Asesores de la oposición para el diálogo: la crisis de la sociedad civil venezolana

Comienzan a calentarse los motores para un nuevo diálogo entre chavismo y oposición. Como en 2014 y 2016, la dirigencia antichavista espera sudorosa que el proceso transcurra rápido e indoloro.

Desde sus propias filas no pierden tiempo en hacerles saber que, de nuevo, volvieron a fracasar. En el recuerdo todavía está bastante fresco el revolcón discursivo de Jorge Rodríguez en 2014 y cuando Carlos Ocariz mencionó ante los medios "personas detenidas" en el llegadero de 2016, año que también fue el llegadero de la MUD. Tampoco se borra de la memoria reciente la cara de capitulación de Chúo Torrealba.

Tema que por más que sea interesante de escudriñar, no es lo que nos compete hoy. El antichavismo, distinto a experiencias anteriores, decidió armar un grupo asesor para su presencia en el diálogo. Según ellos es lo más acabado de la sociedad civil, lo más ilustre de la decencia de la clase media universitaria, lo mejor preparado. La esperanza de la Venezuela linda, desarrollada y blanca que se frenó luego de que Chávez tomara el poder político.

Entre los personajes están Marcela Máspero, Asdrúbal Oliveros, Colette Capriles, Juan Manuel Rafali, Jorge Roig, entre otros más que por su insignificancia no vale la pena ser nombrados ni buscarlos en google, ya que algunos nombres gozan de todo menos de fama e influencia.

Estos personajes han sido vendidos por los líderes políticos que asistirán al diálogo como las cabezas más brillantes y representativas de la sociedad civil. Sí, es en serio.

Usualmente cuando se nombra sociedad civil se suele aludir a gente muy preparada y con títulos de universidades extranjeras de gran prestigio. Individuos que al estar por encima del resto -por ejemplo los pobres, que aunque son la inmensa mayoría no forman parte de la "sociedad civil"- , debemos bajar la cabeza, escuchar callados y seguir sus orientaciones, porque para eso estudiaron, tienen dinero y saben hablar en varios idiomas.

No por casualidad la sociedad civil se enfrentó violentamente a Chávez y ahora a Maduro, llegando al extremo en 2017 de quemar gente "por parecer chavista" en sus decentes calles de Altamira y Chacao.

Las guarimbas y los sabotajes económicos por parte de los empresarios -que están sentados en el piso más alto del edificio de la sociedad civil- han sido también la versión más acabada del decoro e integridad moral del mundo civil, pues todo se justifica si de sacar a Maduro del poder se trata, por más que 7 millones de venezolanos -que no tienen membresía de sociedad civil- hayan votado por él. Algunos por ahí llaman a eso fascismo.

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En Venezuela la sociedad civil fue siempre la más precaria, retrasada y retrógrada en términos de pensamiento del continente.

A tal punto de que mientras en Brasil, México y Argentina las élites construían monstruosos aparatos de producción industrial y de conocimiento -eso no los hace buenos per se, pero sí responsables con su lugar en la sociedad-, en Venezuela la sociedad civil regalaba el petróleo, montaba una industria de ensamblaje de productos chatarras que estaban de moda en Estados Unidos y abandonada todo símbolo de identidad nacional. ¡Qué vengan McDonalds, Mickey Mouse, Halloween y Santa Claus!

O simplemente se iban a Miami a vaciar en los comercios gringos lo poco que dejaban las transnacionales por concepto de regalías petroleras.

El código de área de Caracas es 0212, el mismo de la ciudad de Manhattan. Un dato que aunque pudiera parecer pendejo pone de manifiesto el nivel de transculturización de esa sociedad civil a la que siempre le dio asco llamarse venezolana.

Y su deterioro no ha hecho otra cosa que aumentar a medida que pasan las décadas.

Estos legaron ese país monoproductor, de bodegas, contrabandistas, bachaqueros e industrias envasadoras

Podría decirse que con su participación en la mesa de diálogo con el Gobierno le llegó la hora de demostrar de qué están hechos. Al menos así lo han publicitado quienes se muestran emocionados por la oportunidad.

Si lo más acabado de la sociedad civil es Marcela Máspero, Asdrúbal Oliveros, Colette Capriles, Juan Manuel Rafali y Jorge Roig, entonces eso que se nombra a sí mismo como lo más preparado es un simple remedo. Marcela por pasar de "líder" sindical de una central que en sus inicios fue chavista directo a los brazos de Voluntad Popular; Asdrúbal por ser un simple repetir de los análisis que hacen otras consultoras como Eurasia Group; Colette por ser una profesional de la ortografía y ya; Juan Manuel Rafali por un experto intérprete de una Constitución que detesta, la de Hugo Chávez; y Jorge Roig, quien salió pateado de Fedecámaras por la puerta de atrás.

Nadie les quita su integridad como escuálidos foribundos o como gente estudiada. Nadie puede poner en tela de juicio que detestan al Gobierno y el chavismo, y que aún desde su mediocridad "trabajen" honestamente para sacar a Nicolás Maduro. Pero intentar ser sociedad civil también significa intentar pensar un proyecto de país -capitalista, obviamente- .Y sinceramente no me imagino a Colette Capriles, Asdrúbal Oliveros o Jorge Roig con capacidad de acercarse a eso, mucho a menos a Marcela Máspero.  

Si los padres de la sociedad civil nos legaron un país monoproductor, de bodegas, contrabandistas, bachaqueros e industrias envasadoras, es difícil pensar que su generación de relevo pueda ofrecer algo más que repetir el mismo modelo que hoy está haciendo aguas.  

Pero siempre podrán aplicar aquella fórmula infalible para impresionar y ganar retuits: "Fijémonos en el ejemplo colombiano o peruano, de ahí podemos sacar grandes lecciones para sacar a Venezuela de la crisis". Así cualquiera es inteligente, porque al final se trata de aparentar que se sabe. "El Estado mágico" del que hablaba Fernando Coronil más vivo que nunca.

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A ese deterioro e incapacidad se le suma el asunto político: ninguno de estos dignos asesores han tenido mayor experiencia en negociación política. Así que sus principales cuarto bates no solo adolecen de visión de futuro en su conjunto, sino de las habilidades políticas que hay que tener para imponerla en caso de que algún día tuvieran alguna.

Otro elemento se suma a la negociación: van a negociar con tipos como Jorge Rodríguez, un maestro de la palabra, de la agilidad y de la negociación, al cual es muy difícil soportarle el verbo. Ya lo demostró en 2014, cuando ni Julio Borges ni Henrique Capriles, mucho menos Henry Ramos Allup, pudieron rebatirle sus argumentos. Aquel día funesto que no quieren vivir otra vez.

Sépanlo: van a negociar con linces políticos, ágiles en la palabra y contundentes en la maniobra. Y allí, en ese momento donde no están las cámaras para aparentar, no importa cuánto sepa Asdrúbal de economía, Colette de ortografía o Rafali de la Constitución. La agilidad mental y discursiva para ablandar al adversario psicológicamente es lo central, y eso no se aprende en la universidad extranjera ni en textos de economía.

De esa capacidad el chavismo ha hecho una escuela. Los fracasos del antichavismo en la mesa de diálogo de 2014 y 2016, muestran quiénes tienen ventaja en el tema.

Sí, las presiones extranjeras jugaron un papel fundamental en que se levantaran, pero el factor humano también tiene lo suyo: revivir la imagen de Jorge Rodríguez dejándolos en el aire en cadena nacional no es cómodo ni agradable.

Poco sirve la academia, los títulos y lo mucho que supuestamente saben los asesores sobre diversos temas cuando de política dura se trata. Y de eso bastante sabe el chavismo.

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