vende muy bien en algunas galerías. Como Luis y Anabel, que desde chiquitos se hicieron novios y, por fin, se casan en septiembre. Y los que se graduaron de bachilleres, y los que se pondrán este año su camisa azul, y los hijos de los hijos que ahora llenan el parquecito… Tantos chamos, sus chamos…

Vecinos de toda la vida que juntos coleccionan canas, que ya son casi una familia, con oveja negra y todo, allí en su edificio que, a pesar de los pesares, siempre fue un lugar tranquilo, el lugar privilegiado que escogieron para criar a sus hijos. Un lugar ideal, de gente decente, profesionales, gente con aspiraciones, con ganas de surgir… Clase media pujante, no como esos pobres conformistas y flojos que nunca van a salir del barrio…

Treinta años después, en lo que espabila un loco, la vida de los vecinos de toda la vida, cambió para siempre.

Estaban abajo en la calle, frente al edificio que los vio crecer. Estaban Gustavito, Raúl, la señora Gladys que hace unas tortas ricas "para ayudarse", estaban Eugenia, su mamá y su abuela, tres generaciones de dignas mujeres venezolanas, estaban Anabel y Luis, agarraditos, como siempre de las manos, estaban allí, trancándose la calle, "en defensa de la libertad y los derechos humanos"; estaban allí hermanados en una sola causa, con sus banderas volteadas, con sus alcantarillas arrancadas del asfalto. Estaban ahí coreando canciones "color esperanza", hasta que alguien de color entró en la escena y todo manchó del horror más oscuro.

"¡Un chavista infiltrado!" -dijo ya no saben quién, transformando a los vecinos de toda la vida en una turba sanguinaria.

El señor señalado como objetivo, no tuvo tiempo de nada: sin saber por qué, se vio en el suelo, recibiendo patadas por todos lados. Fue así cómo supo que las patadas en la cara duelen menos que las que alcanzan los riñones, donde insistían en patearlo Luis y Anabel, siempre tomados de las manos. Eugenia y sus dos generaciones le gritaban los más horrendos insultos. La niña que pinta flores bien bonitas, con los ojos desorbitados de odio, le preguntaba al hombre que escupía sangre en el suelo: "¿Te gusta, mamagüevo?". Los chamos más jóvenes oyeron el escándalo y bajaron a la fiesta armados con bates. Armandito, como no tenía bate, bajó con un martillo. Sus mamás musicalizaron la escena cacerolenado desde la ventana de la cocina. Menos mal que ya el pobre hombre estaba inconsciente, porque le dieron hasta en el alma. Los vecinos que no pegaban, grababan todo con sus teléfonos.

Amelia, la mamá de Mariela, la que les hizo a todos sus recuerdos de la primera comunión, horrorizada trató de detener aquel espanto: "¡Dejen a ese pobre hombre, que lo van a matar!". Por un segundo todos se detuvieron y clavaron sus miradas enloquecidas en Amelia que supo inmediatamente que ella podía correr la misma suerte del desafortunado, y calladita se retiró a su apartamento y se encerró allí para siempre. Fue entonces cuando Gustavito, el médico cirujano recién graduado, decidió poner punto final a aquella orgía de sangre sacando su pistola y descargándola en el cuerpo ya inerte del "maldito colectivo infiltrado". Raúl, que siempre imitó a Gustavito, sacó también su pistola y desperdició todas sus balas en un hombre que ya estaba bien muerto. Eugenia, la que pinta flores bien bonitas, escribió sobre un cartón "muerto por chavista" y lo puso encima del cadáver, para la foto.

Cesaron las cacerolas, los gritos, los insultos, el sonido del golpe seco de la patada en la cara, el del golpe vacío de la patada en los riñones desprendidos. Parados sobre un charco de sangre se miraron los vecinos de toda la vida, jadeantes, mudos. Se miraron sin saber cómo terminar aquella escena: ¿qué se hace después de matar a alguien, así, a sangre fría? ¿Cómo se retoma la vida después de tomar la vida de otro?

Gustavito dio el primer paso, siguieron los demás sus huellas ensangrentadas hacia la planta baja, hacia el ascensor, hacia sus apartamentos. En silencio se fueron apagando las luces en cada ventana. En silencio enfrentaron la noche más larga de todas, la que nunca termina: la noche en que los vecinos de toda la vida se convirtieron en asesinos.

Notas relacionadas