Lorenzo Mendoza, el cesto básico o "la política no es para mí"

Una de las declaraciones más vomitivamente descaradas de personaje alguno en la Venezuela contemporánea (y mire que hay fuertes competidores en este renglón) la profirió en abril de 2013 Lorenzo Mendoza Giménez, heredero del clan que ha controlado por años el mercado de los alimentos en nuestro país: dijo que era preciso “despolitizar” el tema de la distribución de alimentos.

Que su empresa (¿su familia?) nunca se ha metido en política, que lo suyo son los negocios.

Lo dice un hombre que en 2002 clamaba a grito pelado por el derrocamiento del presidente Hugo Chávez, y que de hecho saludó, en un documento titulado “Hacia una nueva Venezuela”, el grotesco secuestro del presidente y el arribo al poder de Pedro Carmona Estanga, el 11 de abril de ese año.

Ya se ha dicho bastante sobre la falsedad de los empresarios venezolanos que esgrimen su presunta condición de “liberales”, cuando en realidad sus fortunas tienen origen en el desfalco del Estado. La familia Mendoza es un ejemplo de cómo se puede ser tan feroz detractor de lo público, del control del Estado en ámbitos que “deberían regirse por las leyes del mercado”, olvidando que el origen de su fortuna es precisamente el detestable y controlador Leviatán.

El abuelo del actual jefe del clan Mendoza, negoció sucesivamente su proceso de extracción y consolidación de capital con López Contreras, Medina Angarita, el breve gobierno adeco de Gallegos y el de Pérez Jiménez. De esos años de germinación del clan data el arrebatón que perpetraron en contra de un maestro cervecero de apellido Rubicek, un pobre judío que dio con una fórmula para crear una cerveza adaptada al clima del trópico, y que la familia, convertida en dueña de este esclavo, le robó vilmente para luego crear la marca Polar.

El padre galvanizó el emporio cervecero, de producción y distribución de alimentos con los adeco-copeyanos; en esta época nefasta de nuestra historia alcanzó su máxima distribución la harina precocida cuya fórmula le fue “comprada” a Luis Caballero Mejías y convertida en “Harina Pan”.

Lorenzo se aferra desde hace unos pocos años a la especulación y al chantaje para aumentar sus ganancias y también para ejercer presión política. La desestabilización mediante escasez y desabastecimiento artificiales ha sido su especialidad.

Este sujeto, que viene de formarse en una universidad de tercera categoría en Nueva York (la Fordham, algo así como el comodín de los muchachos flojos de las familias adineradas) y luego en el Instituto Tecnológico de Massachusetts, ha perfeccionado una perversa forma de conspirar y extorsionar, apoyado en la inmensa capacidad instalada de sus plantas productoras.

La industria familiar de los Mendoza produce desde hace décadas la mayoría de los productos que los gobiernos de la Cuarta República consideraron “cesta básica”, y que en efecto se difundieron entre la población mediante la propaganda, el monopolio y el juego sucio a empresas competidoras.

Hoy se considera “de primera necesidad” la harina inorgánica que Polar vende bajo el rótulo “harina precocida de maíz”, una mezcla de bagazos y desechos que se vende masivamente en nuestro país en desmedro del maíz auténtico, cosechado y pilado en los hogares de antaño, para beneficio del capital y de ninguna manera para provecho de la gente.

Lorenzo Mendoza sigue figurando en la lista de la revista Forbes como uno de los hombres más ricos del planeta, el segundo de Venezuela después de Gustavo Cisneros.

Reacio a convertirse en figura mediática, su nociva presencia se nota en las calles cuando comienzan a “desaparecer” los productos de sus empresas de los expendios, y luego a “aparecer” cuando el pueblo y el Gobierno detectan la rastrera maniobra.

De las facetas del fascista venezolano, la que ha perfeccionado este Mendoza califica entre las más perversas, porque juega con el hambre y las necesidades (reales o ficticias) del pueblo pobre.

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